Una molécula llevaba 65 años dormida en los archivos de la química cuando alguien la probó sobre insectos. Salvó a la humanidad de plagas y epidemias, y casi extinguió al ave símbolo de Estados Unidos
En septiembre de 1939, el químico suizo Paul Hermann Müller, investigador de la empresa Geigy en Basilea, probó el efecto insecticida de un compuesto sintetizado 65 años antes y olvidado en la literatura científica: el DDT. Ganó el Nobel por salvar millon
Una molécula sintetizada en 1874 que nadie supo para qué servía
En 1874, el químico austriaco Othmar Zeidler, entonces estudiante de doctorado en Estrasburgo, sintetizó por primera vez el diclorodifeniltricloroetano, el compuesto que hoy conocemos como DDT, como parte de una investigación rutinaria sobre moléculas cloradas. Zeidler anotó sus propiedades básicas en su tesis y ahí quedó la molécula, archivada en la literatura química durante 65 años, porque en aquel momento nadie buscaba un insecticida y a nadie se le ocurrió comprobar qué efecto tenía sobre un ser vivo.
Un químico suizo con una lista interminable de candidatos
En la Basilea de los años 30, la empresa química J.R. Geigy encargó al químico Paul Hermann Müller una tarea muy concreta: encontrar el insecticida de contacto ideal, uno capaz de matar rápidamente al mayor número posible de especies de insectos sin dañar plantas ni animales de sangre caliente, y que además fuera barato, estable y duradero. Durante varios años, Müller y su equipo probaron de forma metódica cientos de compuestos sintéticos sin éxito. En septiembre de 1939, llegó el turno de aquella molécula vieja y olvidada, catalogada décadas atrás. Müller la probó en una pequeña cámara de vidrio contra moscas domésticas. El efecto fue inmediato y, sobre las superficies tratadas, se mantuvo activo durante días, algo que ningún compuesto probado hasta entonces había logrado.
El ángulo menos contado: por qué nadie lo había probado antes
El DDT permaneció seis décadas y media en los catálogos de química por una razón sencilla: hasta los años 30 apenas existía como disciplina la ciencia de los insecticidas. Los productos de la época se basaban casi todos en arsénico o en piretro natural, y comprobar sistemáticamente el efecto de compuestos orgánicos sobre insectos no formaba parte de la rutina de ningún laboratorio. La aportación de Müller no fue inventar una molécula nueva, sino ser lo bastante sistemático, y hacer la pregunta correcta sobre una molécula vieja, para detectar una propiedad que había pasado inadvertida durante dos tercios de siglo.
De salvar millones de vidas a amenazar un símbolo nacional
El uso del DDT se extendió a una velocidad extraordinaria: en 1943 detuvo en Nápoles una epidemia de tifus entre tropas y refugiados, considerada la primera epidemia de la historia frenada con un insecticida químico, y en la posguerra las campañas de la Organización Mundial de la Salud contra la malaria lo emplearon a gran escala, eliminando la enfermedad de amplias zonas de Europa y Norteamérica y salvando, según distintas estimaciones, decenas de millones de vidas. También se convirtió en el pesticida agrícola barato por excelencia. En 1948, Müller recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por su descubrimiento. Pero el uso masivo y prolongado en la agricultura hizo que el compuesto se acumulara en la cadena alimentaria, y hacia finales de los años 50 los biólogos empezaron a documentar el declive de aves rapaces, entre ellas el águila calva, por el adelgazamiento de la cáscara de sus huevos provocado por el DDT. El libro de Rachel Carson 'Primavera silenciosa', publicado en 1962, puso el problema en la conversación pública y encendió el movimiento ecologista moderno; Estados Unidos prohibió el uso agrícola del DDT en 1972.
Por qué importa hoy
La malaria sigue matando cada año a cientos de miles de personas, en su inmensa mayoría niños del África subsahariana, y el DDT sigue siendo legal hoy para la fumigación residual de interiores contra los mosquitos que la transmiten, en varios países y bajo la excepción sanitaria que contempla el Convenio de Estocolmo de 2001: la misma lógica química que encontró Müller en 1939, todavía en uso casi nueve décadas después allí donde escasean las alternativas. Pero en 2025, un equipo de investigadores probó en Tanzania un enfoque radicalmente distinto: mosquitos modificados genéticamente que portan un 'gene drive' que no mata al insecto, sino que bloquea el desarrollo del parásito de la malaria dentro de su intestino, de modo que nunca llega a alcanzar sus glándulas salivales ni puede infectar a una persona. El sistema se probó con éxito contra parásitos reales, extraídos de pacientes, en condiciones de contención en una instalación de investigación en África: un paso hacia una herramienta que algún día podría complementar, o incluso sustituir, la estrategia química que Müller inauguró sin envenenar a un solo insecto.