Abrió la válvula de una bombona de gas que debía estar llena y no salió nada. En lugar de tirarla, la abrió y encontró dentro un polvo blanco tan resbaladizo que nada se pegaba a él. Era el teflón. Pasó por la bomba atómica antes de llegar a las sartenes.
El 6 de abril de 1938, el químico Roy Plunkett, de 27 años, y su ayudante Jack Rebok descubrieron por accidente el politetrafluoroetileno (PTFE) en un laboratorio de DuPont en Nueva Jersey. Comercializado como Teflon.
Un químico joven buscando un refrigerante
Roy J. Plunkett nació en 1910 en Ohio, estudió en el Manchester College de Indiana y se doctoró en química en la Universidad Estatal de Ohio. En 1936 entró en DuPont, y en su laboratorio Jackson, en Deepwater, Nueva Jersey, le encargaron buscar nuevos refrigerantes no tóxicos, parientes de los freones que empezaban a sustituir en las neveras al amoníaco y al dióxido de azufre. Su plan era hacer reaccionar un gas, el tetrafluoroetileno, con ácido clorhídrico. Para ello fabricó unas cien libras del gas, unos 45 kilos, y lo guardó en pequeñas bombonas metálicas enfriadas con hielo seco.
La bombona que pesaba demasiado
El 6 de abril de 1938, Plunkett y su ayudante, Jack Rebok, conectaron una de las bombonas al aparato, abrieron la válvula y no salió nada. La válvula no estaba atascada y, sin embargo, la bombona pesaba como si siguiera llena. En lugar de descartarla, la desmontaron y la abrieron. En el fondo había un polvo blanco, de tacto céreo y extraordinariamente resbaladizo. El tetrafluoroetileno se había polimerizado por sí solo, probablemente ayudado por la presión y por el hierro de la bombona, que actuó como catalizador: miles de moléculas pequeñas se habían encadenado en largas cadenas. El nuevo material no se disolvía en ningún disolvente conocido, no reaccionaba con ácidos fuertes y soportaba temperaturas que ablandaban a otros plásticos. Plunkett lo patentó en 1941 y DuPont registró la marca Teflon en 1945.
El ángulo que rara vez se cuenta: de la bomba atómica a la sartén de un pescador francés
Durante años nadie supo para qué servía un plástico tan caro y tan difícil de moldear. La respuesta llegó con la guerra. El Proyecto Manhattan necesitaba enriquecer uranio en forma de hexafluoruro de uranio, un gas tan corrosivo que destruía juntas y recubrimientos convencionales. El PTFE resistía, y se usó para sellar tuberías y válvulas de las plantas de enriquecimiento. La cocina llegó después, de la mano de un ingeniero francés, Marc Grégoire, que, según la historia que cuenta la propia empresa que fundó, recubría con el material su sedal de pesca para que no se enredara, hasta que su esposa, Colette, le sugirió probarlo en sus sartenes. Grégoire patentó en 1954 un método para fijar el PTFE al aluminio y en 1956 nació Tefal, cuyo nombre une las palabras teflón y aluminio. Plunkett siempre contó su hallazgo como un ejemplo de cómo un experimento fallido puede resultar más interesante que el que se buscaba.
La química del enlace más fuerte
El PTFE es una cadena de átomos de carbono completamente rodeada de átomos de flúor. El enlace entre carbono y flúor es uno de los más fuertes de la química orgánica, y el flúor, el elemento más electronegativo, retiene sus electrones con tanta fuerza que apenas interactúa con otras moléculas. El resultado es una superficie de energía bajísima: ni el agua ni el aceite la mojan bien, y casi nada se adhiere a ella. Esas mismas virtudes explican el problema. Las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, PFAS, forman una familia de miles de compuestos con cadenas de carbono total o parcialmente fluoradas. Algunas se han usado para que el papel y el cartón repelan la grasa y el agua, en envoltorios de comida rápida, cajas de pizza o bolsas de palomitas para microondas. Como la naturaleza casi no tiene mecanismos para romper el enlace carbono-flúor, se degradan de forma extremadamente lenta y se las conoce como sustancias químicas eternas. Algunas, como el PFOA, que se empleó durante décadas como auxiliar en la fabricación del PTFE hasta su abandono, se acumulan en la sangre y se han asociado a efectos sobre la salud. Las moléculas pequeñas de PFAS pueden migrar del envase al alimento, sobre todo cuando la comida está caliente o es grasa.
Por qué importa hoy
El 12 de agosto de 2026 empezó a aplicarse en toda la Unión Europea el Reglamento (UE) 2025/40 de envases y residuos de envases, conocido por sus siglas en inglés, PPWR. Una de sus medidas de efecto inmediato es la restricción de los PFAS en los envases destinados a entrar en contacto con alimentos: desde esa fecha no pueden comercializarse si contienen 25 partes por mil millones o más de cualquier PFAS medido mediante análisis dirigido, 250 partes por mil millones o más de la suma de esos PFAS, o 50 partes por millón o más de PFAS totales, polímeros incluidos. La definición es amplia: abarca cualquier sustancia con al menos un átomo de carbono totalmente fluorado, y por tanto también a fluoropolímeros como el PTFE cuando forman parte de un envase. No hay periodo transitorio para agotar existencias: los envases que se pongan en el mercado desde el 12 de agosto deben cumplir los límites, aunque los comercializados antes pueden seguir vendiéndose. Como aún no existe un método de ensayo armonizado en Europa, la Comisión ha recomendado a las empresas un sistema de control escalonado. La restricción afecta a papeles antigrasa, cartones, recubrimientos, barnices, tintas y adhesivos de envases, pero no a las sartenes, que no son envases y siguen su propia normativa. Ochenta y ocho años después de que un químico de 27 años decidiera abrir una bombona que parecía vacía, Europa intenta quedarse con lo mejor de aquel polvo resbaladizo sin que su familia química acabe en el plato.