Estaba convencido de que el sol era la clave de su experimento. Una semana de cielo nublado en París le obligó a guardarlo todo en un cajón, y lo que encontró al abrirlo demostró que la materia podía liberar energía sin recibir nada a cambio
En febrero de 1896, el físico francés Henri Becquerel buscaba una relación entre la fosforescencia y los rayos X recién descubiertos, exponiendo sales de uranio al sol sobre placas fotográficas. El mal tiempo interrumpió el experimento durante varios días
Una hipótesis heredada, casi de familia
Henri Becquerel pertenecía a una dinastía de físicos: su padre y su abuelo habían dedicado buena parte de su carrera a estudiar la fosforescencia, la capacidad de ciertos materiales de absorber luz y volver a emitirla lentamente en la oscuridad. Meses antes, en noviembre de 1895, el físico alemán Wilhelm Röntgen había anunciado el descubrimiento de los rayos X, una radiación penetrante capaz de atravesar tejidos y materiales opacos. Becquerel se preguntó si existiría alguna relación entre ambos fenómenos: quizá los materiales fosforescentes, al ser excitados por la luz solar, emitieran también rayos X de forma natural.
Un experimento que, al principio, parecía confirmar exactamente lo que esperaba
Para comprobarlo, Becquerel envolvió placas fotográficas en papel negro grueso, para que la luz visible no pudiera velarlas directamente, y colocó encima cristales de una sal de uranio fosforescente, exponiendo el conjunto a la luz solar directa durante horas. Al revelar las placas, encontró la silueta del cristal marcada sobre ellas, como si la sal, cargada por el sol, hubiera emitido efectivamente algún tipo de radiación capaz de atravesar el papel. Todo parecía respaldar su hipótesis original.
El ángulo menos contado: el accidente meteorológico que lo cambió todo
A finales de febrero de 1896, el cielo de París se cubrió de nubes durante varios días seguidos, impidiendo a Becquerel exponer sus muestras al sol como necesitaba. Sin nada mejor que hacer con el experimento a medio preparar, guardó las placas fotográficas envueltas en papel negro junto con los cristales de sal de uranio en el cajón de un armario, sin esperar ningún resultado relevante: sin luz solar que las excitara, razonaba, las sales fosforescentes no deberían emitir nada digno de registrarse. El 1 de marzo, decidió revelar de todos modos las placas que llevaban días guardadas a oscuras. La imagen que apareció era tan nítida y clara como la de los experimentos hechos con pleno sol. Las sales de uranio habían seguido emitiendo radiación durante toda esa semana nublada, encerradas en la oscuridad de un cajón, sin ninguna fuente de energía externa que las activara.
Una radiación que no dependía de nada exterior
El 2 de marzo de 1896, Becquerel presentó el hallazgo ante la Academia de Ciencias de Francia: el uranio emitía espontáneamente una radiación penetrante, sin necesidad de haber sido excitado previamente por la luz ni por ninguna fuente de energía externa, contradiciendo por completo la hipótesis con la que había empezado el experimento. Aquello no era fosforescencia disfrazada de rayos X: era un fenómeno completamente nuevo, propio de la naturaleza íntima del átomo de uranio, que en su momento nadie, ni siquiera el propio Becquerel, supo explicar del todo.
De un hallazgo casi olvidado a la física del siglo XX
Durante un tiempo, el descubrimiento de Becquerel quedó eclipsado por la fama mucho mayor de los rayos X de Röntgen. Fue una joven investigadora polaca instalada en París, Marie Curie, quien en 1897 eligió aquellas misteriosas "radiaciones de Becquerel" como tema de su tesis doctoral, acuñó el término "radiactividad" para describirlas, y junto a su marido Pierre Curie descubrió que otros elementos, el polonio y el radio, compartían esa misma propiedad en una cantidad todavía mayor. En 1903, Becquerel compartió el Premio Nobel de Física con el matrimonio Curie por el descubrimiento y el estudio de la radiactividad, un fenómeno que sentaría las bases, décadas después, tanto de la energía nuclear como de la física de partículas del siglo XX.
Por qué importa hoy
Ciento treinta años después de aquella semana nublada en París, el mismo fenómeno que Becquerel descubrió por accidente, núcleos atómicos que liberan energía de forma espontánea sin ningún estímulo externo, se utiliza hoy con una precisión que él jamás pudo imaginar para atacar el cáncer célula a célula. En 2025 y 2026, la oncología vive un auge de las llamadas terapias de radioligando dirigido, que unen un isótopo radiactivo, habitualmente actinio-225 o lutecio-177, a una molécula capaz de reconocer y adherirse específicamente a las células tumorales, liberando la radiación casi exclusivamente sobre el tumor y respetando el tejido sano circundante; se emplean ya contra el cáncer de próstata avanzado y ciertos tumores neuroendocrinos. La demanda de estas terapias ha crecido tan deprisa que ha desbordado la capacidad mundial de producir actinio-225 —durante treinta años, el laboratorio estadounidense de Oak Ridge fue prácticamente el único proveedor—, lo que ha llevado a farmacéuticas como AstraZeneca y Eli Lilly a invertir miles de millones de dólares en nuevas instalaciones de producción entre 2024 y 2026. La radiación que emergió de un cajón cerrado en 1896 sin que nadie se lo pidiera se dirige hoy, de forma deliberada y milimétrica, contra las células que menos conviene dejar seguir creciendo.