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Tuvo que huir de la Alemania nazi por ser judía. Meses después, desde el exilio y sin laboratorio propio, resolvió a pie por la nieve el enigma que abrió la era nuclear, y nunca recibió el Nobel por ello

En diciembre de 1938, los químicos Otto Hahn y Fritz Strassmann, en Berlín, obtuvieron un resultado que no sabían explicar al bombardear uranio con neutrones. Fue la física austriaca Lise Meitner, exiliada en Estocolmo.

✍️ Montse 📅 29 de August de 2026 ⏱ 4 min de lectura 👁 13 visitas
Tuvo que huir de la Alemania nazi por ser judía. Meses después, desde el exilio y sin laboratorio propio, resolvió a pie por la nieve el enigma que abrió la era nuclear, y nunca recibió el Nobel por ello

Una física obligada a huir de su propio laboratorio

Lise Meitner había trabajado durante tres décadas en el Instituto Kaiser Wilhelm de Berlín, buena parte de ellas junto al químico Otto Hahn, formando una de las colaboraciones más productivas en el estudio de la radiactividad, buscando nuevos elementos generados al bombardear uranio con neutrones. De origen austriaco y ascendencia judía, Meitner perdió la protección legal que le daba su nacionalidad austriaca cuando la Alemania nazi anexionó Austria en marzo de 1938, y en julio de ese año se vio obligada a huir del país, cruzando a los Países Bajos, según relatos posteriores, con poco más que la ropa que llevaba puesta, antes de instalarse finalmente en Estocolmo, en el Instituto Nobel de Física, donde no tenía equipo propio, ni financiación, ni apenas colaboradores.

Un resultado imposible de explicar, enviado por carta a una amiga exiliada

En Berlín, Hahn y Strassmann continuaron la investigación que durante años habían compartido con Meitner, y en diciembre de 1938 obtuvieron un resultado que no encajaba con la física conocida hasta entonces: al bombardear uranio con neutrones, aparecía bario, un elemento con aproximadamente la mitad de la masa atómica del uranio, algo que ninguna reacción nuclear conocida podía explicar. Desconcertado, Hahn le escribió una carta a Meitner describiendo lo que habían encontrado.

El ángulo menos contado: la solución llegó caminando por la nieve

Durante las vacaciones de Navidad de 1938, el sobrino de Meitner, el físico Otto Frisch, viajó desde Copenhague para visitarla en el pequeño pueblo sueco donde se alojaba. Leyendo juntos la carta de Hahn, salieron a caminar por la nieve para pensarlo con calma —Frisch con esquís, Meitner siguiéndole el paso a pie— y, sentados en el tronco de un árbol caído, dedujeron que el núcleo de uranio no había perdido simplemente un fragmento: se había dividido en dos núcleos más ligeros de tamaño similar, liberando en el proceso una cantidad enorme de energía, que calcularon con la ecuación E=mc² de Einstein y que encajaba casi con exactitud. Frisch, por sugerencia de Meitner, tomó prestada de la biología la palabra 'fisión', que describe la división de una célula en dos. Ambos publicaron su explicación teórica en la revista Nature en enero de 1939. Hahn y Strassmann ya habían publicado por separado sus resultados experimentales, sin reconocer el papel de Meitner en su interpretación.

Un Nobel que reconoció solo la mitad del descubrimiento

En 1944, el Premio Nobel de Química se concedió únicamente a Otto Hahn, 'por su descubrimiento de la fisión de núcleos pesados', el mismo hallazgo que Meitner había ayudado a explicar físicamente cuando el propio equipo de Hahn no sabía cómo hacerlo. Ella nunca recibió un Nobel por ello, una omisión que los historiadores de la ciencia consideran hoy uno de los casos más claros de borrado de la contribución de una mujer en un descubrimiento científico mayor. El reconocimiento llegó mucho después, por otras vías: en 1997, el elemento 109 de la tabla periódica fue bautizado oficialmente como meitnerio en su honor.

Por qué importa hoy

El mecanismo físico que Meitner explicó durante un paseo en la nieve —un núcleo pesado que se divide y libera energía— es el mismo que, a escala industrial, hace funcionar hoy cada reactor nuclear que genera electricidad. En octubre de 2025, el gobierno de Estados Unidos firmó un acuerdo de 80.000 millones de dólares con Westinghouse, junto con Brookfield Asset Management y Cameco, para financiar la construcción de nuevos reactores nucleares, entre ellos grandes unidades AP1000 y reactores modulares más pequeños AP300 todavía en proceso de certificación, un acuerdo planteado explícitamente en torno a la creciente demanda eléctrica de los centros de datos de inteligencia artificial, dentro del objetivo declarado de tener diez grandes reactores nuevos en construcción antes de 2030. Ocho décadas después de que Meitner y Frisch se sentaran sobre un tronco en la nieve sueca a hacer las cuentas de un fenómeno que todavía no tenía nombre, la energía que se libera al dividir un núcleo se está apostando, a una escala de decenas de miles de millones de dólares, para mantener encendidos los servidores detrás de la próxima ola de inteligencia artificial.

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