Le cerraron el proyecto y siguió en casa. En Nochebuena se sentó a la mesa de la cocina con el mecano de su hijo, la dinamo de una bicicleta y el motor de un tocadiscos.
El químico checo Otto Wichterle creó en los años 50, junto a Drahoslav Lím, el pHEMA, un plástico capaz de empaparse de agua como un tejido vivo. En la Navidad de 1961, sin apoyo oficial, montó en su piso de Praga una centrifugadora con piezas de juguete
Un químico incómodo para dos regímenes
Otto Wichterle nació en 1913 en Prostějov, en Moravia, hijo de un fabricante de maquinaria agrícola, y prefirió la química al negocio familiar. Se licenció en 1936 en la Universidad Técnica Checa de Praga y se doctoró en 1939, justo cuando la ocupación nazi cerró las universidades checas. Encontró refugio en el instituto de investigación de la empresa de calzado Baťa, en Zlín, donde desarrolló el silón, una fibra de poliamida parecida al nailon estadounidense. Tras la guerra volvió a la docencia en Praga, pero en 1958 una purga política lo expulsó del Instituto de Tecnología Química. Aterrizó en el recién creado Instituto de Química Macromolecular de la Academia Checoslovaca de Ciencias, del que fue director.
Un plástico que bebe agua
Wichterle buscaba materiales que el cuerpo humano pudiera tolerar durante años, por ejemplo en implantes oculares. Su idea fue el hidrogel: una red de cadenas de polímero unidas entre sí por puentes químicos, que absorbe agua y se hincha sin llegar a disolverse, con una textura blanda parecida a la de los tejidos vivos. Junto al químico Drahoslav Lím sintetizó el poli(metacrilato de 2-hidroxietilo), conocido como pHEMA, y ambos presentaron en 1960, en la revista Nature, sus geles hidrófilos para uso biológico. Hasta entonces, las lentes de contacto eran piezas rígidas de vidrio o de plástico acrílico, incómodas y poco permeables al oxígeno que necesita la córnea. Un hidrogel transparente podía cambiarlo todo, pero había que darle forma de lente con precisión óptica.
El ángulo que rara vez se cuenta: una Nochebuena en la cocina con un juguete
Las primeras lentes, fabricadas en moldes cerrados, salían con bordes ásperos que irritaban el ojo. La paciencia de las autoridades se agotó y, a comienzos de 1961, el proyecto oficial se detuvo. Wichterle siguió por su cuenta en su piso de Praga. Durante las fiestas de Navidad de 1961 construyó sobre la mesa de la cocina un aparato con piezas del Merkur de su hijo, el equivalente checo del mecano, alimentado por la dinamo de una bicicleta y un transformador de timbre, con tubos de vidrio y moldes hechos a mano. El principio era el moldeo por centrifugación: se deposita el líquido todavía sin polimerizar en un molde abierto que gira, y la combinación de la fuerza centrífuga, la gravedad y la tensión superficial da forma a la curva interior de la lente mientras el material se solidifica. Cambiando la velocidad de giro se cambia la curvatura, y con ella la graduación. La tarde de Navidad, con la ayuda de su esposa Linda, médica, obtuvo cuatro lentes. Se las probó él mismo: la graduación no era la suya, pero resultaban cómodas. Pocos días después solicitó la patente, sustituyó la dinamo por el motor más potente de su tocadiscos, añadió más ejes giratorios y, en los primeros cuatro meses de 1962, el matrimonio fabricó unas 5.500 lentes.
La patente que se escapó
Los derechos no eran de Wichterle, sino del Estado checoslovaco. En 1965, la empresa estadounidense National Patent Development Corporation compró los derechos para Estados Unidos por 330.000 dólares y los sublicenció a Bausch & Lomb, que tras obtener la aprobación de la FDA en 1971 lanzó las lentillas blandas al mercado de masas y levantó una industria de miles de millones. El inventor apenas cobró nada. En 1968, durante la Primavera de Praga, firmó el manifiesto de las «Dos mil palabras», y tras la invasión soviética fue apartado de la dirección de su instituto. Tuvo que esperar a la caída del comunismo para ser reconocido en su país: entre 1990 y 1992 presidió la Academia Checoslovaca de Ciencias. Murió en agosto de 1998.
Por qué importa hoy
Más de cien millones de personas usan hoy lentes de contacto, y las blandas siguen siendo hidrogeles, ahora combinados con silicona para dejar pasar más oxígeno. Su punto débil sigue siendo el mismo: un arañazo o un depósito las vuelven inservibles. El 23 de junio de 2026, la Sociedad Americana de Química difundió el trabajo de Jung-Hyun Choi y Byoung-Ki Cho, del departamento de Química de la Universidad Dankook, en Corea del Sur, publicado en ACS Applied Polymer Materials. Construyeron un hidrogel de metacrilato cuyos puentes internos son enlaces entre átomos de azufre. Al iluminar la lente dañada con luz ultravioleta de 365 nanómetros durante una hora, a temperatura ambiente, esos enlaces se rompen y se vuelven a formar con otros átomos de azufre vecinos, un intercambio de disulfuros que va cosiendo el arañazo hasta dejar una superficie casi sin marcas. Su versión anterior necesitaba horas de calor, que resecaban la lente. Un recubrimiento adicional frena las bacterias y los rasguños: tras frotarla con lija fina, la transparencia apenas cayó alrededor de un 2%. Los autores creen que la reparación podría hacerse en casa con lámparas ultravioleta comunes, aunque el material todavía necesita pruebas de estabilidad y aprobación sanitaria. Y en julio de 2026, la Universidad de Waterloo, en Canadá, describió en Materials & Design un método para imprimir en 3D lentes rígidas a medida de cada ojo en unos 20 minutos. Sesenta y cinco años después de una Nochebuena en una cocina de Praga, la química de las lentillas sigue buscando lo mismo que Wichterle: un material que el ojo acepte como propio.