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Un químico probó en su propia lengua un compuesto derivado de una cebada mutante y la sintió dormida. Años después, un estudiante se inyectó la molécula sucesora en un sótano de Estocolmo hasta caer al suelo con el pulso a 25.

En 1943, los químicos suecos Nils Löfgren y Bengt Lundqvist desarrollaron en un laboratorio subterráneo de la Universidad de Estocolmo la lidocaína, el primer anestésico local de tipo amida. Lundqvist la probó inyectándosela a sí mismo.

✍️ Montse 📅 22 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 1 visitas
Un químico probó en su propia lengua un compuesto derivado de una cebada mutante y la sintió dormida. Años después, un estudiante se inyectó la molécula sucesora en un sótano de Estocolmo hasta caer al suelo con el pulso a 25.

Un anestésico que nació de una planta que no anestesiaba

A comienzos del siglo XX, la anestesia local vivía entre dos problemas. La cocaína, el primer anestésico local moderno, era eficaz pero tóxica y adictiva. La procaína (Novocaína), sintetizada en 1904 como alternativa, era más segura pero de efecto corto y provocaba con frecuencia reacciones alérgicas. La solución llegó por un camino inesperado. A finales de los años 30, el químico sueco Holger Erdtman estudiaba la gramina, un alcaloide presente en una variedad mutante de cebada. Siguiendo una costumbre habitual en los laboratorios de la época, probó con la lengua una de las sustancias intermedias de su síntesis y notó que se le quedaba dormida. La gramina en sí no tenía ningún efecto anestésico; el compuesto de partida, sí.

Un grupo de jóvenes en un sótano oscuro del centro de Estocolmo

Erdtman y un joven estudiante de química, Nils Löfgren, prepararon varios análogos de aquella molécula, pero ninguno parecía capaz de competir con la procaína y la investigación se abandonó. Años después, Löfgren la retomó con un pequeño equipo que trabajaba en un laboratorio situado varios metros por debajo del nivel de la calle, en el número 45 de Kungstensgatan, en pleno centro de Estocolmo. A comienzos de 1943 se unió al grupo Bengt Lundqvist, un estudiante entusiasta que además era esgrimista de nivel internacional. Lundqvist insistió en probar él mismo uno de los compuestos más prometedores, identificado en los cuadernos como LL30.

El ángulo que rara vez se cuenta: el pulso a 25, y la química que quedó fuera de la patente

Las pruebas de Lundqvist no tenían ninguna autorización oficial. Se inyectaba el compuesto en distintos puntos del cuerpo, incluida la médula espinal, para comprobar la duración y la intensidad de la anestesia. En alguna de esas sesiones, según relató el propio Löfgren años después en un programa de televisión sueco, el pulso de Lundqvist cayó por debajo de 25 latidos por minuto y el estudiante acabó en el suelo; Löfgren lo reanimaba con una inyección de adrenalina. Los resultados fueron claros: LL30 actuaba más rápido y durante más tiempo que la procaína. Pero la historia oficial ha dejado casi siempre fuera a una tercera persona. La química Inga Fischer, miembro del equipo, fue según sus compañeros la primera en sintetizar la molécula de forma metódica y en preparar los primeros lotes a gran escala. Su nombre no figuró en la patente. Fischer siguió después una carrera brillante en otro campo: acabó siendo catedrática de física teórica en la Universidad de Estocolmo.

Rechazada por los grandes, rescatada por una empresa pequeña

Löfgren y Lundqvist ofrecieron primero el compuesto a Pharmacia, una de las farmacéuticas suecas más importantes, que lo rechazó. En noviembre de 1943, la pequeña empresa Astra compró los derechos y lo bautizó como Xylocaína. Las pruebas de toxicidad las realizó el fisiólogo Leonard Goldberg en el Instituto Karolinska, y los ensayos clínicos los dirigió Torsten Gordh, el primer médico de Suecia especializado en anestesiología. La Xylocaína salió al mercado sueco en 1948 y fue aprobada en Estados Unidos ese mismo año. Lundqvist apenas disfrutó del éxito: murió en 1953, con 31 años, en un accidente que, según las fuentes, no tuvo relación con sus autoexperimentos. La lidocaína convirtió a Astra, hoy parte de AstraZeneca, en una farmacéutica internacional.

Por qué importa hoy

Más de ochenta años después, la lidocaína sigue presente en consultas de dentista, urgencias, quirófanos y parches para el dolor de todo el mundo, y forma parte de la Lista de Medicamentos Esenciales de la OMS. Su mecanismo, bloquear los canales de sodio de los nervios para impedir que la señal de dolor viaje hacia el cerebro, es también la base de la mayor novedad en analgesia de los últimos años. El 30 de enero de 2025, la FDA estadounidense aprobó la suzetrigina (Journavx), el primer analgésico oral no opioide de un mecanismo nuevo en más de veinte años. A diferencia de la lidocaína, que bloquea los canales de sodio sin distinguir entre tipos, la suzetrigina se dirige de forma muy selectiva a un único canal, el NaV1.8, presente en las neuronas periféricas que transmiten el dolor. En mayo de 2026, Vertex presentó en el congreso PainConnect de la Academia Americana de Medicina del Dolor nuevos datos de un ensayo de fase 4 en cirugía plástica que mostraban recuperaciones sin necesidad de opioides. Es la misma idea que un estudiante probó en su propio cuerpo en un sótano de Estocolmo, refinada hasta apuntar a una sola puerta molecular del dolor.

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