Volvió a Argentina convencido de dirigir su propio instituto, vio cómo un golpe militar lo desmanteló en menos de dos años, regresó a Cambridge para no volver jamás, y allí inventó una técnica que cambiaría la medicina moderna.
El bioquímico argentino César Milstein desarrolló junto al alemán Georges Köhler, en el Laboratorio de Biología Molecular de Cambridge, la técnica del hibridoma.
Un instituto propio que duró menos de dos años
César Milstein nació en 1927 en Bahía Blanca, Argentina, hijo de un inmigrante judío ucraniano, y se doctoró en bioquímica por la Universidad de Buenos Aires en 1957. Una beca lo llevó después a Cambridge, donde trabajó bajo la dirección de Frederick Sanger, pionero de la secuenciación de proteínas, antes de regresar a Argentina en 1961 para hacerse cargo de la división de biología molecular del Instituto Nacional de Microbiología, en Buenos Aires, con la ambición de construir allí una escuela propia de investigación. Un golpe de estado sustituyó poco después a la dirección científica del instituto por un funcionario sin formación en la materia, y Milstein, imposibilitado de seguir investigando en esas condiciones, optó en 1963 por regresar a Cambridge, esta vez para quedarse de forma permanente.
Fusionar dos células para fabricar un anticuerpo idéntico a sí mismo, sin límite
De vuelta en el Laboratorio de Biología Molecular del Medical Research Council británico, Milstein dedicó los años siguientes a estudiar cómo el sistema inmunitario genera la enorme diversidad de anticuerpos capaces de reconocer prácticamente cualquier sustancia extraña. El problema práctico era que ninguna célula productora de anticuerpos, por sí sola, sobrevivía mucho tiempo en cultivo fuera del cuerpo. Junto al inmunólogo alemán Georges Köhler, que se había incorporado a su laboratorio como investigador posdoctoral, Milstein ideó en 1975 una solución tan simple como decisiva: fusionar una célula productora de un anticuerpo concreto con una célula de mieloma, un tipo de cáncer capaz de dividirse indefinidamente en cultivo. El híbrido resultante, bautizado hibridoma, heredaba ambas cualidades: producía un único anticuerpo, siempre idéntico a sí mismo, de forma prácticamente ilimitada.
El ángulo menos contado: publicaron el método sin patentarlo, y Gran Bretaña lo lamentó durante décadas
Milstein y Köhler publicaron la técnica del hibridoma en la revista Nature en agosto de 1975 sin solicitar ninguna patente sobre ella, convencidos de que se trataba de una herramienta de investigación básica y no de un producto comercial. El organismo británico encargado entonces de gestionar patentes derivadas de investigación pública, la National Research Development Corporation, tuvo conocimiento del hallazgo, pero decidió no protegerlo, al no identificar en ese momento ninguna aplicación comercial evidente. La decisión se reveló, con los años, uno de los descuidos industriales más citados de la historia científica británica: los anticuerpos monoclonales se convertirían en la base de una industria farmacéutica que hoy factura decenas de miles de millones de dólares al año en todo el mundo, sin que el Reino Unido percibiera jamás una sola libra en regalías por la técnica que la hizo posible.
Un Nobel compartido, sin rencor por la patente perdida
En 1984, la Academia sueca concedió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina a Milstein, Köhler y el inmunólogo danés Niels Jerne "por sus teorías sobre la especificidad en el desarrollo y control del sistema inmunitario y el descubrimiento del principio de producción de anticuerpos monoclonales". Milstein, que había reconstruido en Cambridge la carrera que un golpe militar le había arrebatado en Buenos Aires, restó siempre importancia pública a la patente que nunca existió, y dedicó buena parte de sus últimos años a apoyar la formación de jóvenes científicos latinoamericanos en biología molecular.
Por qué importa hoy
Medio siglo después de la publicación original, la técnica de Milstein y Köhler ha evolucionado hacia una nueva generación de anticuerpos capaces de reconocer no una, sino dos o más dianas distintas a la vez: los llamados anticuerpos biespecíficos y multiespecíficos. Fármacos como tebentafusp, amivantamab, tarlatamab, zanidatamab, cadonilimab e ivonescimab, aprobados en los últimos años por agencias reguladoras como la FDA estadounidense, la EMA europea y la NMPA china, unen simultáneamente una célula tumoral y una célula del sistema inmunitario del propio paciente, obligándolas a entrar en contacto directo para que el sistema inmunitario ataque al tumor con una precisión que ningún anticuerpo monoclonal clásico podía lograr por sí solo. Cincuenta años después de que un instituto propio le durara menos de dos años en Buenos Aires, la técnica que Milstein terminó desarrollando en Cambridge sin patentar sigue multiplicándose, ahora en forma de fármacos capaces de dirigir al propio sistema inmunitario hacia el objetivo exacto que un médico necesita atacar.