Un ingeniero sin título universitario, empleado del laboratorio de investigación de un sello discográfico, escaneó cerebros de vaca comprados a un carnicero y montó su primer prototipo con piezas rescatadas de la basura del laboratorio.
El 1 de octubre de 1971, en el Hospital Atkinson Morley de Wimbledon, Londres, el ingeniero Godfrey Hounsfield (Newark-on-Trent, 1919), del Laboratorio Central de Investigación de EMI —la compañía discográfica que editaba los discos de The Beatles—
Una fotografía que la radiología no sabía tomar
A finales de los años sesenta, la neurología carecía de una manera segura de ver el interior de un cráneo vivo sin abrirlo. Las radiografías convencionales aplastaban en una sola imagen bidimensional todos los tejidos que atravesaba el haz de rayos X, de modo que el hueso, la sangre y la masa cerebral quedaban superpuestos y resultaba casi imposible distinguir un tumor de tejido sano. Para asomarse con algo más de detalle a un cerebro, los neurólogos recurrían a técnicas tan invasivas como la neumoencefalografía, que consistía en extraer parte del líquido cefalorraquídeo del paciente y sustituirlo por aire o gas para que los contornos del cerebro se distinguieran mejor en la placa, un procedimiento doloroso que podía provocar dolores de cabeza intensos y náuseas durante días. Nadie en la medicina de la época sospechaba que la solución llegaría de un ingeniero sin formación médica que trabajaba en el departamento de investigación de una compañía de discos.
De una granja en Newark a los radares de la RAF
Godfrey Newbold Hounsfield nació el 28 de agosto de 1919 en Newark-on-Trent, Inglaterra, el menor de cuatro hermanos criados en la granja familiar. De adolescente construía sus propios receptores de radio y aparatos eléctricos rudimentarios por simple curiosidad mecánica. Durante la Segunda Guerra Mundial se alistó como voluntario en la Real Fuerza Aérea británica, donde ejerció como instructor de mecánica de radar, la disciplina que le dio su primer contacto serio con la electrónica aplicada. Terminada la guerra, estudió en el Faraday House College of Electrical Engineering de Londres, de donde salió con un diploma técnico, no con un título universitario: Hounsfield jamás cursaría una carrera universitaria completa, un detalle que haría todavía más insólito lo que vendría después.
El sello discográfico que también hacía radares
En 1951, Hounsfield entró a trabajar en EMI —Electric and Musical Industries—, la compañía británica conocida sobre todo como sello discográfico, pero que desde su fundación en 1931 mantenía también una división de electrónica e ingeniería dedicada a radares y sistemas de guiado de armamento. Allí encontró un terreno a la medida de su formación autodidacta: en 1958 dirigió el diseño del EMIDEC 1100, el primer ordenador totalmente transistorizado construido en Gran Bretaña. Cuando EMI vendió su división de informática en 1962, trasladaron a Hounsfield al Laboratorio Central de Investigación de la compañía, un departamento con margen para explorar ideas sin presión comercial inmediata. Fue allí, en una de sus caminatas por el campo a mediados de los años sesenta, donde se le ocurrió una idea que arrastraba de un proyecto anterior de reconocimiento automático de patrones: si un objeto se irradiaba con rayos X desde muchos ángulos distintos y se medía cuánta radiación absorbía cada haz, un ordenador podría combinar matemáticamente todas esas lecturas para reconstruir, capa por capa, la estructura interna del objeto sin necesidad de cortarlo ni abrirlo.
El ángulo menos contado: cerebros de carnicería y piezas rescatadas de la basura
Lo que casi nunca se cuenta es con cuánta precariedad empezó todo. Con un presupuesto mínimo dentro de EMI, Hounsfield tuvo que rebuscar entre los desechos de su propio laboratorio para conseguir piezas con las que montar el primer prototipo, un aparato tosco que tardaba nueve días en procesar el escaneo de un solo objeto. Antes de acercarse a un ser humano, probó su máquina con objetos inanimados y después con cerebros de vaca comprados a un carnicero kosher, buscando comprobar si el aparato distinguía tejidos blandos de densidad muy parecida entre sí. Solo cuando esas pruebas funcionaron se atrevió a escanear un cerebro humano conservado en formol. Mientras Hounsfield montaba su máquina a base de ingenio y chatarra en Inglaterra, al otro lado del Atlántico el físico sudafricano Allan MacLeod Cormack, en la Universidad Tufts, había publicado ya en 1963 y 1964 la teoría matemática necesaria para reconstruir una imagen a partir de múltiples mediciones de absorción de rayos X, en un par de artículos que pasaron casi inadvertidos. Ninguno de los dos sabía del trabajo del otro; llegaron a la misma solución por caminos completamente distintos.
De nueve días a nueve horas: la escala real llega gracias a un ingreso millonario
Para pasar de un prototipo de laboratorio a una máquina capaz de escanear un cráneo humano hacía falta un tubo de rayos X y un generador mucho más potentes, y ese salto de presupuesto coincidió con el mejor momento financiero de EMI: en 1967, los beneficios de la compañía se habían duplicado en apenas cinco años gracias, en buena parte, a las ventas de los discos de un grupo que la propia EMI editaba a través de su sello Parlophone, The Beatles. Con parte de esos beneficios, EMI y el Departamento de Salud y Seguridad Social británico aportaron 6.000 libras esterlinas cada uno para comprar el equipo necesario, lo que permitió reducir el tiempo de procesado de un escaneo de los nueve días del prototipo original a apenas nueve horas, y más tarde a los treinta minutos que se lograrían ya en la máquina clínica definitiva.
1 de octubre de 1971: el día que un ordenador miró dentro de un cráneo vivo
El 1 de octubre de 1971, en el Hospital Atkinson Morley de Wimbledon, Londres, el prototipo de Hounsfield escaneó por primera vez el cráneo de una paciente viva, una mujer de poco más de cuarenta años con sospecha de tumor cerebral. El escaneo en sí tardó unos treinta minutos; después hubo que transportar las cintas magnéticas con los datos hasta un ordenador remoto, cuyo procesamiento se prolongó durante dos horas y media, y el resultado se capturó finalmente en una fotografía Polaroid. La imagen mostró con claridad un quiste circular en el lóbulo frontal, exactamente donde los neurólogos lo sospechaban, algo que ninguna radiografía convencional habría podido mostrar con tanta nitidez. La confianza en el invento era tal que el Departamento de Salud y Seguridad Social británico ya había encargado cuatro unidades del futuro escáner comercial antes incluso de que estuvieran construidas.
Un Nobel de Medicina para un hombre sin estudios universitarios
En 1979, apenas ocho años después de aquel primer escaneo, Hounsfield compartió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina con Allan Cormack, el físico cuya teoría matemática había resuelto, sin saberlo, el mismo problema que Hounsfield atacó con un prototipo hecho de piezas de desecho y cerebros de carnicería. Ni Hounsfield ni Cormack eran médicos, y Hounsfield, además, no tenía ningún título universitario formal, algo casi inaudito entre los laureados con un Nobel científico. Quienes lo conocieron lo describieron como un hombre reservado, poco hablador y reacio a explicar los detalles técnicos de su invento, pero con una seguridad absoluta en que su método acabaría reemplazando a las técnicas de diagnóstico por imagen existentes hasta entonces.
Por qué importa hoy
El principio que Hounsfield resolvió con chatarra de laboratorio y cerebros de carnicero —reconstruir la estructura interna de un cuerpo a partir de múltiples lecturas de rayos X tomadas desde ángulos distintos— sigue siendo hoy la base de todos los escáneres de tomografía computarizada del mundo, solo que ahora se mide con una precisión que en 1971 habría sido ciencia ficción. El 23 de marzo de 2026, GE HealthCare anunció que la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) había concedido la autorización 510(k) a Photonova Spectra, su nuevo escáner de tomografía computarizada por conteo de fotones. A diferencia de los detectores convencionales, que convierten los fotones de rayos X en luz visible antes de medirlos, el detector de silicio profundo de Photonova Spectra cuenta los fotones de rayos X uno por uno y mide directamente su energía en ocho bandas distintas, lo que permite distinguir con una precisión inédita entre yodo, calcio y grasa dentro de un mismo tejido. El equipo gira sobre el paciente en apenas 0,23 segundos y procesa hasta 50 veces más datos que un escáner de TC convencional, según la propia compañía, que está evaluando el sistema junto con equipos clínicos de la Universidad de Wisconsin-Madison y Stanford Medicine antes de su despliegue comercial en Estados Unidos, donde por ahora es el único mercado en el que cuenta con autorización. El radiólogo Giuseppe Toia, implicado en las pruebas clínicas, ha señalado que el sistema produce "firmas espectrales limpias, alta resolución espacial y números de TC precisos". Más de medio siglo después de que una fotografía Polaroid revelara por primera vez un quiste cerebral, el mismo principio de contar y medir rayos X con precisión creciente sigue empujando los límites de lo que la medicina puede ver sin necesidad de abrir un cuerpo.