Una curandera rural llevaba décadas curando la hidropesía con un cocimiento secreto de veinte hierbas. Un médico inglés se pasó una década separando planta por planta hasta encontrar cuál de ellas era la que de verdad funcionaba.
En 1785, el médico y botánico inglés William Withering publicó 'Un relato sobre la dedalera', un tratado de diez años de estudio clínico sobre el extracto de digital (Digitalis purpurea).
Un remedio de curandera que la medicina oficial despreciaba
William Withering, nacido en 1741 en Wellington, Inglaterra, ejercía como médico en Birmingham y era además un reconocido botánico, autor de una de las primeras floras sistemáticas de las plantas británicas. En 1775, un paciente al que había dado por perdido por una hidropesía grave —una acumulación de líquidos, hoy asociada a la insuficiencia cardíaca— se recuperó de forma sorprendente tras tomar un remedio herbal tradicional preparado por una curandera de Shropshire, cuya receta familiar, transmitida de generación en generación, combinaba una veintena de hierbas distintas. La medicina académica de la época despreciaba ese tipo de remedios populares como simple superstición, pero Withering, intrigado por la recuperación real de su paciente, decidió investigar la receta en lugar de descartarla.
Diez años separando veinte hierbas para encontrar la única que importaba
Withering sospechó, correctamente, que de las veinte plantas de la mezcla solo una era responsable del efecto terapéutico, y dedicó la década siguiente a un proceso metódico de eliminación: preparaba variantes del remedio quitando o aislando plantas una a una, y administraba cada versión a pacientes con hidropesía bajo observación clínica cuidadosa, anotando dosis, efectos y complicaciones. Llegó a la conclusión de que la dedalera, Digitalis purpurea, una planta común de flores moradas que crecía silvestre en setos y jardines ingleses, era la responsable del efecto, y que actuaba directamente sobre el corazón, fortaleciendo y regularizando sus contracciones, y no sobre los riñones como se pensaba entonces.
El ángulo menos contado: publicó también sus fracasos y sus muertes por sobredosis
Lo más inusual del tratado que Withering publicó en 1785, titulado «An Account of the Foxglove and Some of Its Medical Uses», no fue solo el hallazgo en sí, sino su honestidad clínica: documentó con detalle 156 casos de pacientes tratados con digital a lo largo de una década, incluyendo los que no respondieron al tratamiento y los que sufrieron efectos tóxicos graves, a veces mortales, por una dosis mal calculada, ya que el margen entre la dosis terapéutica y la dosis tóxica de la digital resultaba extremadamente estrecho. Esa transparencia, poco habitual en la literatura médica de su época, convirtió su libro en el primer estudio farmacológico sistemático de una sustancia vegetal, con observaciones sobre dosis, toxicidad y variabilidad entre pacientes que anticipaban, con siglo y medio de adelanto, los principios básicos de cualquier ensayo clínico moderno.
De un remedio de curandera a la base de la cardiología moderna
Los compuestos activos de la digital, los llamados glucósidos cardíacos, se aislarían químicamente ya en el siglo XIX, y la digoxina, derivada de una especie relacionada, se convirtió durante buena parte del siglo XX en uno de los fármacos más recetados del mundo contra la insuficiencia cardíaca y determinadas arritmias, prescrito todavía hoy en casos concretos pese a la aparición de tratamientos más modernos. Withering, que además fue uno de los primeros miembros de la Lunar Society de Birmingham, el influyente círculo de científicos e industriales que incluía a Joseph Priestley y Erasmus Darwin, murió en 1799 sin saber que su nombre quedaría asociado para siempre a la planta que había rescatado del olvido popular.
Por qué importa hoy
Más de dos siglos después de aquel tratado, los glucósidos cardíacos que Withering identificó siguen siendo objeto de investigación activa, esta vez fuera de la cardiología: distintos equipos de oncología han investigado en los últimos años el potencial de la digoxina y compuestos relacionados, en dosis mucho más bajas que las cardíacas, como posibles sensibilizadores de células tumorales frente a la radioterapia y ciertos tratamientos de quimioterapia, aprovechando su capacidad, ya conocida por Withering aunque no explicada, de alterar el equilibrio de sodio y potasio dentro de la célula. La lección de fondo que dejó Withering, separar con paciencia clínica la sustancia activa real de un remedio popular hasta entender qué hace y en qué dosis, sigue siendo, dos siglos y medio después, el método con el que la farmacología moderna sigue examinando la medicina tradicional en busca de compuestos todavía por identificar.