Más de veinte empresas le dijeron que no. Él siguió mezclando polvo y electricidad estática en un cuarto alquilado encima de un bar hasta cambiar para siempre el trabajo de oficina
Chester Carlson era abogado de patentes y estaba harto de no tener nunca suficientes copias de los documentos que manejaba a diario. En 1938, en un cuarto alquilado sobre un bar de Queens, logró duplicar un texto usando solo electricidad estática y polvo
Un abogado de patentes cansado de no tener suficientes copias
Chester Carlson nació en Seattle en 1906, hijo de un barbero itinerante, y tuvo que ponerse a trabajar a los catorce años para ayudar a mantener a una familia golpeada por la enfermedad: su padre desarrolló una artritis incapacitante y su madre murió de tuberculosis cuando él tenía diecisiete años. Pese a esas dificultades, se licenció en física por Caltech y, ya instalado en Nueva York en plena Gran Depresión, acabó estudiando derecho por las noches mientras trabajaba de día como responsable del departamento de patentes de la empresa P. R. Mallory & Co. Allí se topó a diario con un problema tan pequeño como exasperante: nunca había suficientes copias en papel carbón de las especificaciones de las patentes que manejaba, y sacar copias adicionales exigía o bien mecanografiarlas enteras de nuevo, o bien enviarlas a un fotógrafo profesional.
Un cuarto sobre un bar en Queens, y una fecha escrita a mano
En lugar de mejorar la fotografía tradicional, Carlson decidió explorar un terreno mucho menos transitado: la fotoconductividad, el fenómeno por el cual ciertos materiales cambian su capacidad de conducir electricidad según la cantidad de luz que reciben, un campo que por entonces solo habían estudiado en profundidad unos pocos físicos, entre ellos el húngaro Paul Selényi. En 1937 registró una primera patente para lo que llamó "electrofotografía", y al año siguiente, con recursos muy limitados, alquiló un cuarto en el segundo piso de un edificio situado encima de un bar en Astoria, Queens, y contrató a Otto Kornei, un joven físico alemán refugiado y sin trabajo, para intentar hacerlo funcionar. El 22 de octubre de 1938 lo consiguieron: cargaron eléctricamente una placa de zinc recubierta de azufre, proyectaron sobre ella, a través de un cristal, la imagen de una etiqueta escrita a mano con la fecha y el lugar —"10-22-38 ASTORIA"— y espolvorearon la placa con un polvo vegetal fino llamado licopodio. El polvo se adhirió exactamente a las zonas que habían recibido luz, reproduciendo el texto con una fidelidad sorprendente.
El ángulo que casi nadie cuenta: más de veinte empresas lo rechazaron durante años
Lo que rara vez se explica con el mismo detalle que el momento eureka de Astoria es la larga travesía posterior. Entre 1939 y 1944, más de veinte empresas —incluidas grandes compañías fotográficas y de oficina— rechazaron la invención de Carlson, y hasta el propio Consejo Nacional de Inventores de Estados Unidos, creado para identificar tecnologías útiles durante la Segunda Guerra Mundial, descartó su propuesta. El propio Carlson reconoció después que, en esos años, "algunos se mostraron indiferentes, varios expresaron un interés tibio, y uno o dos fueron abiertamente hostiles", y admitió que varias veces estuvo a punto de abandonar la idea por completo antes de volver a intentarlo una vez más.
El instituto que sí creyó en él, y el error que resultó ser el acierto
En 1944, el Battelle Memorial Institute, una organización de investigación sin ánimo de lucro, firmó finalmente un contrato de reparto de regalías con Carlson. Fue el equipo de Battelle el que descubrió que sustituir el azufre original por selenio mejoraba enormemente el proceso, y el que desarrolló la fórmula de tóner que, con variaciones, sigue usándose hoy. En 1947, Battelle licenció la tecnología a Haloid, una pequeña y modesta empresa de papel fotográfico de Rochester, Nueva York, dirigida por Joseph C. Wilson, quien reconoció después que la limitada capacidad financiera de su compañía fue, paradójicamente, parte de lo que convenció a Battelle: Haloid necesitaba una apuesta grande para sobrevivir, y estaba dispuesta a jugársela entera.
Veintiún años después de aquel cuarto sobre el bar
En 1959, veintiún años después del experimento de Astoria, Haloid lanzó la fotocopiadora 914, capaz de producir copias sobre papel corriente con solo pulsar un botón. Las previsiones más optimistas calculaban que se venderían unas 5.000 unidades en tres años; en 1962 ya se habían distribuido más de 10.000, con la fábrica desbordada de pedidos. Los ingresos netos de la compañía pasaron de 2 millones de dólares en 1959 a 22,6 millones en 1963, y la empresa cambió su nombre por el de la tecnología que la había transformado: Xerox.
Por qué importa hoy
Chester Carlson, que podría haber ganado más de 150 millones de dólares con su invento, donó cerca de 100 millones a fundaciones y causas benéficas antes de morir en 1968, y entregó su equipo original y su primera copia xerográfica al Instituto Smithsoniano. Cada fotocopiadora e impresora láser que hoy funciona en una oficina, una biblioteca o un hospital —la inmensa mayoría de ellas basadas todavía en electricidad estática y polvo de tóner— desciende directamente de aquella placa de zinc cargada eléctricamente en un cuarto alquilado sobre un bar de Queens.