En vivo
Todas
Agricultura
Medicina
Alimentación
Industria
Nuclear

Pasó años mirando granos de maíz de colores irregulares bajo el microscopio hasta demostrar que los genes podían saltar de un lugar a otro del cromosoma. La comunidad científica respondió con tanto desdén que dejó de publicar sus resultados.

Entre 1944 y 1950, la genetista estadounidense Barbara McClintock identificó en el maíz los primeros elementos genéticos móviles, capaces de cambiar de posición en el cromosoma y encender o apagar genes vecinos.

✍️ Montse 📅 01 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 18 visitas
Pasó años mirando granos de maíz de colores irregulares bajo el microscopio hasta demostrar que los genes podían saltar de un lugar a otro del cromosoma. La comunidad científica respondió con tanto desdén que dejó de publicar sus resultados.

Una científica que prefería el silencio del campo de maíz

Barbara McClintock se doctoró en botánica por la Universidad Cornell en 1927, tras una tesis sobre citogenética del maíz triploide, y se instaló años después en el Laboratorio de Cold Spring Harbor, en Long Island, donde pasaría el resto de su carrera. Su método era artesanal y paciente: cruzaba plantas de maíz durante generaciones, cosechaba las mazorcas y estudiaba al microscopio los cromosomas de sus células, buscando patrones que el ojo entrenado pudiera reconocer donde otros solo veían ruido genético.

Granos de colores que no seguían ninguna regla mendeliana

Desde el verano de 1944, McClintock se concentró en un fenómeno que llevaba décadas intrigando a los genetistas del maíz: ciertos granos mostraban manchas y motas de color que aparecían y desaparecían de forma que ninguna ley de herencia mendeliana explicaba con claridad. A base de cruces controlados y observación microscópica generación tras generación, identificó dos elementos genéticos a los que llamó Dissociation (Ds) y Activator (Ac). A principios de 1948 llegó a la conclusión que cambiaría la genética para siempre: ambos elementos podían transponerse, es decir, cambiar físicamente de posición dentro del cromosoma, y ese movimiento de Ds, controlado por la presencia de Ac, era capaz de romper el cromosoma y de encender o apagar genes vecinos según dónde aterrizara.

El ángulo menos contado: se adelantó una década a la idea misma de que los genes se pueden regular

Lo que McClintock proponía no era solo que el genoma tuviera piezas móviles, sino algo más radical para la época: que la actividad de un gen no era fija, sino que podía activarse o silenciarse según el contexto, gobernada por lo que ella llamó "elementos controladores". Esa intuición se adelantaba casi una década al modelo del operón que Jacois François Jacob y Jacques Monod formularían en 1961 para explicar la regulación génica en bacterias, y que les valdría el Nobel en 1965. McClintock había llegado a una versión vegetal de la misma idea trabajando sola, con maíz y un microscopio, sin ningún marco teórico previo en el que apoyarse.

Una conferencia recibida con desconcierto, incluso hostilidad

McClintock presentó sus hallazgos en el simposio anual de Cold Spring Harbor de 1951 ante la comunidad de genetistas más influyente de su tiempo. La reacción, en sus propias palabras, fue de "desconcierto, incluso hostilidad": la idea de que los genes pudieran moverse por el cromosoma chocaba frontalmente con la imagen entonces dominante de un genoma fijo y ordenado como cuentas en un collar. Publicó en 1953 un extenso artículo estadístico defendiendo sus datos, pero, convencida de que insistir solo la alejaría más de sus colegas, dejó de publicar sobre sus elementos controladores durante los veinte años siguientes.

Veinte años de silencio hasta que la biología molecular le dio la razón

La reivindicación llegó desde un frente inesperado: durante los años 60 y 70, otros investigadores identificaron elementos genéticos móviles equivalentes en bacterias, levaduras y bacteriófagos, esta vez con las herramientas de la biología molecular naciente, que podían secuenciar y manipular el ADN directamente. En la década de 1970, Ac y Ds fueron finalmente clonados e identificados como transposones de clase II, la misma familia de "genes saltarines" que hoy se sabe que compone una fracción enorme del genoma de plantas, animales y del propio ser humano.

El Nobel en solitario, treinta años después

En 1983, la Academia sueca concedió a Barbara McClintock el Premio Nobel de Fisiología o Medicina "por su descubrimiento de elementos genéticos móviles", más de tres décadas después de su primera comunicación sobre el tema. Sigue siendo, hasta hoy, la única mujer que ha recibido en solitario un Nobel en esa categoría, un reconocimiento tardío a un trabajo que en su momento fue recibido casi como una rareza excéntrica de una científica que trabajaba a solas con su maíz.

Por qué importa hoy

En junio de 2026, un equipo del Servicio de Investigación Agrícola del USDA, en colaboración con la Universidad Estatal de Ohio y la Universidad de Nevada en Reno, presentó un método bioinformático que usa precisamente los transposones que McClintock describió como una especie de reloj molecular: los retrotransposones con repeticiones terminales largas (LTR-RT) acumulan mutaciones a un ritmo medible desde el momento en que se insertan en el genoma, lo que permite datar con precisión eventos evolutivos antiguos sin necesidad de contar con el genoma de ningún ancestro extinto. Aplicado al genoma octoploide de la fresa, el método identificó tres episodios distintos de fusión genómica ocurridos entre hace 4,2 y 0,8 millones de años, y ya ha sido validado con éxito en tef y en algodón de tierras altas, con vistas a mejorar la identificación de subgenomas en programas de mejora de trigo, algodón y caña de azúcar orientados a resistencia a enfermedades, rendimiento y resiliencia climática. Ochenta años después de que McClintock viera algo que nadie más quería ver en unos granos de maíz moteados, sus "genes saltarines" se han convertido en una herramienta de precisión para rediseñar los cultivos del futuro.

Compartir:
Artículos relacionados
🚜 Agricultura
Un joven químico ruso viajó a Alemania para aprender con el mejor maestro de su época, analizó unas semillas traídas de América y aisló de ellas un polvo amargo que nadie había visto. Lo llamó con el nombre que Linneo había dado al árbol.
En 1841, Alexander Woskresensky, maestro de Mendeléyev, aisló la teobromina del cacao. En 2026, Harvard demuestra que las lluvias extremas hunden sus cosechas tanto como la sequía.
🚜 Agricultura
Un profesor de Basilea notó un olor extraño cada vez que hacía pasar corriente por el agua y lo bautizó con la palabra griega para «oler».
Schönbein descubrió el ozono por su olor en 1839 y el algodón pólvora con un delantal. En 2026, Copernicus revela que el 40% de la humanidad respiró ozono nocivo, que también daña cosechas.
🚜 Agricultura
Su padre quería hacerlo pastor de la Iglesia de Escocia y dejó de mantenerlo cuando eligió la química. Aquel joven descubrió cómo escapan los gases, inventó la palabra diálisis.
Thomas Graham demostró en el siglo XIX que una lámina puede elegir qué gas deja pasar. En 2026, LIFE Green Ammonia captura con membranas el amoníaco de las granjas y lo convierte en abono.