Un químico calculó en dos páginas que la Tierra podía haber encendido sola un reactor nuclear, y casi nadie lo tomó en serio. Dieciséis años después, un técnico francés detectó en una muestra africana una cifra de uranio desviada en su tercer decimal.
En 1956, el químico japonés-estadounidense Paul Kazuo Kuroda publicó las condiciones en las que un yacimiento de uranio podría mantener por sí solo una reacción nuclear en cadena.
Una cifra que debería ser idéntica en todo el sistema solar
El uranio natural es una mezcla de isótopos, y la proporción de uranio-235, el único capaz de sostener una reacción en cadena con neutrones lentos, es prácticamente la misma en cualquier roca de la Tierra, en los meteoritos y en las muestras traídas de la Luna: un 0,720%. Esa constancia es tan fiable que las plantas de enriquecimiento la usan como referencia de control. En mayo de 1972, en la planta de enriquecimiento de Pierrelatte, en el sur de Francia, el analista Henri Bouzigues midió en una muestra de hexafluoruro de uranio un valor de 0,717%. Parecía una diferencia insignificante. Para la Comisión de Energía Atómica francesa (CEA) era una alarma: significaba que faltaba uranio-235.
Uranio desaparecido y una sospecha incómoda
La CEA rastreó el material hasta su origen: la mina de Oklo, en la cuenca de Franceville, en Gabón. Análisis posteriores revelaron zonas del yacimiento con concentraciones de uranio-235 muy por debajo de lo normal. En total faltaban cientos de kilos del isótopo fisible, suficiente para fabricar varias armas nucleares. Las primeras hipótesis iban desde un error de medición hasta un desvío deliberado de material. Pero las muestras contenían además algo que ningún robo podía explicar: la misma combinación de productos de fisión, como isótopos concretos de neodimio y samario, que aparece en el combustible gastado de un reactor nuclear.
El ángulo que rara vez se cuenta: alguien lo había predicho, y casi nadie le hizo caso
En 1956, Paul Kazuo Kuroda, un químico nacido en Japón que se había doctorado en la Universidad Imperial de Tokio y trabajaba entonces en la Universidad de Arkansas, publicó en el Journal of Chemical Physics un artículo de apenas dos páginas. En él calculaba lo que haría falta para que un yacimiento de uranio iniciara por sí solo una reacción en cadena: una concentración suficiente de uranio-235, algo que en el pasado remoto sí existía porque este isótopo se desintegra más rápido que el uranio-238; un depósito más grueso que la distancia que recorre un neutrón de fisión; pocas impurezas que absorbieran neutrones; y agua que actuara como moderador. La idea recibió cierta atención, pero se consideró tan improbable que casi nadie la buscó en serio. Kuroda llegó a proponer posibles emplazamientos, entre ellos uno en Wisconsin. Cuando la CEA anunció el 25 de septiembre de 1972 que en Oklo habían funcionado reactores nucleares naturales, las condiciones encontradas encajaban casi punto por punto con las que él había descrito dieciséis años antes.
Un reactor que se encendía y se apagaba solo durante cientos de miles de años
Hace unos 2.000 millones de años, la proporción de uranio-235 en la Tierra rondaba el 3,7%, una concentración parecida a la del combustible de muchas centrales nucleares actuales. En Oklo, el agua subterránea que se filtraba en las vetas de uranio moderaba los neutrones y permitía la reacción en cadena; cuando el calor evaporaba el agua, la reacción se detenía, y volvía a arrancar cuando el agua regresaba. Estudios de los isótopos de xenón atrapados en las rocas mostraron que aquel ciclo natural de encendido y apagado se repitió durante cientos de miles de años. Hoy se conocen dieciséis zonas de reacción en la región, repartidas entre Oklo, Okélobondo y Bangombé. Es el único lugar conocido del planeta donde ocurrió algo así.
Por qué importa hoy
Oklo no es solo una rareza geológica: es el único ensayo a escala natural de cómo se comportan los residuos nucleares durante miles de millones de años, y por eso sigue siendo objeto de estudio. En febrero de 2026, un equipo internacional encabezado por investigadores de la Universidad de Nagoya publicó en la revista Radiation Protection Dosimetry una revisión que aplica las técnicas más avanzadas de espectrometría de masas a los materiales de Oklo, recordando que la mayoría de los datos isotópicos disponibles tenían más de un cuarto de siglo. La pregunta que responde Oklo, cuánto tiempo puede la roca retener los productos de una fisión, está hoy en el centro de un hito mundial: en agosto de 2026, la autoridad de seguridad nuclear de Finlandia concluyó que no existe obstáculo de seguridad para conceder la licencia de operación a Onkalo, el primer almacén geológico profundo de combustible gastado del mundo, excavado a unos 430 metros de profundidad en un lecho rocoso de 1.900 millones de años de antigüedad, casi tan antiguo como los reactores de Gabón. Su operadora, Posiva, aspira a estar lista para empezar a almacenar residuos a finales de 2026. Cincuenta y cuatro años después de que una cifra con tres decimales delatara a la naturaleza, la humanidad se prepara para confiar sus residuos a la misma estrategia que Oklo lleva dos mil millones de años demostrando.