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A los agrónomos les habían enseñado que un tallo corto era un defecto que había que eliminar del arroz. Ese defecto acabó duplicando la cosecha de Asia

En 1966, un fitomejorador estadounidense casi jubilado y un joven investigador de Punyab lograron algo que ningún banco de germoplasma había conseguido antes: una variedad de arroz que no se doblaba bajo el peso de su propio grano. La llamaron IR8, y hoy

✍️ Montse 📅 04 de September de 2026 ⏱ 6 min de lectura 👁 0 visitas
A los agrónomos les habían enseñado que un tallo corto era un defecto que había que eliminar del arroz. Ese defecto acabó duplicando la cosecha de Asia

Un continente que no lograba alimentarse a sí mismo

A comienzos de los años 60, Asia se enfrentaba a un problema aritmético que ningún discurso político podía resolver: su población crecía más deprisa que su capacidad de producir arroz. India acababa de sufrir hambrunas regionales severas, y organismos internacionales advertían de que el continente entero podía quedar atrapado en un ciclo permanente de escasez. En 1960, la Fundación Rockefeller y la Fundación Ford financiaron la creación del Instituto Internacional de Investigación del Arroz (IRRI) en Los Baños, Filipinas, con un encargo tan simple como difícil de cumplir: encontrar una variedad de arroz capaz de producir muchísimo más grano por hectárea que cualquiera de las conocidas hasta entonces.

El problema no era la genética, era la física del propio tallo

Las variedades tradicionales de arroz respondían mal a los fertilizantes: cuanto más nitrógeno recibían, más alto y frondoso crecía el tallo, hasta que la propia planta no podía sostener el peso de su grano y se doblaba sobre el barro, arruinando la cosecha, un fenómeno conocido como encamado. En 1962, el investigador del IRRI Peter Jennings cruzó dos variedades muy distintas: Peta, una planta alta e indonesia de grano abundante pero tallo débil, y Dee-geo-woo-gen, una variedad enana procedente de Taiwán. Un año después, el equipo identificó el gen responsable de esa altura reducida, hoy conocido como sd-1: una mutación que limita la producción de giberelina, la hormona que regula el crecimiento del tallo. Lejos de ser un defecto, ese gen enano producía plantas cortas y rígidas, capaces de sostener mucho más grano sin doblarse ni desperdiciar energía en crecer hacia arriba.

Un fitomejorador que llegó casi por casualidad, al final de su carrera

El hombre que seleccionó la línea definitiva no era un recién llegado con ganas de hacer historia, sino Henry "Hank" Beachell, un agrónomo de Nebraska que llevaba tres décadas trabajando para el Departamento de Agricultura de Estados Unidos en Texas, donde había desarrollado nueve variedades de arroz que llegaron a representar más del 90% de la producción estadounidense de grano largo. Beachell se incorporó al IRRI en 1963, ya jubilado del USDA, casi como un segundo acto profesional. En 1964, entre la cuarta generación de descendientes del cruce de Jennings, seleccionó una única planta a la que llamó IR8-288-3. Dos años más tarde, el 28 de noviembre de 1966, el IRRI presentó oficialmente esa línea al mundo bajo un nombre mucho más simple: IR8.

El salto de producción fue tan brusco que la prensa la bautizó enseguida como "arroz milagro": mientras las variedades tradicionales de la región rendían entre una y dos toneladas por hectárea, IR8 alcanzaba entre cuatro y cinco toneladas en las mismas condiciones, y bastante más en parcelas experimentales bien abonadas y regadas. En cuestión de meses, IR8 se extendió por Filipinas y la India, y se convirtió en el símbolo visible de lo que empezaba a llamarse la Revolución Verde.

El segundo nombre que la historia suele dejar en un segundo plano

IR8 fue solo el principio. Gurdev Singh Khush, nacido en 1935 en una familia de agricultores de la región de Punyab, en la India, había llegado al IRRI tras doctorarse en la Universidad de California en Davis en 1960. En 1972 asumió la dirección del departamento de mejora genética del instituto y, durante más de dos décadas, lideró el desarrollo de más de trescientas variedades adicionales de arroz, entre ellas sucesoras directas de IR8 como IR36 e IR64, que corrigieron muchas de sus limitaciones originales y llevaron el rendimiento medio hasta las seis o siete toneladas por hectárea. Entre 1966 y 2006, la producción mundial de arroz pasó de 257 a 626 millones de toneladas, un crecimiento que los historiadores agrícolas atribuyen en buena parte al trabajo conjunto de Beachell y Khush. En 1996 ambos compartieron el Premio Mundial de la Alimentación, y a Khush se le llegó a describir como el científico cuyo trabajo contribuyó a salvar a mil millones de personas del hambre.

El ángulo menos contado: el precio oculto del milagro

Lo que rara vez se cuenta con el mismo entusiasmo es que IR8 exigía, para rendir lo prometido, dosis de fertilizante y de agua muy superiores a las que usaban los pequeños agricultores tradicionales, y era más vulnerable a ciertas plagas e insectos que las variedades locales que llevaba generaciones perfeccionando la selección natural y campesina. Muchos agricultores sin acceso a fertilizante o crédito no pudieron aprovechar su potencial, y varios estudios posteriores señalaron que su grano tenía peor calidad de cocción y sabor que las variedades tradicionales que sustituyó. La Revolución Verde resolvió una crisis de hambruna real, pero también sembró un modelo agrícola dependiente de insumos industriales cuyas consecuencias ambientales —agotamiento de acuíferos, pérdida de variedades tradicionales, dependencia de agroquímicos— se siguen debatiendo hoy.

Por qué importa hoy

El mismo principio que hizo posible IR8 —cruzar variedades muy distintas para combinar rasgos que ninguna posee por separado— sigue siendo la base de la mejora genética del arroz. En Chile, la investigadora Karla Cordero, del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA), presentó en 2025 una nueva variedad bautizada Jaspe, fruto de veinte años de cruces entre una semilla chilena y una rusa, capaz de producir hasta diez veces más plantas hijas por semilla que el arroz convencional y de resistir mejor tormentas, inundaciones y olas de calor. Usando el Sistema de Intensificación del Cultivo del Arroz (SRI), Jaspe necesita solo la mitad de los 2.500 litros de agua que exige normalmente producir un kilo de arroz, y ya se está probando en Brasil, Uruguay y Ecuador de la mano del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura. Sesenta años después de que un gen enano taiwanés cambiara la historia del hambre en Asia, la misma lógica de cruzar variedades para ganar resiliencia vuelve a estar en el centro de la respuesta al cambio climático.

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