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Ató a una enfermera a una camilla para que nadie lo detuviera, se clavó él mismo un catéter en la vena del brazo y subió dos plantas hasta rayos X para fotografiar cómo el tubo llegaba a su propio corazón. Sus jefes lo apartaron de la cardiología.

En 1929, el interno de cirugía alemán Werner Forssmann, de 25 años, se introdujo un catéter urinario en una vena del brazo y lo empujó 60 centímetros hasta el interior de su propio corazón.

✍️ Montse 📅 02 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 12 visitas
Ató a una enfermera a una camilla para que nadie lo detuviera, se clavó él mismo un catéter en la vena del brazo y subió dos plantas hasta rayos X para fotografiar cómo el tubo llegaba a su propio corazón. Sus jefes lo apartaron de la cardiología.

Una idea que los manuales de la época daban por letal

A finales de los años 20, la creencia médica dominante sostenía que introducir cualquier objeto extraño en el corazón provocaría una arritmia fatal casi de inmediato: el corazón era territorio prohibido para cualquier instrumento. Werner Forssmann, un interno de cirugía de 25 años en el modesto hospital municipal de Eberswalde, cerca de Berlín, había leído sobre experimentos del siglo XIX en los que fisiólogos franceses introducían catéteres en el corazón de caballos sin matarlos en el acto, y se convenció de que, con el control adecuado, el mismo procedimiento podía hacerse en una persona viva.

Una enfermera engañada y una vena abierta a escondidas

Forssmann necesitaba material quirúrgico y sabía que ningún superior autorizaría el experimento, así que convenció a la enfermera Gerda Ditzen de que colaborara en lo que ella entendió como una prueba sobre sí misma. La ató a la camilla, en apariencia como parte del procedimiento, y en cuanto ella dejó de vigilarlo de cerca, se anestesió él mismo el brazo e insertó un catéter urinario en su propia vena del codo, empujándolo unos 60 centímetros hacia el interior de su pecho.

El ángulo menos contado: subió dos plantas con el catéter todavía dentro para poder demostrarlo

En lugar de detenerse ahí, Forssmann caminó, con el catéter todavía alojado en su propia vena, hasta el departamento de rayos X del hospital, dos plantas más arriba, porque sabía que nadie creería su relato sin una prueba fotográfica. Un colega le hizo una radiografía que confirmó lo que ningún médico había demostrado hasta entonces: la punta del catéter había llegado sin causar ningún daño hasta las cavidades derechas de su corazón. Su superior, furioso al principio por la temeridad del gesto, cambió de actitud en cuanto vio la placa radiográfica y entendió el alcance del hallazgo.

Castigado primero, olvidado después

Pese a la magnitud del descubrimiento, la carrera de Forssmann no despegó: se le ofreció después un puesto sin sueldo en el hospital Charité de Berlín, bajo el cirujano Ferdinand Sauerbruch, pero fue apartado tras publicar su trabajo sin la autorización debida. Alejado de la cardiología, se reorientó hacia la urología, fue miembro del partido nazi entre 1932 y 1945, sirvió como oficial médico durante la Segunda Guerra Mundial hasta alcanzar el rango de comandante, y terminó el conflicto como prisionero en un campo estadounidense. Tras la guerra se instaló como urólogo de pueblo en Bad Kreuznach, aparentemente ajeno a que su experimento de juventud se había convertido, en otras manos, en el punto de partida de toda una disciplina médica nueva.

Dos médicos en Nueva York llevaron su idea al límite sin saber que él seguía vivo

En Nueva York, los médicos André Cournand y Dickinson Richards, del hospital Bellevue y la Universidad de Columbia, retomaron durante los años 30 y 40 la prueba de concepto de Forssmann y la convirtieron en una herramienta diagnóstica de precisión, capaz de medir presión y oxígeno directamente dentro de las cámaras del corazón, sentando las bases de toda la cardiología intervencionista posterior, desde la angioplastia hasta el implante de stents. En 1956, el Comité Nobel concedió el Premio de Fisiología o Medicina a los tres conjuntamente. Forssmann, convertido ya en un urólogo rural que llevaba dos décadas alejado de la cardiología, declaró sentirse como "un médico de pueblo" sorprendido por el reconocimiento.

Por qué importa hoy

El 26 de marzo de 2026, Philips anunció que la agencia estadounidense del medicamento había autorizado EchoNavigator R5.0 con DeviceGuide, un software guiado por inteligencia artificial que combina en una sola vista la ecografía en vivo y la imagen de rayos X durante la reparación mínimamente invasiva de la válvula mitral, rastreando de forma automática la posición del dispositivo de reparación mientras el cirujano lo introduce a través de un catéter hasta el corazón. La insuficiencia mitral afecta a más de 35 millones de adultos en todo el mundo, más de dos millones solo en Estados Unidos. Casi un siglo después de que Forssmann demostrara, sobre su propio cuerpo y sin permiso de nadie, que un catéter podía llegar hasta el corazón sin matarlo, esa misma vía de acceso guía hoy, con inteligencia artificial de por medio, la reparación de las válvulas de millones de pacientes.

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