Quería comprobar si la electricidad podía frenar la división de una célula igual que un imán ordena limaduras de hierro. El experimento falló durante dos años seguidos, y de ese error nació la cura del cáncer de testículo
En 1965, el biofísico Barnett Rosenberg, de la Universidad Estatal de Michigan, aplicó corriente eléctrica a bacterias E. coli a través de electrodos de platino para estudiar la división celular. Durante dos años persiguió una pista falsa antes de descubr
Un biofísico que quería replicar en el laboratorio lo que hacen los campos magnéticos
A mediados de los años 60, Barnett Rosenberg, biofísico de la Universidad Estatal de Michigan, se había quedado intrigado por el parecido visual entre el modo en que las limaduras de hierro se ordenan alrededor de un campo magnético y la forma en que los cromosomas se alinean durante la división celular. Se preguntó si un campo eléctrico podría, de forma similar, influir en la mecánica de esa división. Para comprobarlo, en 1965 diseñó un experimento sencillo: sumergió un cultivo de bacterias E. coli en una solución y le aplicó una corriente eléctrica débil a través de electrodos de platino, un metal elegido precisamente por considerarse químicamente inerte y, por tanto, incapaz de interferir en el resultado.
Bacterias que crecían sin parar, pero no se dividían
El resultado fue tan llamativo como inesperado: en cuanto se activaba la corriente, las bacterias dejaban de dividirse por completo, pero seguían creciendo, estirándose hasta alcanzar filamentos 300 veces más largos de lo normal, y en cuanto se apagaba la corriente, retomaban la división de golpe, como si recuperasen el tiempo perdido. Rosenberg interpretó el hallazgo exactamente como esperaba: parecía la prueba de que un campo eléctrico podía detener la división celular.
El ángulo menos contado: dos años persiguiendo al sospechoso equivocado
Durante cerca de dos años, Rosenberg y su equipo trabajaron dando por hecho que la corriente en sí, el campo eléctrico, era el agente activo: al fin y al cabo, esa era la premisa que había motivado todo el experimento. Hizo falta una química mucho más paciente para notar algo que Rosenberg no había previsto: los electrodos de platino, supuestamente inertes, no lo eran tanto. Bajo las condiciones concretas del experimento, trazas de platino se disolvían en la solución y reaccionaban con el cloruro de amonio del medio de cultivo, formando un compuesto nuevo. Identificar y aislar ese compuesto llevó dos años más de trabajo químico detallado: era el cis-diaminodicloroplatino(II), una molécula sintetizada por primera vez por el químico italiano Michele Peyrone en 1845, más de un siglo antes, sin que nadie sospechara entonces de lo que era capaz.
De un tubo de ensayo con bacterias a una tasa de curación del 90%
Una vez confirmado que era el compuesto de platino, y no la corriente, lo que frenaba la división bacteriana, el equipo de Rosenberg lo probó contra tumores en ratones con resultados contundentes, y el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos inició ensayos clínicos en pacientes en 1972. El cisplatino recibió la aprobación de la agencia estadounidense del medicamento en 1978, específicamente para el cáncer de testículo. Combinado con otros fármacos de quimioterapia, elevó la tasa de curación de ese cáncer por encima del 90%, y la mortalidad por esta enfermedad en Estados Unidos ha caído en torno a dos tercios desde 1975: uno de los cánceres más letales para hombres jóvenes se convirtió en uno de los más tratables.
Por qué importa hoy
Seis décadas después, el platino sigue en el centro de la investigación contra el cáncer, pero el reto ha cambiado: ya no se trata de encontrar un compuesto que destruya células tumorales, sino de conseguir que actúe solo sobre el tumor y no sobre el resto del cuerpo, porque la toxicidad del cisplatino sobre riñones y nervios es uno de sus efectos secundarios mejor documentados. En 2026, un equipo del Hospital Houston Methodist, en Texas, describió en la revista Biomaterials un nuevo nanomaterial bautizado 'carrier-platin', nanopartículas de platino integradas en un polímero biodegradable que aprovechan los niveles más altos de peróxido de hidrógeno presentes dentro de las células tumorales para desencadenar, en cuestión de minutos, una explosión de moléculas destructoras justo donde está el cáncer. Probado hasta ahora en líneas celulares de laboratorio y en ratones, frente a cáncer colorrectal, de mama, ovario, pulmón y riñón, incluidas líneas resistentes a la quimioterapia convencional, el nanofármaco aún no ha llegado a ensayos clínicos en humanos. La química se ha vuelto mucho más precisa, pero el elemento en su corazón, el platino, es el mismo que un par de electrodos supuestamente inertes introdujo en la medicina por accidente en 1965.