Un cirujano sin experiencia en laboratorio convenció a un profesor escéptico de prestarle diez semanas y un estudiante de 22 años. El primer extracto casi mata al niño moribundo al que se lo inyectaron, y doce días después lo salvó gracias a un bioquímico
En el verano de 1921, el cirujano canadiense Frederick Banting convenció al fisiólogo John Macleod de dejarle usar su laboratorio en la Universidad de Toronto para aislar la insulina de perros. El primer extracto, demasiado impuro, apenas funcionó en un n
Una idea nocturna de un cirujano con deudas y sin experiencia investigadora
Frederick Banting, un cirujano de 29 años en London, Ontario, con escasa clientela y deudas acumuladas, aceptó preparar una clase ocasional sobre el metabolismo de los carbohidratos para ganar algo de dinero extra. El 30 de octubre de 1920, leyendo para esa clase, dio con un artículo sobre la relación entre los islotes de Langerhans del páncreas y la diabetes, y esa misma noche anotó una idea: ligar el conducto pancreático de un perro para que las células que fabrican enzimas digestivas se atrofiaran, dejando intactos los islotes, y así poder extraer de ellos la sustancia que regula el azúcar en sangre sin que las enzimas digestivas la destruyeran antes de poder aislarla.
Diez semanas prestadas, un estudiante de 22 años y un verano de fracasos con perros
Banting llevó la idea a John Macleod, catedrático de fisiología en la Universidad de Toronto y autoridad reconocida en el metabolismo de los carbohidratos. Macleod se mostró escéptico —otros investigadores ya habían intentado y fracasado en aislar la hormona pancreática— pero le prestó un laboratorio modesto durante el verano de 1921, un pequeño grupo de perros y un ayudante recién licenciado en fisiología, Charles Best, de 22 años. Durante semanas, Banting y Best operaron a perros para atrofiar su páncreas exocrino, extrajeron después el tejido superviviente de los islotes, lo maceraron y filtraron, e inyectaron el extracto resultante —al que llamaron "isletina"— a otros perros a los que habían extirpado por completo el páncreas para hacerlos diabéticos. El azúcar en la sangre de esos animales bajaba. La idea funcionaba.
El ángulo menos contado: el extracto que casi no salva al primer paciente
Lo que el experimento con perros no resolvía era la pureza. El extracto de Banting y Best contenía suficientes impurezas como para provocar abscesos y reacciones alérgicas graves al inyectarlo en una persona. En el otoño de 1921 se incorporó al equipo un cuarto nombre que rara vez encabeza esta historia: el bioquímico James Collip, encargado de refinar el extracto lo suficiente como para poder probarlo en humanos. El 11 de enero de 1922, en el Hospital General de Toronto, se inyectó a Leonard Thompson, un niño de 13 años ingresado al borde de la muerte por diabetes, un extracto todavía impuro de Banting y Best: el azúcar en sangre bajó apenas un 25% y el niño desarrolló un absceso en el punto de inyección. Doce días después, el 23 de enero, Collip logró perfeccionar a tiempo su método de purificación —usando alcohol a más del 90% de concentración para precipitar el principio activo— para una segunda inyección. El resultado fue inmediato: el azúcar en sangre de Leonard cayó en pocas horas, la glucosa desapareció de su orina, y el niño, que llevaba semanas apagándose, recuperó el color y la fuerza en cuestión de días.
De un laboratorio prestado a una fábrica en Indianápolis en menos de dos años
La noticia del éxito con Leonard Thompson se extendió con rapidez por la comunidad médica. La Universidad de Toronto cedió los derechos de fabricación, sin cobrar regalías, a la farmacéutica Eli Lilly, que a finales de 1923 ya producía insulina comercial a gran escala en Indianápolis, transformando en meses una enfermedad hasta entonces mortal en los diabéticos de tipo 1 en una condición crónica manejable.
Un Nobel para dos nombres, y una reparación privada entre los otros dos
En 1923, el Comité Nobel concedió el Premio de Fisiología o Medicina únicamente a Banting y Macleod, dejando fuera a Best y a Collip, cuyas aportaciones —el trabajo experimental diario con los perros el primero, la purificación decisiva que permitió tratar a un ser humano el segundo— se consideran hoy, según la mayoría de los historiadores de la medicina, tan determinantes como las de los dos premiados. Indignado porque el comité hubiera reconocido a Macleod, a quien consideraba solo un supervisor distante, y no a Best, Banting compartió de inmediato la mitad de su parte del premio en metálico con él; Macleod, en un gesto equivalente, hizo lo mismo con Collip.
Por qué importa hoy
Un siglo después de aquel verano prestado en Toronto, la investigación en diabetes tipo 1 ha dado un giro casi simétrico: en lugar de extraer insulina de un páncreas macerado, los laboratorios actuales cultivan células humanas capaces de producirla desde cero. En 2025, la farmacéutica Vertex presentó en la Sesión Científica de la Asociación Americana de Diabetes los datos de zimislecel (VX-880), una terapia celular derivada de células madre que, tras un único trasplante, permite que la mayoría de los pacientes del ensayo dejen de necesitar insulina inyectada, con el fármaco ya en fase avanzada de ensayos clínicos de cara a una eventual aprobación. Cien años después de que un extracto impuro casi le cueste la vida a Leonard Thompson, el objetivo sigue siendo el mismo —devolver al cuerpo la capacidad de producir su propia insulina—, pero el camino ha pasado de un perro de laboratorio a una célula madre cultivada en una placa.