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Bautizaron con su nombre una ley agrícola que en realidad había descubierto otro químico doce años antes que él. Y con esa misma ley en la mano, fabricó un fertilizante que fracasó por ignorar el nutriente que él mismo menospreciaba

En 1840, el químico alemán Justus von Liebig publicó una obra que cambió para siempre la agricultura al demostrar que las plantas se nutren de minerales del suelo y no solo de humus. La ley que hoy lleva su nombre, sin embargo, la había formulado doce año

✍️ Montse 📅 05 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 0 visitas
Bautizaron con su nombre una ley agrícola que en realidad había descubierto otro químico doce años antes que él. Y con esa misma ley en la mano, fabricó un fertilizante que fracasó por ignorar el nutriente que él mismo menospreciaba

Una Europa que llevaba siglos agotando la misma tierra

A comienzos del siglo XIX, la agricultura europea seguía guiándose por la llamada teoría del humus, que sostenía que las plantas se alimentaban directamente de la materia orgánica en descomposición del suelo, del mismo modo que un animal digiere su comida. Bajo esa idea, restaurar un suelo agotado por generaciones de cultivo continuo solo podía lograrse añadiendo más estiércol o más materia vegetal podrida, sin que nadie hubiera establecido con rigor químico qué elementos concretos tomaba realmente una planta de la tierra que la sostenía. Los rendimientos agrícolas de buena parte de Europa central llevaban décadas estancados, y el propio suelo se consideraba, en el mejor de los casos, un recurso que se iba consumiendo sin posibilidad real de reponerse del todo.

Un libro que declaró la guerra a un siglo de teoría agrícola

En 1840, el químico alemán Justus von Liebig, profesor en la Universidad de Giessen, publicó Die organische Chemie in ihrer Anwendung auf Agricultur und Physiologie ("La química orgánica en su aplicación a la agricultura y la fisiología"), un tratado que desmontó la teoría del humus con un argumento tan simple como demoledor: el carbono que forma la mayor parte del peso seco de una planta no procede del suelo, sino del dióxido de carbono del aire, capturado mediante fotosíntesis. Lo que el suelo aportaba, sostuvo Liebig, no era la sustancia misma de la planta, sino un puñado de elementos minerales -nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, azufre- indispensables en cantidades mucho menores. Aquella idea, hoy elemental en cualquier manual de agronomía, fundó de un plumazo la química agrícola y del suelo como disciplina científica.

El ángulo menos contado: una ley que no llevaba el nombre de quien la descubrió

La aportación por la que Liebig es más recordado hoy, la ley del mínimo -la idea de que el crecimiento de una planta no lo determina el nutriente más abundante que recibe, sino el más escaso-, ni siquiera fue idea suya en origen. El agrónomo alemán Carl Sprengel la había formulado ya en 1828, doce años antes, en una publicación que apenas circuló fuera de círculos especializados. Liebig la retomó, la amplió y la difundió con tal fuerza en su tratado de 1840 que terminó por llevar su nombre en lugar del de Sprengel, un desplazamiento de autoría que los propios historiadores de la agronomía reconocen hoy como uno de los más comentados de la historia de la ciencia agrícola.

El fertilizante que el propio autor de la teoría hundió con sus manos

En 1845, Liebig quiso demostrar en la práctica lo que había defendido en la teoría y lanzó al mercado su propio "abono patentado" (Patent-Dünger), un fertilizante mineral diseñado según su propia teoría. Pero Liebig cometió un error decisivo: convencido de que la atmósfera y la lluvia ya aportaban a las plantas todo el amoníaco y los nitratos que necesitaban, diseñó su fertilizante centrado casi por completo en fósforo y potasio, restando importancia deliberadamente al nitrógeno. El resultado, documentado por historiadores de la agricultura, fue un fracaso agronómico y comercial: los campos tratados con el abono de Liebig no mostraban las mejoras de rendimiento que su creador prometía.

Su propio antiguo alumno se lo demostró, campo a campo, durante décadas

La refutación llegó, con una ironía casi diseñada, de la mano de un antiguo alumno del propio Liebig. Joseph Henry Gilbert, formado en el laboratorio de Giessen, se asoció en 1843 con el terrateniente y empresario inglés John Bennet Lawes, que un año antes había patentado el superfosfato, el primer fertilizante fosfatado fabricado industrialmente. Juntos fundaron la Estación Experimental de Rothamsted, en Inglaterra, y a lo largo de décadas de ensayos de campo sistemáticos y repetidos año tras año -algunos de esos mismos ensayos, como el llamado Broadbalk, se conservan y se siguen sembrando hoy, casi dos siglos después- demostraron con una solidez estadística que Liebig no podía tener en su época que el nitrógeno, lejos de ser un nutriente secundario, resultaba determinante para elevar el rendimiento de los cultivos de trigo muy por encima de cualquier combinación de minerales por sí sola.

Por qué importa hoy

Casi dos siglos después de que Liebig fundara la química del suelo y su propio fertilizante fracasara por ignorar la biología que había debajo, la agricultura vuelve a mirar hacia lo que ni Liebig ni Sprengel podían medir con sus herramientas: los microorganismos del suelo. El 2 de abril de 2025, la empresa Veganic presentó MicroGea, una tecnología basada en cuatro cepas bacterianas registradas -Bacillus subtilis, Bacillus atrophaeus, Bacillus halotolerans y Bacillus megaterium-, seleccionadas mediante secuenciación e ingeniería biológica para mejorar la eficiencia con la que los cultivos aprovechan el nitrógeno, el fósforo y el potasio que reciben, reduciendo así la cantidad de fertilizante mineral necesaria sin perder productividad. La propia prensa agrícola especializada resumía la tendencia en junio de 2026 con una frase que Liebig difícilmente habría anticipado: la nueva carrera del sector agrícola ya no pasa tanto por fabricar más fertilizante mineral como por entender mejor la microbiología viva que ese fertilizante, durante casi dos siglos, se limitó a alimentar desde fuera.

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