Buscaba salitre para la pólvora de Napoleón y descubrió, por echar demasiado ácido a unas cenizas de algas, una nube violeta que nadie había visto nunca. Murió en la pobreza sin imaginar que aquel vapor acabaría en el salero de casi todas las cocinas.
A finales de 1811, el químico y fabricante de salitre francés Bernard Courtois añadió un exceso de ácido sulfúrico a cenizas de algas marinas y vio surgir un vapor violeta que se condensaba en cristales oscuros y brillantes: había descubierto el yodo.
Una guerra que se estaba quedando sin pólvora
En plena época napoleónica, Francia necesitaba enormes cantidades de salitre, el nitrato de potasio imprescindible para fabricar pólvora. Tradicionalmente se obtenía con ayuda de cenizas de madera, pero la madera escaseaba, y los fabricantes recurrieron a otra fuente abundante en las costas de Normandía y Bretaña: las algas marinas, que se quemaban para obtener cenizas ricas en sales de sodio y potasio. Bernard Courtois, nacido en Dijon en 1777, hijo de un fabricante de salitre y antiguo farmacéutico del ejército francés, dirigía en París uno de esos negocios.
Unas cubas de cobre que se corroían sin explicación
Para separar las sales útiles, Courtois lavaba las cenizas con agua, evaporaba la solución y añadía ácido para eliminar los compuestos de azufre que estropeaban el producto. Llevaba tiempo intrigado por un detalle incómodo: sus cubas de cobre se corroían más de lo normal, como si algo en aquellas cenizas atacara el metal. Un día de finales de 1811 añadió ácido sulfúrico en exceso y vio elevarse unas nubes de vapor violeta, de olor irritante, que al tocar las superficies frías no formaban un líquido sino cristales oscuros con brillo casi metálico. Durante unos seis meses estudió la sustancia y preparó varios de sus compuestos, pero su negocio apenas le daba para vivir, y no tenía medios para seguir investigando.
El ángulo que rara vez se cuenta: dos potencias en guerra se disputaron su hallazgo, y de él no existe ni un solo retrato
Courtois entregó muestras a otros químicos franceses, y el descubrimiento se anunció en 1813. Ese mismo año, el químico británico Humphry Davy, que viajaba por Francia con un permiso especial de Napoleón pese a que ambos países estaban en guerra, recibió también una muestra y publicó sus conclusiones casi a la vez que el francés Joseph Louis Gay-Lussac, lo que desató una agria disputa sobre quién había identificado primero la naturaleza del nuevo elemento. Gay-Lussac le dio el nombre de yodo, del griego para «violeta». Todos reconocieron a Courtois como su descubridor, pero él nunca sacó provecho: su fábrica de salitre quebró tras las guerras napoleónicas, su posterior negocio de yodo tampoco prosperó, y murió en París en 1838, a los 61 años, dejando a su familia en la miseria. Una curiosidad lo resume todo: no se conserva ningún retrato suyo. Las fotografías que circulan con su nombre pertenecen a otra persona, porque Courtois murió un año antes de que Daguerre presentara la fotografía.
Del laboratorio al salero
Apenas siete años después del anuncio, en 1820, el médico suizo Jean-François Coindet comprobó que pequeñas dosis de yodo reducían el bocio, el agrandamiento de la glándula tiroides que era endémico en muchas zonas montañosas de Europa. En 1831, la Academia de Ciencias francesa premió a Courtois y a Coindet por el valor médico del hallazgo. Hubo que esperar casi un siglo para convertirlo en política de salud pública: Suiza empezó a yodar la sal en 1922 y Estados Unidos, en 1924. La carencia de yodo durante el embarazo y la infancia, se sabe hoy, no solo causa bocio: es una de las principales causas evitables de daño cerebral en el mundo.
Por qué importa hoy
Gracias sobre todo a la sal yodada, el número de países de la Región Europea de la OMS con déficit de yodo cayó de 23 en 2003 a solo 2 en 2023. Pero el informe de la OMS/Europa y la Red Global del Yodo publicado en 2024 advierte de un riesgo de retroceso. Entre el 70% y el 80% de la sal que se consume hoy en las dietas occidentales ya no sale del salero doméstico, sino de pan, embutidos y platos preparados, y en muchos países esa sal industrial no está yodada: en Alemania, solo el 9% de la sal de los alimentos procesados lo está. A ello se suma el auge de las bebidas vegetales que sustituyen a la leche, una de las principales fuentes de yodo en Europa, y que con frecuencia no están enriquecidas. Un estudio publicado en noviembre de 2025 en npj Science of Food concluyó que quienes adoptan dietas basadas en plantas en países donde el pan no se elabora con sal yodada pueden enfrentarse a un riesgo mayor de carencia. Doscientos quince años después de que un fabricante de pólvora viera una nube violeta en sus cubas, los expertos piden yodar toda la sal alimentaria y los sustitutos vegetales de los lácteos para que el problema que él ayudó a resolver no regrese.