Llenó un barco de carne, lo enfrió con una máquina de su invención y lo mandó cruzar el Atlántico. Cuando atracó en Buenos Aires, aquella carne se sirvió en un banquete para celebrarlo. Lo llamaron el padre del frío, pero murió pobre en París.
El ingeniero francés Charles Tellier (1828-1913) desarrolló máquinas frigoríficas y en 1876 envió el barco Le Frigorifique de Ruan a Buenos Aires con carne refrigerada, una travesía que abrió el comercio mundial de alimentos perecederos.
Un inventor obsesionado con el frío
Charles Tellier nació en 1828 en Amiens, en el norte de Francia. Ingeniero autodidacta, trabajó en compresores, motores y tratamiento de aguas antes de dedicarse al problema que marcaría su vida: fabricar frío a voluntad. En la década de 1860 construyó máquinas de compresión que usaban como fluido el éter metílico, un gas que se licúa con facilidad y que, al evaporarse de nuevo, absorbe calor de su entorno. Su gran ambición no era hacer hielo, sino conservar carne. En la Europa de la época, la carne era cara, mientras en Argentina y Uruguay sobraban millones de cabezas de ganado que se aprovechaban sobre todo por el cuero y el sebo.
Le Frigorifique
Tellier convenció a varios inversores para equipar un vapor con cámaras aisladas y máquinas frigoríficas. En septiembre de 1876, Le Frigorifique zarpó de Ruan con carne refrigerada rumbo al Río de la Plata. La travesía fue larga, con averías y escalas, y el barco llegó a Buenos Aires a finales de diciembre. La carne, conservada durante más de tres meses a baja temperatura, se consideró comestible y se sirvió en un banquete que celebró la hazaña. Poco después, entre 1877 y 1878, el barco Paraguay, equipado con el sistema de amoníaco de Ferdinand Carré, transportó carne congelada de Argentina a Francia. Había nacido el comercio mundial de alimentos perecederos: en pocas décadas, la carne de Argentina, Australia y Nueva Zelanda llenaría los mercados europeos.
El ángulo que rara vez se cuenta: el padre del frío que murió en la miseria
Tellier no supo convertir su prestigio en fortuna. Sus sistemas fueron superados por otros y sus empresas fracasaron. Según sus biógrafos, pasó sus últimos años en la pobreza y, poco antes de su muerte en París, en 1913, la prensa francesa promovió una colecta para ayudarle. Se le reconocía como el padre del frío, pero la industria que había hecho posible, la de las cámaras frigoríficas y los barcos refrigerados, prosperó sin él.
La física de un alimento que se estropea más despacio
Todas las máquinas de Tellier se basan en el mismo principio: un líquido que se evapora necesita energía para hacerlo y la toma, en forma de calor, de todo lo que le rodea. Un compresor recupera después ese vapor, lo licúa de nuevo y expulsa el calor al exterior, cerrando un ciclo que puede repetirse sin fin. El frío no mata a los microorganismos, pero ralentiza todas las reacciones: las del metabolismo de bacterias y mohos, las de las enzimas del propio alimento y las de oxidación de las grasas. Como regla aproximada, la velocidad de muchas de esas reacciones se reduce a la mitad o a la tercera parte por cada diez grados que baja la temperatura. Por eso una cadena de frío intacta, del campo al frigorífico doméstico, es una de las herramientas más poderosas contra el desperdicio, y por eso cualquier interrupción, una nevera demasiado llena o una compra que se queda horas en el maletero, se paga en comida tirada.
Por qué importa hoy
El 10 de septiembre de 2026, el ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas, presentó el Informe Anual 2025 de Desperdicio Alimentario. En 2025 se tiraron en España 1.129,91 millones de kilos o litros de alimentos y bebidas, dentro y fuera de casa, un 0,4% más que en 2024 pero un 19,2% menos que en 2020, lo que equivale a 269,18 millones de kilos o litros evitados. Cada residente desperdició de media 24,3 kilos o litros, y los hogares concentraron el 97,5% del total medido. Planas presentó además la campaña Aquí no se tira nada, centrada en consejos prácticos para los hogares, y destacó la Ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario como palanca de cambio. El ministro lo resumió en una frase: el alimento más caro es el que acaba en la basura. El 24 de septiembre, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición recordó que el 29 de septiembre se celebraba la séptima edición del Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, y que, según la FAO, en torno al 13% de los alimentos se pierde entre la cosecha y la venta minorista y un 19% adicional se desperdicia después, mientras entre 608 y 696 millones de personas pasaron hambre en 2025. Ciento cincuenta años después de que un inventor arruinado enviara un barco cargado de carne fría al otro lado del océano, el frío que él domesticó sigue siendo una de las mejores defensas contra un despilfarro que empieza, casi siempre, en nuestra propia cocina.