Curó con tubos de salchicha y una lavadora rota a la mujer que había colaborado con sus verdugos, y regaló la patente que lo habría hecho millonario
El médico neerlandés Willem Johan Kolff (1911-2009) construyó en el hospital de Kampen, durante la ocupación nazi de los Países Bajos, el primer riñón artificial funcional con material de desguace. Tras la muerte de más de una quincena de pacientes entre
Un médico que vio morir a un joven sin poder hacer nada
Willem Johan Kolff nació el 14 de febrero de 1911 en Leiden, Países Bajos. Estudió medicina en la Universidad de su ciudad natal y se formó en medicina interna en la Universidad de Groningen, donde presenció algo que marcaría el resto de su carrera: la agonía lenta de un joven de veintidós años por insuficiencia renal. No existía entonces ningún tratamiento capaz de sustituir la función de un riñón que ha dejado de filtrar la sangre; el paciente, envenenado poco a poco por sus propios desechos metabólicos, murió ante un médico que solo pudo observar. Kolff decidió que aquello no debía repetirse sin que alguien, al menos, lo intentara.
Kampen, 1940: diseñar una máquina en un país ocupado
En mayo de 1940, la Alemania nazi invadió los Países Bajos. Kolff, que se negó a colaborar con las nuevas autoridades, se trasladó al pequeño hospital municipal de Kampen, una localidad apartada donde confiaba en poder trabajar con menos vigilancia. Allí, compaginando su labor clínica con la ayuda a personas perseguidas por el régimen de ocupación —una labor por la que él y su esposa, Janke Huidekoper, serían reconocidos décadas más tarde por el memorial israelí Yad Vashem como Justos entre las Naciones—, empezó a diseñar un aparato capaz de hacer fuera del cuerpo lo que un riñón enfermo ya no podía hacer dentro de él. Sabía, por estudios previos sobre el celofán —el material transparente con el que se envuelven los embutidos—, que esa fina membrana dejaba pasar las moléculas pequeñas de desecho mientras retenía las células de la sangre. Sobre esa idea construyó su primer prototipo.
Una lavadora, tripas de salchicha y piezas de un Ford
Con el país ocupado y sometido a un severo racionamiento, Kolff no tenía proveedor médico al que recurrir. Improvisó con lo que encontraba: tambores de aluminio procedentes de un avión derribado —y, cuando ese metal escaseó, listones de madera—, decenas de metros de tubo de celofán normalmente destinado a envolver salchichas, el motor de una máquina de coser para accionar el mecanismo, el sistema de refrigeración de un Ford T y un depósito de esmalte tomado de una fábrica local para contener la solución salina. El tubo de celofán se enrollaba en espiral alrededor de un tambor giratorio parcialmente sumergido en ese baño; al girar, la sangre del paciente circulaba por el interior del tubo mientras la urea y otras toxinas atravesaban la membrana hacia el líquido exterior. El resultado, tosco y ruidoso, era en esencia el primer riñón artificial funcional de la historia.
Más de una quincena de muertes antes del primer éxito
Entre 1943 y 1945, Kolff probó su máquina en una sucesión de enfermos terminales condenados por una insuficiencia renal para la que no existía alternativa. Ninguno sobrevivió. Los fallos eran constantes: el acceso repetido a las venas las dañaba, los anticoagulantes disponibles resultaban insuficientes o peligrosos, y en alguna ocasión el propio motor se averió a mitad de una sesión, obligando a accionar el tambor a mano. Kolff anotaba cada fracaso, ajustaba la composición del líquido de diálisis, mejoraba el sellado de los tubos y volvía a intentarlo, mientras buena parte de la comunidad médica que tenía noticia del proyecto lo recibía con escepticismo: parecía inverosímil que una máquina hecha con piezas de desguace pudiera sustituir a un órgano.
Sofia Schafstadt, la paciente que le debía la vida al hombre al que había combatido
El 11 de septiembre de 1945, con los Países Bajos ya liberados, Kolff trató a Sofia Maria Schafstadt, una mujer de 67 años en coma urémico por insuficiencia renal terminal que había sido detenida por colaborar con el régimen de ocupación que Kolff había desafiado durante cinco años. La sesión se prolongó cerca de once horas, durante las cuales la máquina depuró unos ochenta litros de su sangre y extrajo alrededor de sesenta gramos de urea. Schafstadt recuperó la conciencia, sus riñones reanudaron la producción de orina en los días siguientes y sobrevivió varios años más. Fue la primera persona en la historia cuya vida quedó demostrablemente salvada por un riñón artificial, tratada con el mismo rigor clínico que Kolff había aplicado a todos los pacientes que la precedieron, sin que su pasado político condicionara el tratamiento.
El ángulo menos contado: regaló el invento que pudo hacerle millonario
Kolff nunca patentó el riñón artificial. En un momento en que podría haberse asegurado los derechos exclusivos de una tecnología llamada a salvar millones de vidas —y a generar una industria multimillonaria—, hizo lo contrario: envió los planos de su máquina, e incluso aparatos ya construidos, a hospitales de Londres, Ámsterdam, Polonia, Canadá y Estados Unidos. Uno de esos envíos, al Mount Sinai Hospital de Nueva York, permitió realizar en enero de 1948 la primera diálisis humana en suelo estadounidense. Su razonamiento era clínico, no comercial: cuantas más manos tuvieran acceso al diseño, más rápido se perfeccionaría y más vidas se salvarían. Esa decisión, opuesta a la lógica de patentes que domina hoy buena parte de la industria médica, aceleró en pocos años la difusión mundial de la diálisis y sentó un precedente de ciencia abierta que muchos historiadores de la medicina consideran tan relevante como el propio invento. Décadas más tarde, ya en Estados Unidos, Kolff seguiría esa misma vocación de pionero al frente de la División de Órganos Artificiales de la Universidad de Utah, donde en 1982 su equipo implantó el primer corazón artificial permanente, el Jarvik-7, en el paciente Barney Clark.
Por qué importa hoy
Ochenta años después de que Sofia Schafstadt despertara de su coma urémico, la diálisis sigue siendo, en esencia, una versión perfeccionada de la máquina de Kolff: un procedimiento que obliga a los pacientes a acudir varias veces por semana a un centro clínico durante horas. Eso es lo que la empresa estadounidense Nephrodite pretende cambiar. El 15 de diciembre de 2025 anunció que su dispositivo Holly™ —un sistema de diálisis continua implantable, combinado con una unidad portátil que el paciente conecta por la noche en su domicilio— se convirtió en el primero de su categoría en recibir la designación de Breakthrough Device de la agencia estadounidense del medicamento (FDA), un mecanismo que acelera su camino hacia los primeros ensayos clínicos en humanos. Según la propia compañía, más de 850.000 personas padecen enfermedad renal en fase terminal solo en Estados Unidos, con un coste sanitario anual superior a los 50.000 millones de dólares, y no se había producido una alternativa significativa a la hemodiálisis desde que esta se introdujo, hace más de setenta años, de la mano de Kolff. Holly combina hemofiltración avanzada, materiales biocompatibles y sensores inteligentes para funcionar de forma continua dentro del cuerpo, con el objetivo declarado de liberar a los pacientes del ciclo de diálisis en clínica. La compañía, a diferencia de Kolff, sí protegerá su tecnología con patentes; pero la ambición de fondo —devolverle al enfermo renal el control de su propia vida— es la misma que llevó a un médico neerlandés a enrollar tubos de salchicha alrededor de un tambor de lavadora en un hospital ocupado por los nazis, convencido de que la ingeniería improvisada podía ganarle tiempo a la muerte.