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Ganó diez mil dólares por salvar a los elefantes del marfil, y sin saberlo fabricó un material tan volátil que en Colorado los jugadores de billar acababan con la mano en la pistola

El inventor estadounidense John Wesley Hyatt (1837-1920) desarrolló entre 1869 y 1870 el celuloide, considerado el primer plástico sintético de éxito comercial de la historia, al responder al concurso de 10.000 dólares que la empresa de artículos de billa

✍️ Montse 📅 03 de September de 2026 ⏱ 6 min de lectura 👁 1 visitas
Ganó diez mil dólares por salvar a los elefantes del marfil, y sin saberlo fabricó un material tan volátil que en Colorado los jugadores de billar acababan con la mano en la pistola

El marfil se agota y un impresor ve una oportunidad

A mediados del siglo XIX, el billar vivía su edad dorada en Estados Unidos, y sus bolas solo podían fabricarse con una materia prima: el marfil de colmillo de elefante. Se calculaba entonces que de un solo colmillo apenas podían tallarse un puñado de bolas de calidad suficiente, lo que encarecía el material y presionaba a los cazadores de marfil en África y Asia. Michael Phelan, el jugador y empresario que dominaba el negocio del billar en América junto a su socio Hugh Collender, llevaba años advirtiendo que la oferta de marfil no podría sostener la demanda. Hacia 1863, la firma Phelan & Collender anunció una recompensa de 10.000 dólares —una fortuna en la época— para quien encontrara un sustituto viable.

Quien recogió el guante fue un joven sin formación científica: John Wesley Hyatt, nacido el 28 de noviembre de 1837 en Starkey, estado de Nueva York, que trabajaba como impresor desde los dieciséis años. Sin laboratorio ni títulos, empezó a experimentar por su cuenta, convencido de que la química cotidiana de su oficio podía esconder una respuesta.

Años de ensayo, un accidente y un hermano en la sombra

El primer intento de Hyatt, patentado en 1865, combinaba pulpa de madera y polvo de marfil aglutinados con laca: el resultado imitaba el peso de una bola de marfil, pero no su tacto ni su sonido al golpear, y los jugadores lo rechazaron. La pista definitiva llegó por accidente en 1868: en su taller usaba colodión —una disolución de nitrocelulosa que los impresores aplicaban sobre los cortes de los dedos— y comprobó que, al secarse, formaba una película dura y resistente. A partir de ahí se volcó en la nitrocelulosa pura, conocida como algodón pólvora por su enorme inflamabilidad, y pasó cerca de un año experimentando en un cobertizo detrás de su casa hasta dar con la combinación que buscaba: nitrocelulosa mezclada con alcanfor, moldeable, teñible y sólida.

En ese proceso no estuvo solo. Su hermano Isaiah Hyatt trabajó codo con codo con él en los ensayos y en la puesta en marcha del negocio, un socio cuyo nombre rara vez acompaña al de John Wesley Hyatt en los relatos populares pese a haber sido decisivo tanto en el laboratorio improvisado como en la fundación de las primeras compañías que explotaron el invento.

Nace la palabra celuloide, nace una industria

Entre 1869 y 1870, los hermanos Hyatt patentaron su material y, en 1870, fundaron en Albany la Albany Dental Plate Company, pensada inicialmente para fabricar bolas de billar, dentaduras postizas y teclas de piano. En 1872 registraron el nombre comercial «Celluloid» y trasladaron la producción a Newark, Nueva Jersey, donde el material se extendió a peines, cuellos y puños de camisa, ballenas de corsé y mangos de cepillo: los primeros objetos de plástico de uso cotidiano de la historia.

El salto menos conocido llegó por otra vía: el celuloide, fabricado en láminas finas y flexibles, resultó ser el soporte ideal para la fotografía. El fotógrafo John Carbutt lo empleó para placas fotográficas en 1888, y el reverendo Hannibal Goodwin patentó una película de celuloide en rollo flexible que George Eastman —fundador de Kodak— acabaría comercializando a gran escala. El litigio entre Goodwin y Kodak por esa patente se prolongó durante años; el material que había nacido para sustituir al marfil de una bola de billar terminó siendo, literalmente, el soporte físico sobre el que se filmó el nacimiento del cine.

El ángulo menos contado: ¿de verdad explotaban las bolas de billar?

La leyenda es célebre: las bolas de celuloide, hechas de un material emparentado con el algodón pólvora, estallaban como bombas al chocar en las mesas de billar de todo Estados Unidos. La realidad documentada es más modesta, aunque no del todo falsa. El propio Hyatt lo reconoció en un relato de 1914 sobre aquellos primeros años: «para lograr resistencia y belleza solo se añadían pigmentos colorantes, y en la mínima cantidad; en consecuencia, un cigarro encendido aplicado provocaba de inmediato una llama considerable, y en ocasiones el choque violento de las bolas producía una pequeña explosión, como la de un fulminante de pistola de juguete». Y añadía una anécdota concreta: «recibimos una carta de un propietario de un salón de billar de Colorado que mencionaba este hecho y decía que no le importaba demasiado, salvo porque, al instante, todos los hombres de la sala desenfundaban su pistola».

Ese chasquido puntual, comparado por el propio inventor con un pistón de fulminante y no con una detonación destructiva, es el germen real del mito. No hay evidencia de que las explosiones fueran frecuentes ni de que causaran heridas generalizadas en las salas de billar; el episodio de Colorado es, según todo lo documentado, una anécdota aislada que el propio Hyatt contó como curiosidad, no como advertencia de seguridad sistemática. El riesgo serio del material —ampliamente registrado— estaba en otro lugar: los incendios en las fábricas donde se manipulaba nitrocelulosa en bruto, un peligro industrial real que acompañó a la industria del celuloide durante décadas.

Por qué importa hoy

Ciento cincuenta y seis años después de aquel concurso, la búsqueda de materiales que reemplacen recursos naturales escasos —o que sustituyan al plástico derivado del petróleo— sigue abierta, solo que en sentido inverso. El 18 de febrero de 2026, la revista Nature Communications publicó un estudio firmado por Akshayakumar Kompa y Javier G. Fernández, del ICREA en Barcelona, que presenta un material biodegradable a partir de quitosano extraído de caparazones de gambas y otros crustáceos: a diferencia de la mayoría de los bioplásticos, que se debilitan con la humedad, este gana hasta un 50% de resistencia a la tracción al mojarse, y su fabricación evita disolventes agresivos mediante un proceso de fabricación en el que el níquel empleado se recupera y reutiliza sin residuos. Los autores proponen aplicarlo en films agrícolas, artes de pesca y envases sostenibles.

El paralelismo es directo: donde Hyatt transformó un desecho de su oficio —el colodión de los impresores— en un sustituto del marfil que salvó elefantes y disparó una industria, la ciencia de 2026 transforma un desecho pesquero —el caparazón de la gamba— en un sustituto del plástico que aspira a no sobrevivir siglos en el medioambiente. El primer plástico sintético nació para resolver una escasez; sus herederos de laboratorio hoy intentan resolver el problema contrario, el de un material que nunca desaparece.

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