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Inventó cómo convertir la sal común en la sustancia que necesitaban el vidrio, el jabón y el papel de toda Europa. La Revolución le confiscó la fábrica, publicó su secreto y nunca le pagó el premio.

En 1791, el médico y químico francés Nicolas Leblanc patentó un proceso para fabricar carbonato de sodio, la sosa, a partir de sal marina. Tres años después, el gobierno revolucionario le arrebató la fábrica y divulgó el método.

✍️ Montse 📅 22 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 5 visitas
Inventó cómo convertir la sal común en la sustancia que necesitaban el vidrio, el jabón y el papel de toda Europa. La Revolución le confiscó la fábrica, publicó su secreto y nunca le pagó el premio.

Un país sin sosa en vísperas de una revolución

A finales del siglo XVIII, la sosa, el carbonato de sodio, era una materia prima tan básica como hoy lo es la electricidad: sin ella no se fabricaba vidrio, ni jabón, ni papel, ni se blanqueaban tejidos. Se obtenía quemando plantas costeras, sobre todo la barrilla española, y Francia dependía en gran medida de importaciones que las guerras podían cortar en cualquier momento. La Academia de Ciencias francesa ofreció un premio a quien lograra fabricar sosa a partir de algo que Francia tenía en abundancia: la sal común.

Sal, ácido, carbón y caliza

Nicolas Leblanc, cirujano y químico al servicio del duque de Orleans, resolvió el problema hacia 1790 con un proceso en dos pasos: primero tratar la sal con ácido sulfúrico para obtener sulfato de sodio, y después calentarlo con carbón y caliza hasta obtener una masa negra de la que se extraía el carbonato de sodio. En septiembre de 1791 obtuvo una patente de quince años, y con la financiación del duque abrió en Saint-Denis, cerca de París, la primera fábrica de sosa del mundo.

El ángulo que rara vez se cuenta: la Revolución le quitó todo, y su invento contaminó tanto que obligó a inventar la regulación ambiental

La Revolución arruinó a Leblanc paso a paso. El premio de la Academia nunca se le pagó. Su mecenas, el duque de Orleans, fue guillotinado en 1793. En 1794, el gobierno revolucionario confiscó la fábrica, suspendió la patente e hizo público el procedimiento para que cualquiera pudiera usarlo, compensándole solo de forma simbólica. Cuando a comienzos del siglo XIX le devolvieron la planta, estaba en ruinas y él no tenía capital para reabrirla. En enero de 1806, endeudado y con su familia en la miseria, Leblanc se quitó la vida. Justo entonces, empresarios franceses y británicos empezaban a explotar su método con éxito. Pero el proceso tenía un defecto enorme: por cada ocho toneladas de sosa liberaba varias toneladas de gas de ácido clorhídrico y dejaba montañas de residuos sulfurosos. Alrededor de las grandes fábricas británicas de Lancashire y el Tyne, los árboles morían, los cultivos se quemaban y los edificios se corroían. En 1863, el Parlamento británico aprobó la Ley de los Álcalis, que obligó a las fábricas a reducir en un 95% sus emisiones de ácido clorhídrico: es considerada la primera ley moderna contra la contaminación atmosférica. Su primer inspector fue el químico Robert Angus Smith, quien ya en 1852 había descrito el fenómeno y popularizaría después la expresión «lluvia ácida».

El sucesor que llegó en la misma década

Precisamente en esa década, el químico belga Ernest Solvay desarrolló un proceso alternativo que usaba amoníaco y dióxido de carbono en lugar de ácido sulfúrico, mucho más limpio y barato. A finales del siglo XIX, el método Solvay había desplazado casi por completo al de Leblanc, y la empresa que fundó sigue siendo hoy uno de los mayores productores de carbonato de sodio del mundo.

Por qué importa hoy

El carbonato de sodio sigue siendo imprescindible, ahora también para fabricar paneles solares y el carbonato de litio de las baterías de los coches eléctricos, y su producción sigue enfrentándose al mismo dilema que arruinó la reputación del invento de Leblanc: su impacto ambiental. España lo vive en primera persona. La planta de Solvay en Torrelavega, en Cantabria, una de las siete fábricas de carbonato sódico del grupo en el mundo y responsable de alrededor del 2,5% del PIB de la región, está construyendo la mayor planta de cogeneración de biomasa de España, que sustituirá el 70% del carbón que consume y le permitirá reducir casi a la mitad sus emisiones de CO2 en 2027. Al mismo tiempo, la competencia y los costes energéticos aprietan: en febrero de 2026, la compañía anunció un expediente de regulación de empleo de hasta 77 trabajadores en su planta de Barreda, en Torrelavega, tras decidir reducir su producción de carbonato sódico a partir del tercer trimestre de 2026, y el Gobierno de Cantabria pidió al Ministerio de Industria compensaciones para las industrias electrointensivas como las que ya existen en Francia o Alemania. Más de dos siglos después de que una revolución le arrebatara a Leblanc su fábrica, la química de la sosa sigue decidiendo el destino económico de una comarca entera.

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