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Su descubrimiento fue rechazado dos veces por 'pegarse a todo lo que tocaba', volvió a toparse con él nueve años después al ver un instrumento carísimo arruinado sin remedio, y acabó convertido en el spray que cerraba heridas de soldados.

El químico estadounidense Harry Coover descartó dos veces el cianoacrilato por considerarlo un material inservible, hasta que en 1951 un instrumento óptico arruinado por accidente le reveló su verdadero potencial. Se convirtió en el Super Glue.

✍️ Montse 📅 19 de September de 2026 ⏱ 4 min de lectura 👁 0 visitas
Su descubrimiento fue rechazado dos veces por 'pegarse a todo lo que tocaba', volvió a toparse con él nueve años después al ver un instrumento carísimo arruinado sin remedio, y acabó convertido en el spray que cerraba heridas de soldados.

Un químico buscando plástico transparente para las torretas de los cazas, en plena guerra

Harry Coover, nacido en 1917 en Newark, Delaware, se incorporó en 1944 a los laboratorios de investigación de Eastman Kodak, en Rochester, Nueva York. Poco antes, en 1942, un equipo dedicado a desarrollar materiales para cubiertas de cabina de aviones militares más resistentes había probado una familia de compuestos llamados cianoacrilatos. El resultado fue decepcionante para el propósito buscado: el material se pegaba con tanta fuerza y tanta rapidez a cualquier superficie que tocaba —incluidas las lentes y los propios instrumentos de laboratorio— que resultaba completamente inservible para fabricar piezas ópticas transparentes. El proyecto se archivó, y los cianoacrilatos quedaron descartados como un callejón sin salida.

1951: un refractómetro arruinado que cambió la conclusión

Nueve años después, ya trasladado a la planta química de Kodak en Kingsport, Tennessee, Coover dirigía un equipo que investigaba polímeros resistentes al calor para cubiertas de cabina de reactores, y volvió a toparse con los mismos compuestos de cianoacrilato que ya se habían descartado una vez. La historia se repitió casi calcada: un técnico del laboratorio, al manipular una muestra, terminó pegando de forma irreversible dos piezas de un refractómetro, un instrumento óptico de precisión y de coste elevado. Pero esta vez, en lugar de anotar el incidente como un simple contratiempo más, Coover se detuvo a pensar en lo que aquello significaba: un material capaz de unir dos superficies de forma instantánea, sin necesidad de calor ni de presión, y con una fuerza de adhesión extraordinaria, podía no ser un fracaso, sino justo lo contrario.

El ángulo menos contado: de pegamento de ferretería a spray que cerraba heridas en plena selva

Kodak comercializó el adhesivo bajo el nombre Eastman 910 a finales de los años cincuenta, y el producto se convirtió rápidamente en un éxito doméstico e industrial por su capacidad de unir prácticamente cualquier material en segundos. Pero su aplicación más dramática llegó durante la guerra de Vietnam: formulado en un spray de aplicación rápida, el cianoacrilato se empleó sobre el terreno como agente hemostático para sellar temporalmente heridas abiertas y órganos internos de soldados heridos en combate, deteniendo hemorragias graves el tiempo suficiente para trasladarlos a un hospital de campaña, mucho antes de que existieran los adhesivos quirúrgicos aprobados formalmente para uso médico que hoy son habituales en cualquier quirófano.

460 patentes y una segunda carrera enseñando a innovar

Coover llegó a acumular 460 patentes a lo largo de su carrera en Kodak, donde llegó a vicepresidente de investigación y desarrollo, y tras su retirada de la compañía en 1984 fundó una consultora dedicada a enseñar a otras empresas su propia metodología de "innovación programada". En 2010, un año antes de su muerte en 2011, recibió de manos del presidente de Estados Unidos la Medalla Nacional de Tecnología e Innovación, el mayor reconocimiento del país a un inventor, por un material que había sido descartado como un error de laboratorio no una, sino dos veces.

Por qué importa hoy

Setenta años después de que Coover convirtiera un instrumento roto en la base de una industria, la investigación sobre adhesivos sigue buscando lo que el cianoacrilato nunca resolvió del todo: una fórmula igual de rápida y resistente, pero segura sobre tejido vivo. El grupo de Cristales Líquidos y Polímeros del Instituto de Nanociencia y Materiales de Aragón, dependiente del CSIC, dirigido por Teresa Sierra y con Alexandre Lancelot como investigador principal, desarrolló junto a la Universidad de Zaragoza y el profesor Jonathan Wilker, de la Universidad Purdue, un adhesivo quirúrgico inspirado directamente en la forma en que los mejillones se adhieren a las rocas bajo el agua, publicado en la revista Advanced Functional Materials. El material incorpora moléculas de catecol y el aminoácido L-DOPA, los mismos compuestos que emplean los mejillones para fijarse a superficies húmedas, y forma un hidrogel al entrar en contacto con el tejido, con una fuerza de adhesión comparable a la de pegamentos quirúrgicos comerciales como Tisseel, pero usando agua como medio dispersante en lugar de disolventes químicos, lo que lo hace menos tóxico y reduce el riesgo de infección frente a las suturas tradicionales. Setenta años después de un refractómetro arruinado en Tennessee, la pregunta que llevó a Coover a comercializar su adhesivo sigue moviendo a los investigadores actuales: cómo lograr que dos superficies se unan al instante sin dañar lo que las rodea.

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