Pasó media vida convenciendo a arqueólogos de que la Amazonía no era una selva virgen sino los restos de una civilización que fabricó su propio suelo fértil a mano, propuso recrear esa técnica a escala industrial casi al final de su vida, y murió en 2003
El edafólogo neerlandés Wim Sombroek documentó desde los años 50, primero en Surinam y después en la Amazonía brasileña, manchas de tierra negra extraordinariamente fértil en medio de uno de los suelos más pobres del planeta.
Un suelo que no debería existir en medio de la selva
La Amazonía tiene, en la mayor parte de su extensión, uno de los suelos más pobres del planeta para la agricultura: una capa fina y ácida, lavada durante milenios por lluvias torrenciales, en la que los nutrientes se filtran hacia el subsuelo casi tan rápido como la propia selva los recicla desde la hojarasca. Esa pobreza del suelo fue, durante buena parte del siglo XX, el argumento central de lo que la antropología llamó la teoría del "paisaje prístino": la idea de que la cuenca amazónica jamás pudo sostener civilizaciones grandes o complejas, porque su tierra sencillamente no daba para tanto. Wim Sombroek, nacido en 1934 en los Países Bajos y formado como edafólogo en la Universidad de Wageningen, se topó por primera vez con la excepción a esa regla mientras trabajaba sobre el terreno en Surinam y, después, en la Amazonía brasileña, cartografiando suelos para gobiernos locales durante los años 50.
Manchas de tierra negra que los agricultores ya conocían, pero la ciencia no
En distintos puntos de la cuenca, Sombroek encontró parches de tierra oscura, profunda y extraordinariamente fértil, tan distinta del suelo amarillento circundante que los propios agricultores locales ya la buscaban activamente para sus cultivos, aunque nadie fuera de la región supiera explicar su origen. Sombroek documentó que esas manchas, de tamaño variable pero a veces de varias hectáreas, contenían fragmentos de cerámica, huesos de animales, restos de comida y, sobre todo, enormes cantidades de carbón vegetal, y concluyó que no eran un accidente geológico sino el resultado deliberado, acumulado durante siglos, de la actividad humana: generaciones enteras habían enterrado sus residuos orgánicos y su carbón de cocina en el mismo lugar hasta transformar un suelo pobre en uno capaz de sostener cultivos intensivos indefinidamente. La bautizó terra preta do índio, tierra negra del indio, y publicó sus hallazgos en 1966 en un extenso estudio de referencia sobre los suelos de la Amazonía brasileña.
El ángulo menos contado: propuso recrearla desde cero casi al final de su vida
Durante buena parte de su carrera posterior, primero al frente de programas de recursos de suelo en la FAO, en Roma, y después como director del ISRIC, el centro internacional de referencia en suelos con sede en Wageningen, la terra preta siguió siendo para la comunidad científica más una curiosidad arqueológica que una tecnología aprovechable. Fue solo en 2001, ya con casi setenta años, cuando Sombroek planteó públicamente la idea que definiría su legado: si los pueblos amazónicos habían logrado fabricar ese suelo a mano hace siglos, nada impedía reproducir el mismo principio de forma deliberada y a gran escala en el presente, usando carbón vegetal producido industrialmente, lo que él mismo bautizó terra preta nova. La propuesta implicaba algo mucho más ambicioso que mejorar cosechas: enterrar carbono de forma estable en el suelo durante siglos, en lugar de dejar que se liberase a la atmósfera al descomponerse la materia orgánica de la que procedía.
Murió sin ver nacer el movimiento que había arrancado
Wim Sombroek falleció en 2003, apenas dos años después de formular esa idea en voz alta, sin ver cómo la comunidad científica terminaba de tomársela en serio. En 2006, tres años después de su muerte, un grupo de investigadores y agrónomos inspirados directamente en su propuesta de terra preta nova fundó la Iniciativa Internacional del Biochar, la organización que desde entonces coordina buena parte de la investigación mundial sobre el carbón vegetal como enmienda de suelo y herramienta de captura de carbono, un campo que dos décadas después mueve estudios en universidades de todo el planeta.
Por qué importa hoy
El propio nombre que Sombroek acuñó sigue vivo en la investigación actual: el proyecto brasileño Terra Preta Nova, liderado hoy por el agrónomo Wenceslau Geraldes Teixeira, de la Universidad Estadual del Río de Janeiro, continúa estudiando cómo recrear artificialmente el suelo que Sombroek documentó, y ha confirmado que añadir apenas un 20% de terra preta a un suelo degradado puede duplicar el crecimiento de los cultivos. En paralelo, un estudio publicado el 8 de diciembre de 2025 encontró que los biochares ricos en calcio y magnesio no se limitan a retener carbono de forma pasiva, sino que reaccionan directamente con el dióxido de carbono atmosférico para formar carbonatos minerales estables en el propio suelo, un mecanismo que, de escalarse a los suelos cultivados del planeta, podría llegar a secuestrar cientos de millones de toneladas de CO₂. La propuesta llegó además a la agenda política: en la COP30 celebrada en noviembre de 2025 en Belém, la propia ciudad amazónica brasileña, Brasil lideró varias iniciativas internacionales de carbono en el suelo bajo el marco "4 por 1000", que persigue aumentar un 0,4% anual el carbono almacenado en los suelos del mundo. Más de veinte años después de que Sombroek muriera convencido de que nadie terminaría de tomarse en serio su idea, la tierra negra que documentó en la selva sigue enseñando, ahora en laboratorios de todo el mundo, cómo enterrar carbono para que se quede enterrado durante siglos.