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Vendió su primera creación por 150 dólares para poder huir de Massachusetts, y sin pisar jamás una universidad terminó creando, él solo, más variedades vegetales que cualquier instituto científico de su época.

Luther Burbank (1849-1926), agricultor autodidacta de Massachusetts sin formación científica formal, desarrolló en 1872 una variedad de patata que vendió por 150 dólares para financiar su traslado a Santa Rosa, California.

✍️ Montse 📅 08 de September de 2026 ⏱ 4 min de lectura 👁 12 visitas
Vendió su primera creación por 150 dólares para poder huir de Massachusetts, y sin pisar jamás una universidad terminó creando, él solo, más variedades vegetales que cualquier instituto científico de su época.

Un granjero que no pudo pagarse la universidad

Luther Burbank nació el 7 de marzo de 1849 en Lancaster, Massachusetts, el decimotercero de quince hermanos, en una granja donde ayudar en el campo pesaba más que cualquier libro de texto. Cuando su padre murió, con Burbank todavía joven, heredó una pequeña suma que empleó en comprar una parcela de diecisiete acres cerca de Lunenburg, sin ninguna formación universitaria en botánica ni en química: todo lo que sabía sobre cómo crecían las plantas lo había aprendido observándolas, no leyendo sobre ellas en un aula.

Una patata que le pagó el billete a California

En esa parcela de Massachusetts, hacia 1872, Burbank descubrió entre sus plantas de patata una vaina de semillas, un suceso poco común porque la patata se reproduce casi siempre por tubérculo y no por semilla verdadera. Sembró las semillas que contenía y, entre las plántulas resultantes, seleccionó una que producía tubérculos más grandes y numerosos que cualquier variedad conocida entonces. En lugar de explotarla él mismo, vendió los derechos de esa nueva patata a un vivero local por 150 dólares —unos 4.400 dólares actuales— y con ese dinero, más algunos tubérculos que se guardó, se mudó en 1875 a Santa Rosa, California, donde el clima permitía cultivar y observar generaciones de plantas casi todo el año.

El ángulo menos contado: sus patentes llegaron después de morir

Durante toda su carrera, Burbank no pudo proteger legalmente casi ninguna de sus creaciones: hasta 1930, la ley estadounidense no permitía patentar organismos vivos, y sus centenares de variedades quedaron, en la práctica, a disposición de cualquier vivero capaz de propagarlas sin pagarle nada. Fue precisamente el reconocimiento público de casos como el suyo lo que impulsó la aprobación de la Ley de Patentes de Plantas de 1930, cuatro años después de su muerte; su propio patrimonio recibió, ya póstumamente, más de una decena de las primeras patentes vegetales concedidas bajo esa ley, entre ellas la de varias de sus rosas y ciruelas.

Ochocientas variedades sin un solo experimento controlado

El método de Burbank no tenía nada de ortodoxo para la ciencia de su tiempo: sembraba decenas de miles de plántulas de una misma cruza, caminaba entre ellas y seleccionaba a ojo las que mostraban el rasgo que buscaba, descartando el resto sin conservar apenas registros sistemáticos de sus cruces, algo que le valió críticas frecuentes de botánicos profesionales que consideraban su trabajo brillante pero difícil de verificar o repetir. Aun así, en 55 años de trabajo en su vivero de Santa Rosa y su finca de dieciocho acres en Sebastopol, desarrolló más de 800 variedades vegetales: 113 tipos de ciruela, decenas de variedades de frutos secos, la margarita Shasta, un cactus sin espinas pensado como forraje para el ganado del desierto, y la ciruela-albaricoque que bautizó plumcot. Esa misma obsesión por mejorar organismos mediante selección lo llevó también, de forma menos afortunada, a presidir un comité de eugenesia y a publicar en 1907 un libro que aplicaba sus ideas sobre el cultivo de plantas a la mejora de la especie humana, un capítulo incómodo de su legado que rara vez acompaña a sus logros agrícolas.

Por qué importa hoy

La Russet Burbank, la mutación de piel áspera de aquella primera patata de Massachusetts, es hoy la variedad de patata más cultivada de Estados Unidos y la base de buena parte de las patatas fritas del mundo, en gran medida porque resulta moderadamente resistente al tizón tardío, el mismo hongo, Phytophthora infestans, que provocó la Gran Hambruna irlandesa del siglo XIX. Esa resistencia, sin embargo, sigue siendo parcial: los agricultores noruegos, por ejemplo, fumigan sus campos de patata entre ocho y dieciséis veces por temporada para controlar el mismo hongo, a un coste que solo en 2022 superó los 105 millones de coronas noruegas en fungicidas. En 2024, el instituto noruego NIBIO, dentro del proyecto GE-Sustain junto a la Universidad NMBU y varias empresas agroalimentarias, utilizó CRISPR para desactivar en la variedad Nansen un gen que actúa como freno del sistema inmunitario de la planta, con resultados evaluados como prometedores frente al tizón. Casi en paralelo, el proyecto Oppotunity completó en noviembre de 2025 en Suecia y Dinamarca los primeros ensayos de campo con patatas de almidón editadas mediante CRISPR-Cas resistentes al mismo hongo. Siglo y medio después de que Burbank seleccionara a ojo, entre miles de plántulas, la patata que le pagó el billete a California, la ciencia edita hoy directamente el gen que decide si esa misma planta sobrevive al peor enemigo que la ha perseguido desde el siglo XIX.

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