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Salió de Los Álamos con remordimientos. Calculando cuánto blindaje necesitaba un acelerador, un físico de 32 años se dio cuenta de que los protones sueltan casi toda su energía justo al final de su recorrido.

En noviembre de 1946, Robert R. Wilson, veterano del Proyecto Manhattan, publicó en la revista Radiology un breve artículo que proponía usar protones acelerados contra el cáncer. El 23 de septiembre de 2026, el Hospital La Fe, recibió el Ciclotón.

✍️ Montse 📅 27 de September de 2026 ⏱ 6 min de lectura 👁 31 visitas
Salió de Los Álamos con remordimientos. Calculando cuánto blindaje necesitaba un acelerador, un físico de 32 años se dio cuenta de que los protones sueltan casi toda su energía justo al final de su recorrido.

Un chico de Wyoming en el laboratorio de Lawrence

Robert Rathbun Wilson nació el 4 de marzo de 1914 en Frontier, Wyoming, un pequeño pueblo minero, y creció entre ranchos y talleres de herrería, un oficio que le dejó una habilidad manual que lo acompañaría toda la vida. Se doctoró en la Universidad de California en Berkeley, en el laboratorio de Ernest Lawrence, el inventor del ciclotrón, donde midió cómo penetran los protones en distintos materiales. En 1943 se incorporó a Los Álamos para construir la bomba atómica, y en 1944 ya dirigía la división de investigación en física experimental del laboratorio. Años después reconoció que lamentaba no haber abandonado el proyecto cuando Alemania fue derrotada, y la publicación sobre protonterapia se ha descrito a menudo como su manera de dar un uso pacífico a los aceleradores.

Una cuenta de blindaje que se convirtió en terapia

Terminada la guerra, Wilson aceptó un puesto en la Universidad de Harvard para diseñar un nuevo ciclotrón, y pasó buena parte de 1946 en Berkeley trabajando en máquinas capaces de acelerar protones a unos 150 millones de electronvoltios. Lawrence le encargó calcular el blindaje que necesitarían esos haces. Mientras hacía las cuentas, Wilson reparó en algo que los físicos conocían desde principios de siglo, pero que nadie había pensado aplicar a la medicina: a diferencia de los rayos X, que depositan su energía sobre todo cerca de la piel y la van perdiendo poco a poco al atravesar el cuerpo, un protón deja muy poca energía al entrar y suelta la mayor parte de golpe justo antes de detenerse. Y la profundidad a la que se detiene depende de la energía con la que se le lanza. En noviembre de 1946 publicó sus cálculos en la revista médica Radiology con un título sobrio, «Radiological Use of Fast Protons». Proponía algo que entonces sonaba a ciencia ficción: ajustar la energía del haz para que ese pico de dosis cayera exactamente sobre un tumor profundo, dañando poco los tejidos que atraviesa y casi nada los que quedan detrás.

El ángulo que rara vez se cuenta: el físico que defendió un acelerador porque no servía para la guerra

El artículo de Wilson es hoy la cita fundacional de toda la protonterapia, pero él apenas volvió a ocuparse de medicina. Su carrera siguió en la física de partículas: en 1967 se convirtió en el primer director del laboratorio que acabaría llamándose Fermilab, cerca de Chicago, donde construyó un acelerador de protones de 500 GeV y diseñó personalmente parte de los edificios, porque además de físico era escultor. En 1969, durante una comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos, un senador le preguntó si aquel acelerador tan caro contribuía de algún modo a la seguridad del país. Wilson respondió, en esencia, que no tenía nada que ver con defender el país, pero sí con hacer que mereciera la pena defenderlo. Mientras tanto, su idea avanzaba por su cuenta: los primeros pacientes recibieron haces de protones en Berkeley en 1954, siguieron Uppsala, en Suecia, y el propio ciclotrón de Harvard, que empezó a tratar pacientes en 1961, y en 1990 el hospital de Loma Linda, en California, abrió el primer centro de protonterapia instalado dentro de un hospital.

La física de una bala que frena en seco

El fenómeno lleva el nombre de William Henry Bragg, que en 1904 y 1905, en Adelaida, midió junto a Richard Kleeman cómo ionizaban el aire las partículas alfa y vio que su efecto crecía al final del recorrido. La explicación es que una partícula cargada pierde energía al arrancar electrones de los átomos que encuentra, y esa pérdida es mayor cuanto más despacio va, aproximadamente en proporción inversa al cuadrado de su velocidad. Cuando el protón está a punto de detenerse, frena cada vez más deprisa y deposita casi toda su energía en unos pocos milímetros: ese es el pico de Bragg. Más allá, la dosis cae prácticamente a cero. Un fotón de rayos X, en cambio, no tiene un final de recorrido definido: su intensidad decae de forma exponencial y siempre sale una parte por el otro lado del cuerpo. En la práctica clínica se superponen haces de distintas energías para ensanchar el pico y cubrir todo el volumen del tumor. Por eso la protonterapia está especialmente indicada en niños, cuyos tejidos en crecimiento son muy sensibles a la radiación, y en tumores pegados a órganos críticos como el tronco cerebral, la médula espinal o el nervio óptico.

Por qué importa hoy

En octubre de 2021, la Fundación Amancio Ortega acordó con el Gobierno y varias comunidades autónomas una donación de 280 millones de euros para instalar diez equipos de protonterapia en la sanidad pública, que hasta entonces solo ofrecían dos centros privados en Madrid. El despliegue acumula retrasos, pero septiembre de 2026 está siendo un mes decisivo. El 23 de septiembre, el Hospital La Fe de Valencia recibió las dos piezas principales de su unidad: el ciclotrón, que acelera los protones, y el gantry, la gigantesca estructura giratoria que dirige el haz hacia el paciente desde cualquier ángulo. El presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, anunció que el centro empezará a tratar pacientes antes de que termine 2027. Madrid y Galicia son las comunidades más adelantadas: según El Español, la instalación de sus equipos concluye este mes y a principios de noviembre comenzará el comisionado clínico, la fase de calibración y pruebas; el centro de Santiago de Compostela, junto al Hospital Clínico, prevé atender a unos 250 pacientes al año de Galicia, Asturias, Castilla y León y el norte de Portugal. El resto de unidades se reparten entre Madrid, Barcelona, San Sebastián, Sevilla, Málaga y Las Palmas de Gran Canaria, y cuando todas funcionen podrán tratar a unos 2.000 pacientes al año. Ochenta años después de que un físico arrepentido de la bomba encontrara, haciendo una cuenta de blindaje, la forma de que la radiación supiera dónde detenerse, las familias españolas están a punto de dejar de viajar al extranjero para que un protón frene justo en el lugar exacto.

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