Un cardiólogo quería saber si el radar podía ver dentro de un corazón. Un físico, hijo de un premio Nobel y sobrino nieto del hombre que da nombre al hercio, fue a un astillero, cogió un aparato que buscaba grietas en las soldaduras de los barcos.
El 29 de octubre de 1953, en Lund, el cardiólogo sueco Inge Edler y el físico alemán Hellmuth Hertz grabaron por primera vez en película los ecos de un corazón latiend.
Operar una válvula sin poder verla
A comienzos de los años 50, la estenosis mitral, el estrechamiento de la válvula que separa la aurícula y el ventrículo izquierdos, casi siempre como secuela de la fiebre reumática, empezaba a tener tratamiento quirúrgico. La técnica de entonces, la comisurotomía cerrada, consistía en forzar la apertura de la válvula sin detener el corazón. Pero había una trampa: si además de estrecha la válvula no cerraba bien, lo que se llama insuficiencia mitral, el paciente no mejoraba tras la operación. Distinguir un caso del otro antes de operar era muy difícil. Inge Edler, nacido en 1911 cerca de Malmö, había llegado a la medicina casi por casualidad: quería ser dentista, como su hermana mayor, pero se le pasó el plazo de matrícula y se inscribió en Medicina en la Universidad de Lund. En 1953 dirigía el laboratorio de cardiología del hospital universitario, y se preguntaba si el radar, que durante la guerra había permitido ver aviones ocultos tras las nubes, podría mostrar el interior de un pecho.
Un físico con un apellido convertido en unidad
Edler buscó consejo en el departamento de Física, y allí encontró a Carl Hellmuth Hertz. Nacido en Berlín en 1920, era hijo de Gustav Hertz, premio Nobel de Física en 1925 junto a James Franck, y sobrino nieto de Heinrich Hertz, el físico que demostró la existencia de las ondas electromagnéticas y cuyo apellido da nombre a la unidad de frecuencia. Su camino hasta Suecia había sido tortuoso: reclutado por el ejército alemán en 1939, fue capturado en el norte de África en 1943 y pasó tres años en un campo de prisioneros en Estados Unidos. Como su padre trabajaba entonces en la Unión Soviética, no pudo conseguir empleo en Estados Unidos, y gracias a la mediación de Franck y de Niels Bohr, amigos de su padre, obtuvo un puesto en la Universidad de Lund. Hertz descartó el radar enseguida: las ondas de radio no servían para eso. Pero sabía que la industria usaba ultrasonidos para detectar grietas invisibles en el interior de los metales, y que uno de esos aparatos funcionaba a pocos kilómetros de allí.
El ángulo que rara vez se cuenta: un préstamo de fin de semana, otro que nunca se devolvió y un eco mal interpretado
En mayo de 1953, Hertz se presentó en el astillero Kockums de Malmö, donde se usaba un reflectoscopio ultrasónico para revisar soldaduras, y se lo apoyó sobre su propio pecho: en la pantalla apareció un eco que se movía al ritmo de su corazón. Él y Edler consiguieron que se lo prestaran un fin de semana para probarlo en pacientes. Convencidos de su potencial, Hertz aprovechó que su padre había dirigido antes de la guerra un laboratorio de investigación de Siemens y contactó con la división médica de la empresa en Erlangen, que les envió un reflectoscopio en préstamo por un año. Nunca lo devolvieron: el aparato siguió en uso en Lund hasta 1965. Hertz lo modificó en el taller de Física para poder fotografiar la pantalla de forma continua, y el 29 de octubre de 1953 expusieron el primer rollo de película de lo que hoy se llama modo M, la gráfica que muestra cómo se mueven las estructuras del corazón a lo largo del tiempo. Lo publicaron en 1954 en las actas de la Real Sociedad Fisiográfica de Lund. Al principio creyeron que el eco más llamativo procedía de la pared posterior del corazón; con el tiempo, comparando los registros con lo que veían los cirujanos durante las operaciones, Edler comprobó que correspondía a la valva anterior de la mitral, y que la forma de su movimiento revelaba la gravedad de la estenosis. En 1977 ambos recibieron el Premio Lasker de Investigación Clínica. Hertz, además, no se quedó ahí: en su laboratorio de Lund desarrolló también una de las primeras tecnologías de impresión por chorro de tinta.
La física de un eco
El corazón de un ecógrafo es un cristal piezoeléctrico, un material que se deforma cuando recibe un impulso eléctrico y que, al vibrar, emite un pulso de sonido de varios millones de hercios, muy por encima de lo que puede oír el oído humano. El pulso atraviesa los tejidos blandos a unos 1.540 metros por segundo y, cada vez que encuentra una frontera entre dos materiales con distinta impedancia acústica, como la sangre y el músculo o la sangre y una válvula, una parte rebota. El mismo cristal actúa entonces como micrófono: mide el tiempo que tarda en volver cada eco y, como la velocidad es conocida, calcula a qué profundidad está cada estructura. Es el principio del sónar de un submarino o del detector de grietas de un astillero, aplicado a un corazón que se mueve decenas de veces por minuto.
Por qué importa hoy
Setenta y tres años después, la ecocardiografía es la prueba de referencia para diagnosticar valvulopatías, miocardiopatías o hipertensión pulmonar, pero requiere equipos y personal especializado, y muchos pacientes no llegan a hacérsela hasta que la enfermedad está avanzada. El 23 de junio de 2026, el hospital NewYork-Presbyterian anunció que la FDA había autorizado EchoNext, de la empresa Pathway Labs, la primera herramienta de inteligencia artificial aprobada para detectar enfermedad cardíaca estructural oculta a partir de un electrocardiograma, la prueba cardíaca más barata y extendida. El modelo, desarrollado por el equipo de Pierre Elias en la Universidad de Columbia, se entrenó con más de 700.000 parejas de electrocardiogramas y ecocardiografías, y su función es señalar a quién hay que hacer una ecografía. En un estudio publicado en Nature en 2025, frente a 13 cardiólogos que analizaron los mismos 3.200 electrocardiogramas, EchoNext identificó correctamente el 77% de los problemas estructurales, mientras que los especialistas acertaron el 64%. El 22 de junio, Nature Medicine publicó el primer caso revisado por pares en el que la herramienta ayudó a orientar el tratamiento de un paciente que acabó recibiendo un trasplante de corazón. La inteligencia artificial también está cambiando quién hace la ecografía: desde abril de 2025, la FDA autoriza HeartFocus, un software de la empresa francesa DESKi que guía paso a paso a profesionales sin experiencia en ultrasonidos para obtener imágenes con calidad diagnóstica. Siete décadas después de que un físico se apoyara en el pecho un detector de grietas de astillero, el reto ya no es ver el corazón, sino llegar a verlo a tiempo.