Se bebía cada día un tazón de leche agria búlgara convencido de que retrasaría su propia muerte, defendió que el secreto de una vejez sana vivía en el intestino cuando casi nadie en la ciencia miraba hacia ahí.
El zoólogo ruso Élie Metchnikoff, ya premio Nobel de Medicina por el descubrimiento de la fagocitosis, dedicó los últimos años de su carrera en el Instituto Pasteur de París.
El hombre que ya tenía un Nobel antes de interesarse por el yogur
Élie Metchnikoff, nacido en 1845 cerca de Járkov, en la actual Ucrania, había hecho ya una carrera científica de primer nivel mucho antes de que el yogur formara parte de su historia: en 1882, observando larvas de estrella de mar bajo el microscopio en Mesina, descubrió la fagocitosis, el proceso por el cual determinadas células del sistema inmunitario engullen y destruyen agentes extraños, un hallazgo que le valdría en 1908 el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, compartido con el alemán Paul Ehrlich. Instalado desde 1888 en el Instituto Pasteur de París, donde llegó a ser subdirector bajo la tutela del propio Louis Pasteur, Metchnikoff dedicó la última etapa de su carrera a una pregunta muy distinta de la inmunología que lo había hecho célebre: por qué envejecemos, y si es posible retrasarlo.
Una teoría sobre la putrefacción que vivía dentro del propio cuerpo
Metchnikoff desarrolló la hipótesis de que buena parte del envejecimiento humano se debía a la "autointoxicación intestinal": la actividad de bacterias putrefactivas alojadas en el intestino grueso, que según él liberaban toxinas capaces de dañar progresivamente los tejidos del cuerpo a lo largo de la vida. Al conocer los estudios del médico búlgaro Stamen Grigorov, que en 1905 había aislado la bacteria responsable de la fermentación del yogur tradicional búlgaro y la había bautizado Lactobacillus bulgaricus, Metchnikoff encontró la pieza que le faltaba: si esas bacterias productoras de ácido láctico podían colonizar el intestino y desplazar a las putrefactivas, razonó, el yogur búlgaro podía funcionar como una herramienta directa contra el envejecimiento.
El ángulo menos contado: convirtió su propia dieta en el experimento, y murió antes de demostrar su teoría
Metchnikoff no se limitó a formular la hipótesis desde el laboratorio: adoptó personalmente el hábito de beber leche fermentada búlgara a diario, convencido de estar poniendo a prueba en su propio cuerpo la teoría que defendía en público. En 1907 publicó The Prolongation of Life: Optimistic Studies, un libro dirigido al gran público que popularizó la idea de que la longevidad excepcional que él atribuía a los campesinos búlgaros se debía a su consumo habitual de leche agria, y que desató en Europa occidental y Estados Unidos la primera moda comercial del yogur como alimento saludable, una ola de la que se beneficiaría directamente el empresario Isaac Carasso al fundar en Barcelona, en 1919, la compañía que con el tiempo se convertiría en Danone. Metchnikoff, sin embargo, murió en París en 1916 a los 71 años, de una insuficiencia cardíaca, sin alcanzar la edad avanzada y saludable que su propia teoría prometía a quienes siguieran su régimen, una ironía que sus críticos contemporáneos no dejaron pasar.
Por qué importa hoy
Más de un siglo después, la ciencia ha confirmado que la intuición de fondo de Metchnikoff —que la composición bacteriana del intestino influye en el envejecimiento— era correcta, aunque el mecanismo resultara mucho más complejo que la simple sustitución de bacterias putrefactivas por bacterias lácticas. El 28 de julio de 2026, un equipo de la Universidad de Hawái en Mānoa, liderado por el investigador Alika K. Maunakea junto a Braden P. Kunihiro y Ruben Juárez, publicó en la revista Scientific Reports un estudio que analizó muestras fecales y sanguíneas de 123 adultos de distintas edades, cruzando la composición de su microbiota intestinal con un marcador biológico de la velocidad de envejecimiento llamado DunedinPACE. El equipo encontró que la presencia de la bacteria Bifidobacterium adolescentis se asociaba con un envejecimiento biológico más lento, mientras que Succinivibrio dextrinosolvens se relacionaba con un envejecimiento acelerado, y que las diferencias en la microbiota explicaban por sí solas cerca de un 15% de la variación en la velocidad de envejecimiento entre los participantes. Más de cien años después de que Metchnikoff muriera sin llegar a demostrarlo en su propio cuerpo, la ciencia empieza por fin a medir, bacteria por bacteria, cuánto tiene que ver lo que ocurre en el intestino con la rapidez con la que envejecemos.