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Separaba a mano, con la punta de un destornillador y no con las cuñas de seguridad reglamentarias, dos semiesferas de plutonio que rozaban la masa crítica, un ritual que sus propios colegas ya llamaban 'hacerle cosquillas a la cola del dragón'.

El físico canadiense Louis Slotin, del Proyecto Manhattan, realizaba en Los Álamos el mismo experimento con el que ya había medido de forma manual, decenas de veces, cuánto le faltaba a un núcleo de plutonio para alcanzar la masa crítica.

✍️ Montse 📅 12 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 2 visitas
Separaba a mano, con la punta de un destornillador y no con las cuñas de seguridad reglamentarias, dos semiesferas de plutonio que rozaban la masa crítica, un ritual que sus propios colegas ya llamaban 'hacerle cosquillas a la cola del dragón'.

Un núcleo que ya había matado una vez antes de matarlo a él

El núcleo de plutonio con el que trabajaba Louis Slotin en el laboratorio de Los Álamos en la primavera de 1946 había sido fabricado originalmente como posible tercera bomba atómica, de las mismas características que la lanzada sobre Nagasaki, y quedó disponible para experimentos de física una vez terminada la guerra. El 21 de agosto de 1945, el físico Harry Daghlian, trabajando en solitario de noche con ese mismo núcleo, dejó caer accidentalmente un ladrillo de carburo de tungsteno sobre él, provocando una reacción crítica que Daghlian logró frenar desmontando la pila con sus propias manos, a costa de una dosis de radiación que lo mataría veinticinco días después.

Hacerle cosquillas a la cola de un dragón, a mano

Menos de un año después, Louis Slotin, físico canadiense de 35 años que había participado en el ensamblaje de la propia bomba de Nagasaki, seguía realizando con ese mismo núcleo un experimento que él y sus colegas llamaban, con humor negro, "hacerle cosquillas a la cola del dragón": aproximar manualmente dos semiesferas de berilio, un material reflector de neutrones, alrededor del núcleo de plutonio, deteniéndose justo antes de que el conjunto alcanzara la masa crítica, para medir con precisión cuánto margen de seguridad quedaba. El procedimiento reglamentario exigía usar cuñas metálicas de separación para evitar que las semiesferas llegaran a tocarse por completo. Slotin, sin embargo, había adoptado la costumbre de sostener la semiesfera superior con la mano izquierda y mantener la separación exacta introduciendo la hoja de un destornillador plano entre ambas piezas, una técnica que varios colegas suyos consideraban ya entonces innecesariamente arriesgada.

El ángulo menos contado: en el instante del accidente, se interpuso él mismo entre el flash y sus siete colegas

El 21 de mayo de 1946, con siete personas más presentes en la sala, la hoja del destornillador resbaló de la posición en la que Slotin la sostenía, y las dos semiesferas de berilio se cerraron por completo alrededor del núcleo. La sala se iluminó con un destello de luz azulada, y los presentes sintieron de inmediato una oleada de calor. Slotin, en un acto reflejo, apartó con la mano la semiesfera superior para detener la reacción, y en el proceso interpuso su propio cuerpo entre el núcleo y sus colegas, que recibieron dosis de radiación mucho menores que la suya gracias a esa reacción. Notó al instante un sabor ácido en la boca y una sensación de ardor en la mano izquierda; minutos después empezó a vomitar. En los días siguientes desarrolló diarrea severa, hinchazón y ampollas en las manos, y necrosis progresiva de los tejidos. Murió el 30 de mayo de 1946, nueve días después del accidente, tras un colapso generalizado de sus funciones vitales.

Un segundo cadáver bastó para cambiar el protocolo para siempre

La muerte de Slotin, la segunda causada por ese mismo núcleo en menos de un año, llevó a Los Álamos a prohibir de inmediato cualquier experimento de aproximación crítica realizado a mano, y a exigir a partir de entonces que este tipo de mediciones se llevara a cabo mediante sistemas mecánicos operados a distancia, sin que ningún físico tuviera que sostener personalmente las piezas de un montaje que podía volverse crítico. El propio núcleo, ya bautizado extraoficialmente "núcleo demonio" por los dos físicos a los que había matado, se fundió y se reincorporó al stock de material fisible del país, sin volver a usarse nunca más en un experimento manual de ese tipo.

Por qué importa hoy

Ochenta años después de que un destornillador resbalara en aquel mismo laboratorio, Los Álamos volvió a alcanzar de forma deliberada y controlada la masa crítica, esta vez sin que ningún ser humano tuviera que acercarse al núcleo. El 3 de agosto de 2026, el Laboratorio Nacional de Los Álamos anunció que su microrreactor experimental ZiaCore, diseñado con un moderador de hidruro de zirconio y refrigeración por tubos de calor a partir de materiales disponibles comercialmente, había alcanzado la criticidad a lo largo de una serie de pruebas realizadas entre abril y mayo de ese mismo año, confirmando que el reactor era capaz de sostener una reacción en cadena de forma estable y controlada. El experimento, que no requirió que ningún operador manipulara directamente el combustible ni ajustara a mano ninguna pieza cercana a la masa crítica, se plantea como un paso decisivo hacia reactores compactos capaces de operar durante ocho años completos sin repostar. Ochenta años después de que Louis Slotin muriera por sostener con la punta de un destornillador la diferencia entre un experimento seguro y uno letal, el mismo laboratorio que lo vio morir ha aprendido, por fin, a acercarse a la masa crítica sin que ninguna mano humana tenga que estar cerca cuando ocurre.

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