Su jefe quería vender leche en envases de papel y nadie sabía cómo hacerlo. Un ayudante de laboratorio de 28 años, que esperaba plaza para estudiar Medicina, cerró un tubo de papel por sus dos extremos en direcciones cruzadas y obtuvo un tetraedro.
En 1944, Erik Wallenberg, ayudante en el laboratorio de la empresa sueca de embalajes Åkerlund & Rausing, propuso formar un envase a partir de un simple tubo de papel sellado en dos direcciones perpendiculares.
Leche en botellas de vidrio y un empresario que había visto el futuro
En la Suecia de los años 40, la leche se vendía a granel o en pesadas botellas de vidrio que había que devolver, lavar y volver a llenar. Ruben Rausing, que había estudiado en Estados Unidos en los años 20 y había visto allí los primeros supermercados de autoservicio, estaba convencido de que la comida del futuro se vendería envasada, en paquetes ligeros que el cliente pudiera coger de una estantería. Su empresa de embalajes de cartón, Åkerlund & Rausing, ya existía, pero le faltaba lo más difícil: un envase de papel para un líquido que se estropea en cuestión de días y que, además, gastara el mínimo material posible.
La geometría de un tubo de papel
La solución la encontró un recién llegado. Erik Wallenberg, nacido en 1915, había renunciado a la carrera militar por una enfermedad y esperaba poder entrar en la Facultad de Medicina de la Universidad de Lund. Mientras tanto trabajaba como ayudante en el laboratorio de la empresa, y al ser movilizado su jefe, se quedó a cargo con 28 años. Su propuesta, en lugar de fabricar una caja con paneles, pliegues y pegamento, fue partir de un tubo continuo de papel: se sella un extremo con una costura, se llena, y se sella el otro extremo con una costura perpendicular a la primera. El resultado es un tetraedro, un sólido de cuatro caras triangulares, que solo necesita tres sellados y puede fabricarse sin interrupción a partir de una bobina, casi sin desperdicio. Rausing, al principio escéptico, presentó la solicitud de patente el 27 de marzo de 1944. Según la historia de la compañía, su esposa, Elisabeth Rausing, aportó otra idea clave: sellar el tubo por debajo del nivel del líquido, como quien embute salchichas. En 1946 funcionaba el primer prototipo de máquina, pero faltaba un material que no se empapara: la respuesta fue recubrir el papel de polietileno, un plástico que además se puede soldar con calor. AB Tetra Pak se fundó en Lund en 1951 y, en 1952, la primera máquina empezó a llenar tetraedros de nata de 100 mililitros en la cooperativa lechera local, Lundaortens Mejeriförening.
El ángulo que rara vez se cuenta: una costura bajo la leche y un Nobel de Física asombrado
Sellar a través del líquido tenía un efecto físico decisivo: el envase quedaba sin cámara de aire. Menos oxígeno significa menos oxidación de las grasas y menos espacio para los microorganismos que lo necesitan. Las dos capas de polietileno se funden con calor y presión, desplazando la fina película de leche que queda entre ellas, y el sello resulta estanco. La elegancia de la solución llamó la atención de un visitante ilustre: según se cuenta en la historia de la empresa, el físico danés Niels Bohr, premio Nobel, recorrió la fábrica de Lund en los años 50 y dijo que nunca había visto una aplicación práctica tan acertada de un problema matemático. Durante años, en cambio, la autoría del invento quedó difusa. La fortuna fue para la familia Rausing, que llegó a estar entre las más ricas de Suecia; Wallenberg, que no tenía parentesco con la célebre dinastía de banqueros del mismo apellido, siguió siendo un desconocido para el gran público. Murió en 1999.
Del tetraedro al ladrillo, y a la leche sin nevera
El tetraedro tenía un defecto: se apilaba mal en camiones y estanterías. En 1963, Tetra Pak instaló en Motala la primera máquina del Tetra Brik, el envase en forma de ladrillo. El salto definitivo llegó al unir el envase con la esterilización a ultraalta temperatura, que calienta la leche a unos 140 grados durante apenas unos segundos, y llenarla en condiciones estériles dentro de un cartón con una lámina finísima de aluminio que bloquea la luz y el oxígeno. La leche podía durar meses a temperatura ambiente. El Instituto de Tecnólogos de Alimentos de Estados Unidos llegó a considerar el envasado aséptico una de las innovaciones más importantes de la ciencia de los alimentos del siglo XX. Pero esa misma estructura de tres materiales unidos, cartón, plástico y aluminio, es la que complica su reciclaje.
Por qué importa hoy
Tetra Pak lleva años intentando sustituir el aluminio por una barrera basada en papel, que reduce el envase a solo dos materiales principales, papel y polímeros, y facilita recuperar la fibra en las plantas de reciclaje. La lanzó en 2023 en envases pequeños, y en 2026 ha dado tres pasos. En febrero, la láctea surcoreana Maeil Dairies se convirtió en la primera en usarla en las líneas de alta velocidad A3/Speed, que llenan hasta 24.000 envases por hora, para una bebida de soja con un 87% de contenido renovable y un 26% menos de huella de carbono, según la verificación de Carbon Trust. El 22 de abril llegó el primer envase de un litro, un Tetra Brik Aseptic 1000 Edge para la italiana Sterilgarda Alimenti, con un 90% de contenido renovable y hasta un 50% menos de emisiones. Y en junio, García Carrión lanzó con su marca Don Simón el primer zumo del mundo, y el primer envase de este tipo en España, con la barrera de papel: un formato de 200 mililitros con hasta un 80% de papel, un 92% de material renovable y un 43% menos de huella de carbono que un cartón aséptico convencional. La empresa construye en Lund una planta piloto de 60 millones de euros para esta tecnología, que espera recibir a sus primeros clientes a comienzos de 2027. Ochenta y dos años después de que un ayudante de laboratorio doblara un tubo de papel en esa misma ciudad, el envase vuelve a acercarse a su idea original: que baste con el papel.