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Sumergió ramas en agua y contó burbujas durante meses: así descubrió el proceso químico del que depende toda cosecha del planeta

En 1768 salvó de la viruela a la familia imperial de los Habsburgo. Once años después, el médico holandés Jan Ingenhousz alquiló una casa de campo a las afueras de Londres y pasó meses observando burbujas de gas en hojas sumergidas en agua.

✍️ Montse 📅 15 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 3 visitas
Sumergió ramas en agua y contó burbujas durante meses: así descubrió el proceso químico del que depende toda cosecha del planeta

Un médico de éxito que se obsesionó con un fenómeno que otros no sabían explicar

Jan Ingenhousz nació en Breda, en las Provincias Unidas, en 1730, y se formó como médico. En 1767 inoculó contra la viruela a setecientos habitantes de una localidad de Hertfordshire, en Inglaterra, una técnica todavía experimental y arriesgada para la época. El éxito de aquella campaña llegó a oídos de la corte de Viena, y en 1768 la emperatriz María Teresa lo llamó para inocular a los miembros de su propia familia, los Habsburgo, tras una epidemia que había golpeado con dureza a la dinastía. La operación salió bien, Ingenhousz se convirtió en médico de la corte imperial con una generosa pensión vitalicia, y esa independencia económica es, en buena medida, lo que le permitió dedicarse después a algo que no tenía nada que ver con la medicina.

Una casa de campo alquilada y un verano entero mirando hojas bajo el agua

Instalado en Inglaterra y bien relacionado —mantuvo una correspondencia cercana y constante con Benjamin Franklin y con el químico Henry Cavendish, y llegó a viajar junto a Franklin por el norte de Inglaterra—, Ingenhousz siguió de cerca los trabajos del químico Joseph Priestley, que en 1774 había aislado lo que él llamaba "aire deflogisticado" y había observado que las plantas, de alguna manera, parecían "restaurar" el aire viciado de una habitación cerrada. El problema era que los experimentos de Priestley resultaban inconsistentes: a veces las plantas restauraban el aire y a veces no, sin que nadie entendiera por qué. En 1779, Ingenhousz alquiló una casa de campo en Southall Green, cerca de Londres, y se propuso resolver ese misterio a base de repetición pura: sumergió ramas y hojas de decenas de especies distintas en recipientes de agua y las expuso a distintas condiciones de luz, observando durante meses, hora tras hora, si aparecían o no burbujas de gas en la superficie de las hojas.

El detalle que Priestley no había visto: no bastaba con "una planta", hacía falta sol directo sobre sus partes verdes

El hallazgo de Ingenhousz fue tan simple de describir como difícil de haber visto antes que él: las hojas sumergidas soltaban un chorro constante de burbujas de gas, pero solo cuando recibían luz solar directa, y solo desde sus partes verdes. En la sombra, esas mismas hojas dejaban de producir burbujas casi por completo. Identificó aquel gas como el mismo "aire deflogisticado" que había descrito Priestley —lo que hoy llamamos oxígeno—, y entendió que la razón de que los experimentos anteriores fueran tan poco fiables era precisamente esa: Priestley nunca había aislado la luz solar como la variable decisiva. Ingenhousz fue más allá y describió también el proceso inverso: durante la noche, o en la oscuridad, las plantas no purifican el aire, sino que lo empeoran, liberando el mismo tipo de aire "viciado" que exhala un animal. Había descrito, sin nombrarlo todavía así, el doble movimiento de fotosíntesis y respiración que hoy se enseña en cualquier clase de biología.

Un libro publicado en un tiempo récord

Ingenhousz publicó sus resultados ese mismo año, 1779, en un libro cuyo título resume perfectamente su conclusión: Experiments Upon Vegetables, Discovering Their Great Power of Purifying the Common Air in Sunshine, and of Injuring It in the Shade and at Night ("Experimentos sobre vegetales, que descubren su gran poder de purificar el aire común a la luz del sol, y de perjudicarlo a la sombra y de noche"). El libro recogía cientos de experimentos individuales, organizados de forma metódica y casi obsesiva, con una precisión que contrastaba con la naturaleza más anecdótica de los ensayos previos de Priestley.

Por qué su nombre suena menos que el de Priestley o Lavoisier

A pesar de haber sido el primero en demostrar con rigor experimental el papel decisivo de la luz solar en la producción de oxígeno por las plantas, Ingenhousz quedó parcialmente eclipsado en la memoria popular por Priestley, que había aislado el gas cinco años antes, y por Antoine Lavoisier, que por esas mismas fechas estaba redefiniendo la química moderna y bautizando ese gas como "oxígeno". La ciencia de la época avanzaba entre varios laboratorios a la vez, sin la separación clara entre disciplinas que existe hoy, y el descubrimiento de Ingenhousz —decisivo para la fisiología vegetal— quedó durante mucho tiempo catalogado como una simple curiosidad botánica antes que como una pieza central de la química de la vida.

Por qué importa hoy

El proceso que Ingenhousz describió en aquella casa de campo alquilada es, literalmente, la base química de la que depende toda la agricultura del planeta: la fotosíntesis convierte dióxido de carbono, agua y luz solar en el azúcar que construye cada grano de trigo, cada hoja de lechuga y cada fruto que llega a un mercado. Entender cómo la luz activa ese proceso sigue siendo, más de dos siglos después, el punto de partida de buena parte de la investigación agrícola actual: desde los programas que buscan mejorar la eficiencia fotosintética de cultivos como el arroz o el trigo hasta el diseño de los espectros de luz LED que hoy se ajustan con precisión milimétrica en invernaderos y granjas verticales para maximizar la producción de alimentos por metro cuadrado.

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