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Un estudiante de Medicina repetía el mismo experimento con unos microorganismos y un colorante, y cada vez le salía un resultado distinto. La culpable era una tormenta sobre Múnich: sin luz, el tinte era inofensivo; con luz, se volvía un veneno.

En 1900, Oscar Raab, alumno del farmacólogo Hermann von Tappeiner en Múnich, observó que el colorante acridina solo mataba a los paramecios en presencia de luz. Tappeiner llamó al fenómeno efecto fotodinámico.

✍️ Montse 📅 29 de September de 2026 ⏱ 6 min de lectura 👁 23 visitas
Un estudiante de Medicina repetía el mismo experimento con unos microorganismos y un colorante, y cada vez le salía un resultado distinto. La culpable era una tormenta sobre Múnich: sin luz, el tinte era inofensivo; con luz, se volvía un veneno.

Un profesor que buscaba entender la quinina

A finales del siglo XIX, Hermann von Tappeiner dirigía el Instituto de Farmacología de la Universidad de Múnich y se hacía una pregunta práctica: por qué la quinina curaba la malaria, mientras que otras sustancias, como la acridina, un derivado del alquitrán de hulla, resultaban más tóxicas para los protozoos en el laboratorio pero no servían en los enfermos. Encargó a un estudiante de Medicina, Oscar Raab, que midiera con precisión a qué concentración la acridina mataba a los paramecios, unos organismos unicelulares que nadan en el agua de las charcas y que se usaban como modelo de parásito.

El experimento que nunca salía igual

Raab preparó diluciones cada vez más débiles de acridina y cronometró cuánto tardaban en morir los paramecios. Con la dilución más baja, un día murieron todos en unos 60 minutos. En una repetición idéntica sobrevivieron entre 800 y 1.000 minutos. Nada en el protocolo había cambiado, salvo una cosa: durante uno de los ensayos, una fuerte tormenta había oscurecido el cielo de Múnich. Raab sospechó de la luz y lo comprobó. Ni la acridina en la oscuridad ni la luz por sí sola dañaban a los paramecios, pero juntas los mataban. Incluso descartó que la luz se limitara a transformar el colorante en un producto tóxico: la acridina iluminada previamente y añadida después no tenía el mismo efecto. Relacionó el fenómeno con la fluorescencia del tinte y lo publicó en 1900 en la revista alemana Zeitschrift für Biologie.

El ángulo que rara vez se cuenta: el oxígeno, el invitado que nadie había visto

Tappeiner convirtió la anécdota de su alumno en un programa de investigación. En 1903, junto al dermatólogo Albert Jesionek, aplicó eosina, otro colorante fluorescente, sobre tumores de piel y otras lesiones cutáneas de sus pacientes y los expuso a la luz: fue el primer uso clínico de esta combinación. En 1904, con Albert Jodlbauer, demostró algo que Raab no había podido ver: sin oxígeno, el efecto desaparecía. Para describirlo acuñó un término nuevo, reacción fotodinámica. Por las mismas fechas, el médico danés Niels Finsen recibía el Nobel de Medicina de 1903 por tratar con luz concentrada el lupus vulgar, una tuberculosis de la piel; pero Finsen usaba solo la luz. Lo que se había descubierto en Múnich era otra cosa: una luz inofensiva que se vuelve letal únicamente allí donde hay un tinte capaz de capturarla. La idea quedó medio dormida durante décadas, hasta que en 1990 el grupo de James Kennedy, en la Universidad Queen's de Kingston, en Canadá, propuso aplicar sobre la piel ácido aminolevulínico, una molécula que las propias células convierten en el colorante.

La química de un veneno que solo existe con luz

El ácido aminolevulínico, ALA, es el primer eslabón de la cadena con la que el cuerpo fabrica el grupo hemo de la hemoglobina. Las células lo transforman, paso a paso, en protoporfirina IX, la molécula a la que después se incorpora el hierro. Cuando se aplica ALA sobre la piel, las células tumorales, que crecen deprisa y tienen alterada esa cadena, acumulan mucha más protoporfirina que las sanas. Y la protoporfirina IX es un fotosensibilizador: absorbe luz, y la roja, de unos 635 nanómetros, penetra en la piel más que la azul o la verde. Al absorber un fotón, la molécula pasa a un estado excitado de larga vida, llamado triplete, y transfiere su energía al oxígeno que la rodea, convirtiéndolo en oxígeno singlete, una forma muy reactiva que oxida membranas y proteínas a distancias minúsculas y desencadena la muerte de la célula. Es exactamente lo que vio Raab: ni el tinte ni la luz dañan por separado; el daño nace del encuentro entre ambos y el oxígeno. Por eso el tratamiento es local: donde no llega la luz, no pasa nada.

Por qué importa hoy

El 14 de septiembre de 2026, la compañía Biofrontera anunció que la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) había aprobado su gel Ameluz, con un 10% de hidrocloruro de ácido aminolevulínico, combinado con terapia fotodinámica mediante sus lámparas de luz roja BF-RhodoLED, para tratar en adultos el carcinoma basocelular superficial. Según la empresa, es la primera terapia fotodinámica aprobada en Estados Unidos para un cáncer de piel; hasta ahora solo estaba autorizada allí para la queratosis actínica, una lesión precancerosa. En el ensayo de fase 3 que sustenta la aprobación, el 83% de los pacientes tratados con Ameluz logró la desaparición clínica completa de todas las lesiones tratadas, frente al 21% de quienes recibieron un gel sin principio activo con la misma luz. El carcinoma basocelular es el cáncer más frecuente en las personas de piel clara: en Estados Unidos se diagnostican unos 3,6 millones de casos al año, y entre el 10% y el 25% son superficiales, los que aún no han invadido capas profundas y en los que la luz puede actuar. En Europa, Ameluz ya estaba autorizado para esta indicación desde 2017. La compañía prevé lanzar la nueva indicación en Estados Unidos entre finales de 2026 y el primer trimestre de 2027. Ciento veintiséis años después de que una tormenta estropeara, y a la vez salvara, el experimento de un estudiante en Múnich, el trío que él descubrió, un colorante, la luz y el oxígeno, se ha convertido en una alternativa sin bisturí contra el tumor más común del ser humano.

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