Unos químicos del Gobierno de Estados Unidos buscaban nuevos usos para el almidón de maíz sobrante y crearon unas escamas capaces de tragarse cientos de veces su peso en agua.
A comienzos de los años 70, un equipo del laboratorio del Departamento de Agricultura de Estados Unidos en Peoria, Illinois, formado por William Doane, Mary Ollidene Weaver, George Fanta y Edward Bagley.
Un excedente de maíz que nadie sabía en qué gastar
El Centro Regional de Investigación del Norte del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), en Peoria, Illinois, tenía desde los años 40 una misión muy concreta: encontrar usos industriales para lo que sobraba en el campo estadounidense. El almidón de maíz era uno de esos excedentes crónicos. A finales de los años 60, el bioquímico William Doane y sus compañeros se propusieron transformarlo en algo más valioso que un espesante barato. La idea era combinar lo mejor de dos mundos: la abundancia y el bajo coste del almidón, y la versatilidad de los polímeros sintéticos que la industria petroquímica empezaba a fabricar en masa.
Injertar un plástico en una molécula de almidón
El equipo, en el que trabajaban también la química Mary Ollidene Weaver, el químico George Fanta y el ingeniero Edward Bagley, desarrolló una técnica para «injertar» cadenas de poliacrilonitrilo sobre el esqueleto del almidón y después transformarlas químicamente. El resultado, hacia 1973, fue un polvo en escamas que al mojarse se hinchaba hasta formar un gel. La revista del propio USDA llegó a describir que una escama del material podía capturar más de 1.400 veces su peso en agua. Lo bautizaron con un nombre de dibujos animados, Super Slurper, algo así como «el súper sorbedor», y en 1977 Weaver publicó junto a sus colegas en la revista Starch el procedimiento práctico para fabricarlo a escala.
El ángulo que rara vez se cuenta: un invento para la tierra que conquistó el cuarto de baño
Los inventores pensaban sobre todo en el campo: recubrir semillas para que germinaran aunque lloviera poco, mezclar el gel con la tierra de los trasplantes, reducir el riego. El Super Slurper recibió en 1975 el premio IR 100 a uno de los cien productos tecnológicos más importantes del año, y en 1976 sus creadores fueron nombrados inventores del año en Estados Unidos. El USDA, como organismo público, no lo explotó en exclusiva: concedió alrededor de 40 licencias no exclusivas a empresas que quisieran fabricarlo o venderlo. Y ahí la historia se torció. Las compañías encontraron un mercado mucho más lucrativo que las semillas: absorber líquidos en productos desechables. Apósitos quirúrgicos, filtros de combustible, barreras en obras y, sobre todo, pañales. La industria desarrolló después superabsorbentes totalmente sintéticos, los poliacrilatos, más baratos y estables que la versión con almidón, que hoy son el corazón de los pañales y compresas de todo el mundo. El propio USDA considera el Super Slurper la tecnología de más éxito comercial de su servicio de investigación, y el trabajo de Bagley ayudó incluso a cambiar la legislación estadounidense que regulaba la colaboración entre laboratorios públicos y empresas privadas.
La física de un gel que no suelta el agua
El secreto de un superabsorbente está en su estructura: largas cadenas de polímero con grupos cargados eléctricamente, unidas entre sí por algunos puentes químicos que forman una red tridimensional. Al entrar en contacto con el agua, las cargas se repelen entre sí y la red se expande como un muelle, mientras la diferencia de concentración de iones entre el interior del gel y el exterior arrastra más agua hacia dentro por ósmosis. Los puentes impiden que el polímero se disuelva, así que el agua queda atrapada en una especie de esponja molecular que, en el suelo, las raíces pueden ir aprovechando poco a poco.
Por qué importa hoy
Con sequías cada vez más frecuentes, la idea original del Super Slurper, guardar agua junto a la raíz, vuelve a estar en el centro de la investigación agrícola. Pero la Unión Europea ha cambiado las reglas del juego. El Reglamento (UE) 2023/2055, aprobado el 25 de septiembre de 2023, restringe las micropartículas de polímeros sintéticos añadidas intencionadamente a los productos, y fija el 17 de octubre de 2028 como fecha límite para los productos fertilizantes y los recubrimientos de semillas, y el 17 de octubre de 2031 para los fitosanitarios. La carrera consiste ahora en recuperar el espíritu de Peoria, polímeros de origen vegetal, pero sin la parte sintética que no se degrada. El 18 de marzo de 2026, un equipo de la Universidad del Sur de Kazajistán M. Auezov publicó en Scientific Reports hidrogeles biodegradables fabricados con distintos tipos de celulosa, enriquecidos con los minerales zeolita y bentonita y reticulados con ácidos cítrico y succínico. En ensayos de campo, mejoraron un 17,2% la germinación de semillas en condiciones áridas y un 21,6% la biomasa de las plantas en regadío. Su capacidad de absorción, en torno al 200% de su peso, está muy lejos de las cifras de aquellas escamas de almidón y acrilonitrilo, y ese es exactamente el reto: cincuenta años después, la química agrícola intenta que una esponja para el suelo vuelva a nacer del campo y regrese a él sin dejar rastro.