Vio morir de hambre a miles de personas en las calles de Bengala cuando era adolescente, abandonó la idea de estudiar medicina por la genética del trigo, y años después convenció a agricultores indios recelosos de sembrar una semilla mexicana desconocida
El genetista indio Mankombu Sambasivan Swaminathan tenía dieciocho años cuando la hambruna de Bengala de 1943 mató a millones de personas ante sus ojos. Décadas después, convertido en agrónomo, se jugó su prestigio científico.
Un adolescente que vio morir de hambre a su alrededor
Mankombu Sambasivan Swaminathan nació en 1925 en Kumbakonam, en el sur de la India, hijo de un cirujano, y comenzó su formación universitaria pensando en seguir los pasos de su padre y estudiar medicina. En 1943, con dieciocho años, fue testigo directo de la hambruna de Bengala, una de las peores catástrofes alimentarias del siglo XX, que mató a entre dos y tres millones de personas mientras el gobierno colonial británico priorizaba el abastecimiento de sus propias tropas. La experiencia lo marcó de forma decisiva: abandonó la idea de la medicina y se matriculó en zoología y ciencia agrícola en las universidades de Kerala y Madrás, convencido de que el problema más urgente de su país no era curar enfermedades, sino asegurar que nadie más muriera de hambre.
De la genética de la patata en Cambridge a los arrozales de Filipinas
Swaminathan completó un doctorado en Cambridge en 1952 con una tesis sobre la genética de la patata, y trabajó brevemente en Wisconsin antes de regresar a la India convencido de que el país necesitaba desarrollar su propia ciencia agrícola en lugar de depender de la importación de alimentos. A comienzos de los años sesenta, siendo ya investigador del Instituto Indio de Investigación Agrícola en Delhi, siguió de cerca los trabajos del agrónomo estadounidense Norman Borlaug en México, que había conseguido desarrollar variedades de trigo enano de altísimo rendimiento, resistentes a enfermedades y capaces de sostener espigas mucho más pesadas sin doblarse. Swaminathan fue quien primero identificó el potencial de aquellas semillas mexicanas para un país como la India, entonces al borde de una hambruna crónica y dependiente de la ayuda alimentaria estadounidense del programa PL-480.
El ángulo menos contado: convencer parcela por parcela a agricultores que no confiaban en una semilla extranjera
Conseguir la semilla fue solo el primer obstáculo. El segundo, mucho más difícil, fue convencer a millones de agricultores indios, apegados a variedades de trigo que sus familias llevaban generaciones cultivando, de sustituirlas por una planta desconocida, más baja y de aspecto extraño, llegada de un país al otro lado del mundo. Swaminathan y su equipo organizaron cientos de parcelas de demostración en pueblos de Punjab y Haryana a partir de 1964, invitando a los propios agricultores a comprobar con sus ojos, cosecha tras cosecha, que aquel trigo achaparrado producía mucho más grano por hectárea que el suyo. El propio Borlaug reconocería después, en una carta a Swaminathan, que a él correspondía buena parte del mérito por haber sido el primero en reconocer el valor real de aquellas semillas enanas para la India.
De la escasez crónica al récord histórico en cuatro años
La apuesta funcionó con una rapidez que sorprendió incluso a sus impulsores: entre la campaña de 1964 y la de 1968, la producción de trigo de la India pasó de unos doce millones de toneladas a diecisiete millones, cinco millones más que cualquier cosecha anterior en la historia del país. El propio primer ministro indio llegó a fotografiarse junto a los campos de trigo enano como símbolo de un cambio de era, y el término "Revolución Verde" empezó a usarse para describir aquella transformación que sacó a la India de la dependencia alimentaria en poco más de un lustro.
Por qué importa hoy
El propio Swaminathan, que murió en 2023 a los 98 años tras dirigir también el Instituto Internacional de Investigación del Arroz en Filipinas y recibir en 1987 el primer Premio Mundial de la Alimentación de la historia, advirtió en sus últimos años que la próxima gran amenaza para el trigo no sería la escasez de semillas, sino el cambio climático. El 2 de abril de 2026, un consorcio internacional bautizado Wheat Spatial Omics Consortium, formado por más de ochenta investigadores de más de treinta instituciones de nueve países, publicó en Nature Genetics el primer atlas celular completo de la actividad génica del trigo, elaborado por equipos de la Universidad Murdoch de Australia, la Universidad de Adelaida y el instituto BGI de China, entre otros. La herramienta permite ver, célula por célula y no solo tejido por tejido, cómo responde cada parte de la planta al calor, la sequía o las enfermedades, y usa inteligencia artificial para reducir drásticamente la lista de genes candidatos que hoy tardan años en identificarse mediante cruces tradicionales. Según los propios investigadores, la producción mundial de trigo deberá crecer un 60% de aquí a 2050 para alimentar a una población de casi diez mil millones de personas, la misma urgencia que llevó a Swaminathan, hace más de sesenta años, a convencer a un país entero de confiar en una semilla que nadie conocía.