A un piloto de caza le entraron esquirlas de plástico en el ojo cuando su cabina estalló en pleno combate. Nadie se las pudo sacar todas, y su cuerpo nunca las rechazó. Un cirujano que lo trató tardó cuatro años en entender por qué
En 1940, el piloto de la RAF Gordon 'Mouse' Cleaver perdió la visión de un ojo cuando el impacto de un caza alemán hizo estallar la cubierta de plexiglás de su Hurricane sobre su cara. El oftalmólogo Harold Ridley, que lo trató, observó algo que nadie hab
Una cabina que estalla en pleno combate
Durante la Batalla de Inglaterra, en agosto de 1940, el piloto Gordon "Mouse" Cleaver, del Escuadrón 601 de la RAF, resultó gravemente herido cuando el impacto de un caza enemigo hizo añicos la cubierta de su Hawker Hurricane, fabricada en Perspex, un plástico acrílico transparente usado por su ligereza frente al cristal de las cabinas más antiguas. Decenas de fragmentos diminutos de aquel plástico se incrustaron en sus ojos. Cleaver perdió la visión de uno de ellos, pero sobrevivió, y como a otros muchos pilotos heridos de forma similar, los cirujanos oftalmólogos que lo trataron optaron por dejar dentro del ojo las esquirlas más pequeñas y profundas, demasiado arriesgadas de extraer, en lugar de intentar retirarlas todas.
Una observación clínica que nadie más se había parado a explicar
El oftalmólogo británico Harold Ridley, que trató a varios de estos pilotos en los años siguientes, reparó en algo que la práctica médica había pasado por alto: a diferencia de las esquirlas de cristal, que suelen desencadenar una reacción inflamatoria severa dentro del ojo, los fragmentos de Perspex incrustados en la córnea o el humor vítreo de estos pilotos permanecían allí, años después, sin provocar ningún rechazo inmunológico visible. El propio material con el que se fabricaban las cabinas de los cazas británicos resultaba, por alguna razón que entonces nadie había estudiado, biológicamente inerte dentro del ojo humano.
El ángulo menos contado: unir esa observación con un problema clínico que nadie relacionaba con ella
Ridley conectó esa observación con un problema completamente distinto que veía a diario en su consulta: la cirugía de cataratas de la época se limitaba a extraer el cristalino opacificado del paciente, dejándolo "áfaco", sin ninguna lente propia dentro del ojo, obligado a usar durante el resto de su vida unas gafas extraordinariamente gruesas y distorsionantes para poder ver con nitidez. Si un fragmento de Perspex podía convivir años dentro de un ojo sin ser rechazado, razonó Ridley, quizá el propio material serviría para fabricar una lente artificial permanente que sustituyera al cristalino extraído, en lugar de dejar el ojo vacío. Trabajó con la empresa óptica Rayner para fabricar la primera lente intraocular en Perspex de grado médico, y el 29 de noviembre de 1949, en el hospital St Thomas de Londres, implantó el primer prototipo; el 8 de febrero de 1950 realizó la que se considera la primera colocación permanente y exitosa de una lente intraocular en un ser humano.
Dos décadas tratado como un hereje por sus propios colegas
La respuesta de la profesión oftalmológica no fue el reconocimiento, sino un rechazo prolongado y a menudo hostil. Durante los años 50 y buena parte de los 60, numerosos cirujanos consideraron la idea de introducir un cuerpo extraño permanente dentro del ojo como innecesariamente peligrosa, y varias de las primeras lentes de otros cirujanos que imitaron su técnica, con materiales o diseños menos cuidados, causaron complicaciones que reforzaron esa desconfianza. Ridley, lejos de abandonar, fundó en 1966 junto al también oftalmólogo Peter Choyce el Intra-Ocular Implant Club, un espacio para que los pocos cirujanos que seguían perfeccionando la técnica pudieran compartir resultados y sostener el campo mientras el resto de la profesión los mantenía al margen.
Por qué importa hoy
El reconocimiento le llegó, pero muy tarde: la agencia estadounidense del medicamento no aprobó las lentes intraoculares hasta 1981, treinta y dos años después de aquel primer implante en Londres; Ridley fue elegido miembro de la Royal Society en 1986, y recibió el título de caballero en febrero de 2000, a los 93 años, "por sus servicios pioneros a la cirugía de cataratas". En un cierre de círculo que pocas historias médicas pueden igualar, el propio Gordon Cleaver, el piloto cuyas esquirlas de Perspex habían inspirado toda la idea, se sometió en 1987 a una operación de cataratas con implante de lente intraocular, beneficiándose en persona, casi medio siglo después, de la invención que su propio accidente había hecho posible. Hoy la lente intraocular vive su siguiente salto: la llamada lente ajustable por luz (LAL), que incorpora moléculas fotosensibles capaces de reorganizarse bajo un haz de luz ultravioleta aplicado en consulta después de la cirugía, permite a cirujanos de 2025 y 2026 afinar la graduación final del paciente hasta en tres sesiones distintas, según cómo vea realmente en su vida diaria, antes de fijarla de forma permanente con un último destello de luz. Setenta y cinco años después de que Ridley se atreviera a dejar un trozo de plástico dentro de un ojo humano, la industria sigue refinando la misma idea: que la lente que sustituye al cristalino no tiene por qué ser una apuesta fija de una sola vez.