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Se bebió un cultivo de la bacteria que él mismo sospechaba culpable, solo para demostrarlo. Una semana después estaba enfermo en su propia casa, y la medicina tardó otra década más en creerle

En 1984, el médico australiano Barry Marshall, convencido de que una bacteria y no el estrés ni la comida picante causaba las úlceras de estómago, se bebió un cultivo de Helicobacter pylori para demostrarlo. Enfermó según lo previsto, pero la comunidad mé

✍️ Montse 📅 05 de September de 2026 ⏱ 4 min de lectura 👁 0 visitas
Se bebió un cultivo de la bacteria que él mismo sospechaba culpable, solo para demostrarlo. Una semana después estaba enfermo en su propia casa, y la medicina tardó otra década más en creerle

Una bacteria que, según todo el mundo, no podía sobrevivir donde decía sobrevivir

Hasta bien entrada la década de 1980, la medicina daba por sentado que ninguna bacteria podía vivir en el estómago humano: el ácido gástrico, con un pH tan bajo como el del vinagre concentrado, se consideraba un ambiente estéril por definición. Las úlceras pépticas -las lesiones dolorosas y a veces sangrantes del revestimiento del estómago o el duodeno- se atribuían casi por completo al estrés, al tabaco y a las comidas picantes o grasas, y se trataban con antiácidos y cambios en la dieta, rara vez con una cura definitiva. En 1979, el patólogo australiano Robin Warren, examinando biopsias gástricas al microscopio en Perth, empezó a notar de forma repetida unas bacterias diminutas con forma de espiral alojadas junto a las células inflamadas del estómago, algo que la ortodoxia médica de la época consideraba, casi por definición, imposible.

Cien biopsias después, un patrón que nadie más quería ver

Barry Marshall, entonces un joven médico interno, se asoció con Warren en 1981 para investigar sistemáticamente ese hallazgo. Juntos analizaron cerca de cien biopsias de pacientes y encontraron la misma bacteria, que terminarían bautizando Helicobacter pylori, presente en la inmensa mayoría de los casos de gastritis, úlcera duodenal y úlcera gástrica. Cuando presentaron sus resultados ante la comunidad científica a comienzos de los años 80, la reacción fue de escepticismo casi unánime: varios congresos rechazaron sus comunicaciones, y algunos colegas llegaron a sugerir en público que la bacteria, si de verdad estaba allí, era simplemente un contaminante sin relación causal con la enfermedad.

El ángulo menos contado: cuando nadie le creyó, se convirtió él mismo en el experimento

Incapaz de convencer a la comunidad médica con datos observacionales y sin un modelo animal fiable que reprodujera la enfermedad, Marshall tomó en 1984 una decisión que ningún comité de ética habría aprobado nunca: preparó un cultivo de Helicobacter pylori extraído de un paciente y se lo bebió él mismo, sin decírselo a su esposa hasta después de haberlo hecho. En cuestión de días desarrolló náuseas, vómitos matutinos y mal aliento; una endoscopia posterior confirmó gastritis aguda con la bacteria colonizando su propio estómago, y un tratamiento con antibióticos lo curó, cerrando así, sobre su propio cuerpo, la cadena de pruebas que ningún experimento en laboratorio había logrado establecer hasta entonces.

Una cura que tardó otra década en imponerse

Ni siquiera aquella prueba tan directa bastó para cambiar la práctica clínica de la noche a la mañana. Durante buena parte de los años 80 y principios de los 90, la mayoría de los médicos siguió tratando las úlceras con antiácidos e inhibidores de la secreción ácida, fármacos que aliviaban los síntomas sin eliminar la causa real, de modo que las úlceras solían reaparecer meses después. No fue hasta 1994 cuando los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos emitieron una declaración de consenso reconociendo formalmente que la infección por H. pylori era la causa principal de la mayoría de las úlceras pépticas, y que el tratamiento antibiótico, no el antiácido de por vida, era la cura real.

Por qué importa hoy

En 2005, Marshall y Warren compartieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina "por el descubrimiento de la bacteria Helicobacter pylori y su papel en la gastritis y la úlcera péptica". Dos décadas después de ese reconocimiento, la misma bacteria que Marshall se bebió para demostrar su existencia protagoniza una de las estrategias de prevención del cáncer más ambiciosas jamás propuestas por la Organización Mundial de la Salud: el 11 de marzo de 2026, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), con un grupo de trabajo de 35 expertos de 20 países, publicó el primer marco integral para implementar programas de cribado y tratamiento poblacional de H. pylori, calificada como carcinógeno humano por la propia IARC desde 1994. Según ese informe, tratar la infección reduce la incidencia del cáncer gástrico en un 36% y su mortalidad en un 22%, cifras que convierten a la bacteria que casi nadie creyó que existiera en la causa evitable de uno de los cánceres más letales del planeta.

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