Congelaron plasma sanguíneo hasta casi hacerlo desaparecer, y sin saberlo inventaron cómo comeremos en el espacio
En 1933, dos investigadores de la Universidad de Pensilvania lograron secar suero sanguíneo sin destruirlo, congelándolo y evaporando el agua directamente en forma de vapor. Nadie le prestó demasiada atención hasta que la Segunda Guerra Mundial convirtió
Un problema de logística que mataba tanto como las balas
El plasma sanguíneo, la parte líquida de la sangre sin los glóbulos, es capaz de estabilizar a un herido en shock por pérdida de sangre incluso sin conocer su grupo sanguíneo exacto. El problema, a comienzos de los años 30, era que el plasma líquido se echaba a perder en pocos días si no se mantenía refrigerado, algo prácticamente imposible de garantizar en un hospital de campaña o en un barco en alta mar.
Un experimento nacido de la ingeniería, no solo de la biología
El 21 de diciembre de 1933, en la Universidad de Pensilvania, el bacteriólogo Stuart Mudd y su colaborador Earl W. Flosdorf —con formación en ingeniería de refrigeración, no en medicina— lograron secar por primera vez en Estados Unidos una muestra de suero sanguíneo humano sin destruir sus proteínas activas. La clave estaba en el orden de las operaciones: primero congelaban el suero a alta velocidad formando una capa fina, y después reducían la presión hasta que el hielo pasaba directamente de sólido a vapor de agua sin fundirse, un proceso físico llamado sublimación. Ese salto directo evitaba el calor que arruinaba los métodos de secado anteriores y permitía eliminar cerca del 99% del agua sin desnaturalizar las proteínas.
El ángulo menos contado: años archivado hasta que llegó una guerra
Durante buena parte de los años 30, la técnica de Flosdorf y Mudd no encontró una aplicación urgente: secar suero era una curiosidad de laboratorio sin mercado claro. Todo cambió con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939: el plasma seco, que podía almacenarse a temperatura ambiente durante meses y reconstituirse con agua estéril en minutos, resultó ideal para transportarlo hasta el frente, los buques de guerra y los hospitales de campaña sin depender de cadenas de frío. Los bancos de sangre aliados distribuyeron plasma liofilizado por cientos de miles de unidades durante el conflicto.
De salvar heridos a conservar el desayuno
Terminada la guerra, la misma física de la sublimación se trasladó a un terreno mucho más cotidiano. La industria alimentaria descubrió que el proceso conservaba también el sabor, el aroma y buena parte del valor nutricional de frutas, verduras, carnes y, sobre todo, del café, dando origen a las primeras versiones comerciales de café instantáneo liofilizado a partir de los años 60. La técnica se extendió después a vacunas, antibióticos y hormonas que necesitaban conservarse sin refrigeración, y más tarde a las agencias espaciales, que la adoptaron para alimentar a los astronautas sin cargar con el peso ni el volumen del agua.
Por qué importa hoy
Ocho décadas después de aquel primer experimento con suero sanguíneo, el mercado global de alimentos liofilizados sigue en expansión, impulsado tanto por la demanda de comida ligera para emergencias y senderismo como por su uso en misiones espaciales de larga duración, donde cada gramo de agua transportada cuenta. La misma lógica que llevó a Flosdorf y Mudd a eliminar el agua del plasma sin destruirlo —conservar lo esencial de un producto biológico reduciendo al mínimo lo que hay que transportar— sigue siendo, en 2026, el principio que permite planear misiones cada vez más largas fuera de la Tierra sin renunciar a comer bien.