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Dejó la escuela a los doce años para trabajar en una fábrica de carretes. Treinta años después, una chocolatina derretida en su bolsillo le reveló cómo cocinar con las mismas ondas que detectaban aviones enemigos

En 1945, el ingeniero autodidacta Percy Spencer, huérfano de padre y sin apenas estudios formales, se había convertido en el mayor experto de Raytheon en los magnetrones que alimentaban el radar aliado. Una tarde, de pie junto a uno encendido, notó que un

✍️ Montse 📅 27 de August de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 1 visitas
Dejó la escuela a los doce años para trabajar en una fábrica de carretes. Treinta años después, una chocolatina derretida en su bolsillo le reveló cómo cocinar con las mismas ondas que detectaban aviones enemigos

Un huérfano que aprendió física de noche, vigilando una fábrica de papel

Percy Spencer nació en 1894 en Howland, Maine, en circunstancias difíciles: su padre murió cuando él tenía apenas dieciocho meses, y tras la muerte de un tío que lo acogió, cuando Percy tenía siete años, él y su tía viuda recorrieron Nueva Inglaterra buscando trabajo. Dejó la escuela formal después de quinto curso y empezó a trabajar en una fábrica de carretes a los doce años. A los dieciséis, su curiosidad por la electrificación, todavía una novedad en muchas zonas rurales, le consiguió un puesto de electricista en una fábrica de papel, donde se formó por su cuenta leyendo manuales técnicos durante los turnos de noche. Más tarde, en la Marina durante la Primera Guerra Mundial, se enseñó a sí mismo trigonometría, cálculo, química, física, metalurgia y tecnología de radio.

El cuarto empleado de una empresa que cambiaría el curso de la guerra

Spencer se incorporó a Raytheon en 1925 como su cuarto empleado. Hacia 1939 se había convertido en un experto tan hábil en el diseño de tubos de vacío que un físico del MIT llegó a decir de él que "podía fabricar un tubo que funcionara con una lata de sardinas". Durante la Segunda Guerra Mundial, sus mejoras en las técnicas de estampado y soldadura de piezas dispararon la producción de magnetrones de radar de la empresa, de 17 a 2.600 unidades diarias; Raytheon llegó a fabricar en torno al 80% de todos los tubos magnetrón usados en el radar aliado, y la Marina estadounidense le concedió por ello la Distinguished Public Service Award, una distinción excepcional para alguien sin titulación universitaria.

El ángulo menos contado: patentó el invento del siglo por dos dólares

En 1945, de pie junto a un magnetrón encendido durante una prueba, Spencer notó que la chocolatina que llevaba en el bolsillo se había derretido. En lugar de pasarlo por alto, decidió investigar: colocó granos de maíz cerca del magnetrón y comprobó que estallaban en palomitas. Construyó entonces un prototipo, una caja metálica cerrada capaz de generar en su interior un campo electromagnético de alta densidad, y patentó el proceso ese mismo año. Raytheon le pagó apenas dos dólares por la patente, la gratificación estándar que la empresa entregaba a cualquier empleado por cualquier invento, con independencia de su valor futuro. A lo largo de su vida, Spencer acumuló cerca de 300 patentes sin llegar a enriquecerse con ninguna, ni siquiera con la que acabaría definiendo la cocina del siglo XX.

Un electrodoméstico gigante, carísimo y "el mayor fracaso comercial de Raytheon"

El primer modelo comercial, bautizado Radarange en 1947, medía cerca de 1,70 metros de altura, pesaba 340 kilos y costaba unos 3.000 dólares de la época, además de necesitar refrigeración por agua corriente: totalmente inviable para un hogar, se vendió sobre todo a restaurantes y transatlánticos. Tardaba veinte minutos en calentarse y no era capaz de dorar ni tostar los alimentos, limitaciones que lo convirtieron, según se cuenta dentro de la propia empresa, en el mayor fracaso comercial de Raytheon en sus primeros años. Hicieron falta dos décadas de miniaturización para que, en 1967, un modelo doméstico asequible bajara a 495 dólares, y para 1975 las ventas de microondas en Estados Unidos ya habían superado a las de cocinas de gas. Spencer murió en 1970, cinco años antes de que el microondas conquistara de forma definitiva las cocinas domésticas.

Por qué importa hoy

Ocho décadas después, la limitación fundamental del invento de Spencer, el calentamiento irregular del magnetrón, con puntos calientes y fríos que todavía hoy obligan a remover la comida o a usar un plato giratorio, se está intentando resolver desde la raíz. Trabajos publicados en 2025 y 2026, entre ellos investigaciones de la Universidad Estatal de Washington y una amplia revisión en la revista Comprehensive Reviews in Food Science and Food Safety, estudian los generadores de microondas de estado sólido, basados en semiconductores, como sustituto del tubo magnetrón que Spencer dominaba: en lugar de emitir desde un único punto y a una frecuencia fija, estos generadores pueden barrer distintas frecuencias y fases en tiempo real, calentando el alimento de forma mucho más uniforme. Es, en esencia, la misma física que Spencer descubrió por accidente con una chocolatina, resuelta ahora con una electrónica que su generación de tubos de vacío todavía no podía ofrecer.

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