Dos químicos encontraron en el fondo de un reactor una cera blanca. Un profesor de Kentucky la tendió sobre sus huertos en lugar de cristal. Setenta años después, 33.000 hectáreas de ese plástico cubren los campos de Almeria.
En marzo de 1933, Eric Fawcett y Reginald Gibson, de la química británica ICI, obtuvieron por accidente polietileno al someter etileno a presiones enormes. A finales de los años 40, el horticultor Emery Myers Emmert, sustituyo el cristal por el plástico.
Una cera que salió de un experimento fallido
El 27 de marzo de 1933, en los laboratorios de Imperial Chemical Industries en Winnington, en el noroeste de Inglaterra, los químicos Eric Fawcett y Reginald Gibson buscaban provocar reacciones entre etileno y benzaldehído sometiéndolos a presiones de unas 2.000 atmósferas. La reacción que esperaban no se produjo. En su lugar, al abrir el recipiente encontraron una pequeña cantidad de un sólido blanco y ceroso. Era polietileno: cadenas larguísimas formadas por miles de unidades de etileno enganchadas una tras otra. El hallazgo resultó frustrante, porque al repetir el ensayo la reacción a veces no arrancaba y otras se descontrolaba de forma violenta. No fue hasta 1935 cuando otro químico de la empresa, Michael Perrin, logró reproducirlo de forma fiable, y se descubrió que la clave había sido una casualidad: una fuga había dejado entrar trazas de oxígeno, que actuaba como iniciador de la reacción. A finales de los años 30, el nuevo material, ligero, flexible y excelente aislante eléctrico, se convirtió en una pieza secreta de la Segunda Guerra Mundial, en el aislamiento de los cables de los radares.
Un profesor que cambió el vidrio por una lámina
Emery Myers Emmert nació el 18 de julio de 1900 en Cedar Rapids, Iowa, hijo de un pastor protestante, y en 1928 entró como profesor de horticultura en la Universidad de Kentucky, donde trabajó hasta su muerte en 1962. Terminada la guerra, el polietileno empezó a fabricarse en cantidades civiles, y Emmert vio en él una oportunidad: los invernaderos de vidrio eran caros, pesados y quedaban fuera del alcance de la mayoría de los agricultores. A finales de los años 40 cubrió una estructura sencilla con una lámina de polietileno en lugar de cristal, y en 1955 publicó un boletín de la estación experimental de la universidad dedicado a los invernaderos de plástico de bajo coste. También estudió cómo los acolchados de plástico transparente y negro, tendidos sobre el suelo, calentaban la tierra, conservaban la humedad y adelantaban las cosechas de hortalizas. Sus colegas le pusieron un mote que resumía su obsesión: «el cirujano plástico». Hoy se le considera el padre de la plasticultura, y la carretera que lleva a la granja experimental de la universidad lleva su apellido.
El ángulo que rara vez se cuenta: un invernadero de plástico no funciona exactamente como uno de cristal
La explicación escolar del efecto invernadero dice que el vidrio deja pasar la luz del Sol pero atrapa el calor infrarrojo que emite el suelo. En un invernadero de polietileno esa explicación falla en buena parte: la lámina fina de polietileno común deja escapar una fracción importante de la radiación infrarroja térmica, algo que el vidrio no hace. Y aun así, el interior se calienta. La razón la había intuido ya en 1909 el físico estadounidense Robert W. Wood con un experimento sencillo: construyó dos cajas, una con tapa de vidrio y otra con tapa de sal gema, transparente al infrarrojo, y comprobó que ambas se calentaban casi lo mismo. Lo que hace un invernadero, sobre todo, es impedir que el aire caliente del interior suba y se mezcle con el de fuera; es decir, bloquear la convección. Por eso los plásticos agrícolas modernos se fabrican con aditivos que los vuelven más opacos al infrarrojo y con estabilizantes contra la radiación ultravioleta que los degrada, y en verano los agricultores los encalan para reflejar parte del sol.
Del Campo de Dalías al mayor mar de plástico de Europa
En los años 50, el Campo de Dalías, en el poniente almeriense, era una llanura semiárida de matorral y pequeñas parcelas. Los agricultores empezaron a extender sobre la tierra una capa de estiércol y otra de arena, el llamado enarenado, que conservaba la humedad y aislaba la raíz del agua subterránea salina, y después añadieron cubiertas de plástico contra el viento. Funcionó mucho mejor de lo esperado. Luego llegaron el riego por goteo, los cultivos sin suelo, el control climático y el control biológico de plagas. Según la Junta de Andalucía, la superficie cubierta ronda hoy las 33.000 hectáreas, algo más que la isla de Malta, y en la campaña 2024/2025 superó los cuatro millones de toneladas de frutas y hortalizas y unos 3.716 millones de euros en exportaciones.
Por qué importa hoy
El 10 de septiembre de 2026, Gizmodo recordaba el efecto más inesperado de aquella transformación. Entre 1983 y 2006, investigadores de la Universidad de Almería midieron en la zona cubierta por invernaderos una tendencia de enfriamiento de unas tres décimas de grado por década, mientras el sureste peninsular que la rodea se calentaba. La explicación es física pura: los techos blanqueados reflejan mucha más luz solar que el suelo oscuro que había antes. El estudio, publicado en 2008 en el Journal of Geophysical Research, calculó un aumento del albedo, la fracción de luz reflejada, de unas nueve centésimas, y trabajos posteriores con modelos atmosféricos estimaron un enfriamiento medio anual cercano a un cuarto de grado. Es un efecto local, no un remedio contra el cambio climático. La otra cara del invento también es química: el polietileno que Emmert eligió por barato y resistente es precisamente el que tarda décadas en degradarse. En abril de 2026, eldiario.es documentaba la acumulación de plásticos, rafias y restos de invernadero en caminos y barrios de la periferia de Almería capital, con un coste de tratamiento de entre 150 y 250 euros por hectárea; la organización agraria COAG advertía del riesgo de saturación de las plantas de reciclaje al final de la campaña y señalaba que separar la rafia puede reducir hasta un 80% el volumen de residuos. Noventa y tres años después de que una fuga de oxígeno fabricara por casualidad una cera blanca en Inglaterra, el reto de la agricultura bajo plástico ya no es cubrir la tierra, sino qué hacer con lo que queda cuando la cubierta se retira.