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Un ingeniero se fijó en que, en un huerto seco, un solo árbol crecía gigante sin que nadie lo regara. Excavó bajo sus raíces y encontró una tubería que goteaba. De aquella fuga nació el riego por goteo.

A comienzos de los años 30, el ingeniero hidráulico Simcha Blass descubrió que una pequeña fuga en un empalme mantenía húmedo, bajo tierra, un bulbo de suelo que alimentaba a un árbol mucho más grande que sus vecinos.

✍️ Montse 📅 25 de September de 2026 ⏱ 7 min de lectura 👁 30 visitas
Un ingeniero se fijó en que, en un huerto seco, un solo árbol crecía gigante sin que nadie lo regara. Excavó bajo sus raíces y encontró una tubería que goteaba. De aquella fuga nació el riego por goteo.

Un árbol que crecía sin agua

Simcha Blass nació en Varsovia el 27 de noviembre de 1897 y se formó como ingeniero en esa ciudad, con los estudios interrumpidos por la guerra entre Polonia y la Rusia soviética. En el ejército polaco inventó un aparato meteorológico para medir la dirección y la fuerza del viento, y más tarde patentó una sembradora de trigo que funcionaba pero no resultó rentable. Instalado en la Palestina del Mandato británico, entre 1930 y 1948 se convirtió en el ingeniero del agua más conocido de la comunidad judía: fue ingeniero jefe y uno de los fundadores, en 1937, de la compañía de aguas Mekorot, y después dirigió a los planificadores del Acueducto Nacional de Israel. A principios de los años 30, un agricultor le enseñó un árbol de su patio que crecía mucho más que los demás sin que nadie lo regara. Blass excavó bajo la superficie, aparentemente seca, y encontró la explicación: un empalme de una tubería goteaba sin parar. En la superficie apenas se veía una pequeña mancha húmeda, pero bajo tierra el agua se había extendido en una zona con forma de cebolla que llegaba justo a las raíces de ese árbol, y de ningún otro.

La física de una gota que no se atasca

La idea de regar gota a gota no era del todo nueva, pero chocaba con un problema físico. Para que una tubería con presión suelte solo unos pocos litros por hora en cada punto, lo intuitivo es hacer un agujero diminuto. Y un agujero diminuto se tapona enseguida con cualquier grano de arena, alga o depósito de cal. La solución de Blass fue disipar la presión por otro camino: en lugar de un orificio minúsculo, el agua recorre un paso más ancho pero largo y estrecho, en el que el rozamiento contra las paredes va consumiendo la energía de la presión hasta que el líquido sale convertido en gotas. Es el mismo principio por el que el agua pierde fuerza al atravesar una manguera muy larga: la pérdida de carga por fricción crece con la longitud del recorrido. Un paso más ancho permite que las partículas finas lo atraviesen sin bloquearlo. Hacía falta, además, un material barato, flexible y moldeable, y llegó con la expansión de los plásticos tras la Segunda Guerra Mundial. En 1956 Blass dejó el servicio público, reabrió su oficina de ingeniería y se puso a trabajar en la idea con su hijo Yeshayahu. En 1959 instaló el primer sistema experimental, y a comienzos de los años 60 patentó el método: fue el primer gotero de superficie verdaderamente práctico.

El ángulo que rara vez se cuenta: un ingeniero al que nadie quería escuchar y un kibutz en pleno desierto

Entre 1960 y 1965, Blass vendió sus sistemas por su cuenta, dentro y fuera de Israel, sin lograr el salto industrial. En 1965 pidió al responsable de la industria de los kibutz que le buscara una comunidad capaz de fabricar su invento, y eligió Hatzerim, un kibutz del desierto del Néguev que buscaba actividades más allá de la agricultura. El 10 de agosto de 1965 firmaron el contrato que fundó Netafim, con un 80% para el kibutz y un 20% para Blass y su hijo, y la producción arrancó en 1966. En marzo de 2026, Naty Barak, miembro de aquel kibutz y hoy asesor de Netafim en Estados Unidos, recordaba que eran un pequeño grupo de agricultores intentando cultivar en un suelo pobre y con poca agua cuando se les presentó un ingeniero con una propuesta que nadie más había querido escuchar; decidieron probarla en sus propios huertos porque el riesgo era pequeño. A partir del modelo original de Blass, un fino tubo que se comparaba con un espagueti, los ingenieros de la empresa desarrollaron el gotero integrado en la tubería. Hay otra curiosidad en su biografía: en 1946, Blass había planificado la primera conducción de agua hasta el Néguev con tuberías que se habían usado en Londres para apagar incendios durante los bombardeos alemanes, compradas como material sobrante tras la guerra.

El bulbo húmedo: capilaridad contra evaporación

Lo que Blass vio al excavar bajo aquel árbol es exactamente lo que ocurre bajo cada gotero. El agua que cae en un punto no se extiende por la superficie, sino que se reparte hacia abajo por la gravedad y hacia los lados por la capilaridad, la tendencia del agua a avanzar por los poros finos del suelo. Se forma así un bulbo húmedo, más ancho en suelos arcillosos y más alargado en suelos arenosos, que concentra el agua justo donde están las raíces. Como la superficie mojada es mínima, se evapora mucha menos agua que con la inundación de surcos o la aspersión, apenas hay escorrentía y las hojas permanecen secas, lo que reduce las enfermedades causadas por hongos. Por el mismo tubo, además, se pueden disolver los fertilizantes y llevarlos a la raíz, una técnica llamada fertirrigación.

Por qué importa hoy

Netafim, que llegó a controlar más del 30% del mercado mundial del riego por goteo, ingresó alrededor de 1.000 millones de dólares en 2024 y opera en unos 110 países. Su dueño mayoritario desde 2018, el grupo mexicano Orbia, con el 80%, busca venderla para reducir su deuda: en febrero de 2026, la prensa económica israelí informó de negociaciones con un consorcio encabezado por el empresario chino Haoyu Wang que valorarían la compañía en unos 1.400 millones de dólares, una operación que en esas fechas seguía sin cerrarse. El kibutz Hatzerim conserva el 20% restante. En España, el goteo es el eje de la modernización de regadíos en la que el país invierte desde el año 2000: hace una década se presupuestaron más de 2.900 millones de euros, y el Gobierno prevé ahora unos 2.700 millones hasta 2027. Según los datos oficiales, que varían según el periodo y la fuente, el consumo agrario de agua ha caído entre un 10% y un 20% desde 2000. Pero el 18 de septiembre de 2026, Xataka contaba el reverso de esa eficiencia en la comarca leonesa del Órbigo. La Presa de la Tierra, un canal de riego que funcionaba desde 1524, lleva más de un año completamente seca tras un proyecto de modernización de más de 12 millones de euros, gestionado por la sociedad estatal SEIASA, que sustituyó la vieja acequia por tuberías enterradas y una balsa para 1.970 regantes y 1.260 hectáreas. Las filtraciones que el sistema antiguo «desperdiciaba» eran, en realidad, las que alimentaban ríos, acuíferos y huertos familiares; el catedrático de la Universidad de León Eloy Bécares advierte de que el mejillón de río, una especie en peligro de extinción, ya ha desaparecido de los pueblos de la ribera, y el conflicto ha llegado a los tribunales. Los especialistas en hidráulica lo resumen con una distinción física sencilla: el goteo reduce el agua que se usa en cada parcela, pero casi toda la que aplica la evaporan las plantas y no regresa a la cuenca, y el ahorro aparente suele terminar ampliando la superficie regada. Noventa años después de que una fuga enseñara a Blass a llevar el agua solo hasta la raíz, el reto ya no es que no se pierda ni una gota, sino decidir para quién eran las gotas que antes se perdían.

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