Su padre quería hacerlo pastor de la Iglesia de Escocia y dejó de mantenerlo cuando eligió la química. Aquel joven descubrió cómo escapan los gases, inventó la palabra diálisis.
El químico escocés Thomas Graham (1805-1869) formuló en 1833 la ley de difusión de los gases que lleva su nombre, bautizó en 1861 los coloides y la diálisis, y en 1866 demostró que los gases atraviesan el caucho disolviéndose en él.
Un hijo que desobedeció
Thomas Graham nació en Glasgow en diciembre de 1805, hijo de un próspero fabricante textil. Entró en la Universidad de Glasgow con solo 14 años con la idea, alentada por su padre, de convertirse en ministro de la Iglesia de Escocia. Pero allí asistió a las clases de Thomas Thomson, uno de los primeros defensores de la teoría atómica de John Dalton, y la química lo atrapó. Su padre desaprobó el cambio y le retiró su apoyo económico, así que Graham tuvo que abrirse camino por su cuenta. Enseñó química en Glasgow, en 1837 se convirtió en catedrático del University College de Londres y en 1841 fue uno de los fundadores y el primer presidente de la Sociedad Química de Londres.
La ley de los gases que escapan
Graham quería entender cómo se mezclan los gases. Cerró un tubo de vidrio con un tapón de yeso poroso, lo llenó de un gas y lo dejó en contacto con el aire. Midiendo cuánto gas salía y cuánto aire entraba, descubrió una regularidad sorprendentemente sencilla: la velocidad con que un gas se difunde es inversamente proporcional a la raíz cuadrada de su densidad. El hidrógeno, dieciséis veces menos denso que el oxígeno, escapa cuatro veces más deprisa. Publicó la ley en 1833 y más tarde la extendió a la efusión, el paso de un gas a través de un orificio diminuto. Hoy se enseña como ley de Graham y se explica con la teoría cinética: a la misma temperatura, las moléculas ligeras se mueven más rápido. En 1861 trasladó la pregunta a los líquidos. Hizo pasar sustancias disueltas a través de una lámina de pergamino vegetal y comprobó que unas, como la sal común, la atravesaban con facilidad, mientras otras, como la goma arábiga o la gelatina, apenas se movían. Llamó a las primeras cristaloides, a las segundas coloides, y al procedimiento, diálisis. Aquella palabra acabaría en los hospitales cuando, en el siglo XX, se construyeron los primeros riñones artificiales.
El ángulo que rara vez se cuenta: el caucho no era un colador
En 1866, con más de sesenta años, Graham publicó un estudio sobre cómo los gases atraviesan láminas de caucho. Retomaba unas observaciones del médico estadounidense John Kearsley Mitchell, que décadas antes había visto que distintos gases cruzaban las membranas de caucho a velocidades muy diferentes, y que el amoníaco era de los más rápidos. Graham midió con cuidado el paso de cada gas y llegó a una conclusión contraria a la intuición: el caucho no tenía poros. Los gases no lo cruzaban como el agua un colador, sino que primero se disolvían en el propio material, como el azúcar en el té, recorrían su interior y se liberaban por el otro lado. Por eso la velocidad ya no dependía de la densidad, como en su ley, sino de lo bien que cada gas se disolvía en el caucho. Con esa idea logró enriquecer parcialmente el aire en oxígeno, un proceso que llamó atmólisis. Lo hizo mientras ocupaba un cargo que lo agotaba: desde mediados de la década de 1850 era director de la Real Casa de la Moneda británica, sucesor de John Herschel en el puesto que siglo y medio antes había ocupado Isaac Newton. Graham murió en Londres en septiembre de 1869 y fue el último en ejercer aquel cargo como puesto independiente.
La química de una granja que pierde nitrógeno por el aire
En una granja porcina o avícola, la urea de la orina y el ácido úrico de las deyecciones de las aves se descomponen por la acción de enzimas bacterianas y liberan amoníaco, NH3, un gas ligero y de olor penetrante que escapa del purín y del aire de las naves. Ese amoníaco es nitrógeno perdido: el mismo nutriente que después hay que volver a comprar en forma de fertilizante. Y cuando llega a la atmósfera, reacciona con otros contaminantes para formar partículas finas, acidifica los suelos y, al depositarse, fertiliza en exceso ríos y ecosistemas. La ganadería es una de las principales fuentes de emisiones de amoníaco en Europa. La tecnología de LIFE Green Ammonia es heredera de la pregunta que obsesionó a Graham: cómo lograr que una lámina deje pasar un gas y retenga todo lo demás. Sus membranas tubulares son hidrófobas, repelen el agua líquida, pero son permeables a los gases. Por el interior de los tubos circula una solución ácida en la que el amoníaco libre es prácticamente inexistente, y esa diferencia de concentración empuja el gas a través de la pared. Al otro lado reacciona con el ácido y queda atrapado como sulfato de amonio, una sal que se usa como abono desde el siglo XIX. Todo ocurre a presión atmosférica y con poco consumo de energía.
Por qué importa hoy
El 16 de septiembre de 2026 se conoció que Agropecuaria del Centro Agrocesa, empresa ganadera con sede en Valladolid vinculada al Grupo Vall Companys, participa en el paso al mercado de la tecnología desarrollada por LIFE Green Ammonia. El proyecto arrancó en octubre de 2021, terminó oficialmente el 31 de marzo de 2026 y ha contado con más de 2,5 millones de euros, financiación del programa LIFE de la Unión Europea y un consorcio coordinado por la Fundación General de la Universidad de Valladolid, en el que participan la propia universidad y el Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León. Heredero de un proyecto anterior, LIFE Ammonia Trapping, desarrolló dos modelos: uno que captura el amoníaco del aire de las naves y otro que trabaja directamente sobre los purines. Tras probarse en granjas porcinas y avícolas de España y Portugal, alcanzó en marzo de 2026 el nivel de madurez TRL 9, el de una tecnología demostrada en condiciones reales, y comunicó una reducción global del 45% de las emisiones de amoníaco. El sulfato de amonio recuperado muestra una eficacia comparable a la de los fertilizantes convencionales y podría venderse concentrado o en solución para fertirrigación. La tecnología está patentada y aspira a ser reconocida como Mejor Técnica Disponible en la normativa ambiental europea para las granjas. Queda la prueba económica: todavía no se han publicado cifras homogéneas de inversión por explotación, coste de funcionamiento o plazo de retorno. Ciento sesenta años después de que un químico agotado por la burocracia de la Casa de la Moneda demostrara que una lámina puede elegir qué gas deja pasar, esa misma selectividad decide si el nitrógeno de una granja se pierde en el aire o vuelve a la tierra.