Un técnico que nunca terminó el instituto echó hielo seco en un congelador para enfriarlo un día de calor, sopló dentro y vio nacer millones de cristales de hielo.
En julio de 1946, Vincent Schaefer, investigador autodidacta del laboratorio de General Electric en Schenectady (Nueva York) y ayudante del Nobel Irving Langmuir, descubrió que una pizca de hielo seco convertía una nube sobreenfriada en cristales de hielo
Un aprendiz sin título en el laboratorio de un Nobel
Vincent Joseph Schaefer nació el 4 de julio de 1906 en Schenectady, en el estado de Nueva York. Dejó los estudios secundarios para ayudar a su familia y entró en General Electric como aprendiz de maquinista. Su habilidad con las manos llamó la atención de Irving Langmuir, el químico de la casa que había ganado el Premio Nobel de Química en 1932 por sus estudios sobre las superficies, y Schaefer acabó convertido en su ayudante de investigación. Nunca obtuvo un título universitario, pero llegó a registrar catorce patentes. Tras varias subidas al monte Washington, en New Hampshire, donde el hielo lo cubría todo incluso en verano, Schaefer y Langmuir se obsesionaron con una pregunta aparentemente sencilla: por qué tantas nubes seguían formadas por gotas líquidas a temperaturas muy por debajo de cero.
Un congelador, un día de calor y un aliento
Schaefer montó un laboratorio de nubes improvisado: un congelador doméstico de General Electric, abierto por arriba, forrado de terciopelo negro para distinguir mejor los cristales e iluminado con una lámpara. Bastaba con echar el aliento dentro para crear una pequeña nube de gotitas a varios grados bajo cero. Durante semanas espolvoreó sobre ella sal, talco, polvo del suelo y decenas de sustancias, esperando que alguna hiciera aparecer hielo. Casi nada funcionaba. El 14 de julio de 1946, un día caluroso y húmedo, el congelador no enfriaba lo suficiente y Schaefer echó un trozo de hielo seco, dióxido de carbono sólido a unos 78 grados bajo cero, solo para bajar la temperatura. Al soplar de nuevo, la nube se llenó de golpe de millones de cristales diminutos que centelleaban bajo la luz de la lámpara. Enseguida comprobó que un simple grano de hielo seco bastaba para desencadenar el efecto.
El ángulo que rara vez se cuenta: el hermano del novelista y una novela sobre el fin del mundo
Faltaba llevarlo al cielo. El 13 de noviembre de 1946, Schaefer despegó del aeropuerto del condado de Schenectady en una avioneta pilotada por Curtis Talbot, persiguió una nube estratiforme sobreenfriada durante unos 95 kilómetros hacia el este y, sobre el monte Greylock, en Massachusetts, dejó caer unas seis libras, alrededor de 2,7 kilos, de hielo seco triturado. En pocos minutos la nube cambió de forma y empezaron a desprenderse de su base cortinas de nieve. El hielo seco tenía un inconveniente: caía demasiado rápido y había que soltarlo desde un avión. Ahí entró en juego Bernard Vonnegut, químico del mismo laboratorio y hermano mayor del novelista Kurt Vonnegut. En lugar de probar sustancias al azar, buscó en las tablas de cristalografía un compuesto cuyos átomos se ordenaran con la misma geometría hexagonal que el hielo y a distancias casi idénticas. Encontró el yoduro de plata, y el 14 de noviembre de 1946 comprobó que su humo congelaba las nubes de laboratorio a partir de unos cinco grados bajo cero. Poco después, Kurt empezó a trabajar en el departamento de relaciones públicas de General Electric y escuchó allí las historias de aquel laboratorio. En 1963 publicó «Cuna de gato», cuyo científico inventa el hielo-nueve, un cristal capaz de congelar toda el agua del planeta con solo tocarla, una idea que la crítica relaciona con los experimentos de su hermano. General Electric abandonó su proyecto de modificación del tiempo en 1952.
La física de una nube que no se atreve a congelarse
Una gota de agua pura y diminuta puede seguir líquida hasta cerca de 40 grados bajo cero, porque para congelarse necesita que unas pocas moléculas se ordenen primero en un embrión de cristal, y ese primer paso es muy improbable sin ayuda. En la naturaleza, esa ayuda la dan partículas de polvo mineral, polen o incluso bacterias: los llamados núcleos glaciógenos. El hielo seco actúa por frío: enfría tanto el aire a su paso que las gotas se congelan por sí solas. El yoduro de plata actúa por forma: su red cristalina hexagonal se parece tanto a la del hielo, con diferencias de apenas un 1% o 2% en las distancias entre átomos, que las moléculas de agua se colocan sobre ella como si ya estuvieran en un cristal. Una vez nacen los primeros cristales, entra en juego el proceso de Bergeron-Findeisen: la presión de vapor de saturación es menor sobre el hielo que sobre el agua líquida, de modo que los cristales roban vapor a las gotas vecinas, crecen, ganan peso y caen como nieve o, si atraviesan aire templado, como lluvia. En las tormentas se aplica la misma idea con el objetivo contrario: repartir el agua entre muchísimos más núcleos para que las piedras de granizo resulten más pequeñas. En España, los programas antigranizo de Aragón y de la Comunidad de Madrid han utilizado generadores terrestres que liberan yoduro de plata en las corrientes ascendentes solo en los días de riesgo, sin recurrir a aviones.
Por qué importa hoy
El 18 de septiembre de 2026, la Secretaría de Agricultura y Ganadería de Honduras anunció que preparaba unos 20 vuelos de siembra de nubes para intervenir hasta dos millones de hectáreas afectadas por la sequía, en alianza con empresas privadas hondureñas y una compañía mexicana especializada. Su titular, Moisés Abraham Molina, explicó que la aeronave ya estaba en el país y que las operaciones dependerían de que aparecieran nubes con las condiciones atmosféricas adecuadas. La prensa hondureña detalló que el plan contempla adquirir 2.000 litros de yoduro de plata, unos 100 por vuelo durante tres meses, con un coste de entre 600.000 y 700.000 dólares, para favorecer la recuperación de agua en zonas agrícolas y ganaderas y en las fuentes que abastecen a las represas. No todos lo ven claro: el meteorólogo hondureño César Quintanilla sostiene que las lluvias naturales previstas para finales de septiembre y octubre bastarán para la siembra tardía de postrera y considera la operación un gasto innecesario. La ciencia arrastra desde hace ochenta años la misma dificultad: saber cuánta lluvia habría caído sin sembrar. En 2020, el experimento SNOWIE, en las montañas de Idaho, consiguió seguir con radar cómo la siembra con yoduro de plata generaba nieve medible dentro de nubes invernales, pero su eficacia en nubes tropicales y a gran escala sigue siendo objeto de debate. Setenta y nueve años después de que un aprendiz de maquinista soplara dentro de un congelador en un día de calor, la pregunta que decide si merece la pena invertir en el cielo sigue siendo la misma: cuánta agua cae gracias a la química y cuánta habría caído de todos modos.