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Un joven químico ruso viajó a Alemania para aprender con el mejor maestro de su época, analizó unas semillas traídas de América y aisló de ellas un polvo amargo que nadie había visto. Lo llamó con el nombre que Linneo había dado al árbol.

En 1841, Alexander Woskresensky, discípulo de Justus von Liebig en Giessen y maestro de una generación de químicos rusos que incluyó a Dmitri Mendeléyev, aisló la teobromina de las semillas de cacao.

✍️ Montse 📅 02 de October de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 22 visitas
Mortero antiguo con semillas de cacao molidas y cristales blancos de teobromina, con un árbol de cacao bajo una lluvia intensa al fondo

Un ruso en el laboratorio más famoso de Europa

Alexander Abramovich Woskresensky nació en 1809 en Torzhok, en la provincia rusa de Tver. Estudió en el Instituto Pedagógico de San Petersburgo y, como tantos químicos prometedores de su generación, fue enviado a completar su formación en Alemania. En la segunda mitad de la década de 1830 llegó a Giessen, al laboratorio de Justus von Liebig, entonces la escuela de química más influyente del mundo, donde los estudiantes aprendían a analizar sustancias orgánicas quemándolas y pesando con precisión el agua y el dióxido de carbono que producían. Allí Woskresensky se ganó una reputación de analista minucioso. En 1838 estudió el ácido quínico, extraído de la corteza de la quina, y obtuvo de él un compuesto amarillo que resultó ser la primera quinona conocida.

El polvo amargo de las semillas de cacao

De vuelta en San Petersburgo, siguió aplicando el método de Giessen a productos naturales. Hacia 1841 analizó las semillas de cacao, que Europa conocía desde hacía tres siglos como materia prima de una bebida de lujo, y consiguió separar de ellas un sólido blanco, cristalino y muy amargo, con nitrógeno en su composición. Lo publicó en 1842 en la revista de su maestro, Annalen der Chemie, con un nombre derivado del género botánico del árbol, Theobroma, que Carlos Linneo había acuñado en 1753 a partir del griego: alimento de los dioses. Así nació la teobromina. Décadas después se comprobó que era prima hermana de la cafeína: a finales del siglo XIX, el químico alemán Emil Fischer, que ganaría el Nobel de Química en 1902, aclaró la estructura de esta familia de compuestos, las purinas, y sintetizó varias de ellas.

El ángulo que rara vez se cuenta: el abuelo de la química rusa

Woskresensky no pasó a la historia por sus descubrimientos, sino por sus alumnos. Durante décadas enseñó química en varias instituciones de San Petersburgo y formó a una generación entera de científicos rusos, hasta el punto de que se le llegó a llamar el abuelo de la química rusa. Entre sus estudiantes figuró un joven siberiano de salud frágil llamado Dmitri Mendeléyev, que años después ordenaría los elementos en la tabla periódica. El químico que puso nombre al alimento de los dioses fue también uno de los maestros del hombre que puso orden en todos los elementos conocidos.

La química y la física de un árbol delicado

La teobromina es una dimetilxantina: tiene la misma estructura de dos anillos que la cafeína, pero con un grupo metilo menos. Esa pequeña diferencia la hace un estimulante mucho más suave para las personas y, en cambio, peligrosa para los perros, que la eliminan con gran lentitud. Para el cacao, un árbol de sotobosque originario de la Amazonía, estas moléculas amargas forman parte de su defensa química frente a los animales que se comen sus semillas, pero esa defensa no sirve de nada frente al agua. El cacao florece directamente sobre el tronco, con flores diminutas que dependen de insectos polinizadores muy pequeños, y tarda varios meses en convertir cada flor fecundada en una mazorca madura. Las gotas grandes de un aguacero golpean las flores, salpican esporas desde el suelo hasta las mazorcas y mantienen la humedad que favorece a hongos y oomicetos como los que causan la podredumbre negra, una de las enfermedades más destructivas del cultivo.

Por qué importa hoy

En septiembre de 2026, un equipo encabezado por Anna Lea Albright, investigadora del Centro de Medio Ambiente de la Universidad de Harvard, publicó en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) un estudio que combina datos de producción por distritos de Ghana, uno de los mayores productores mundiales, con registros meteorológicos diarios de unas dos décadas. Tras eliminar las tendencias de largo plazo, los investigadores comprobaron que el exceso de lluvia durante la temporada húmeda, sumado a la sequía de la estación seca, explica aproximadamente dos tercios de las variaciones de un año a otro en las cosechas. Al analizar Ecuador e Indonesia encontraron el mismo patrón: los años de lluvias más intensas en la estación húmeda tienden a traducirse en peores cosechas. Los extremos de precipitación están ligados a fenómenos como El Niño o a las temperaturas del Atlántico, que pueden anticiparse con meses de margen, lo que abre la puerta a avisos tempranos para los agricultores. El coautor Peter Huybers apuntó medidas concretas: más cubierta de copas para proteger las flores de las gotas grandes y más hojarasca en el suelo para evitar las salpicaduras que transmiten infecciones. Los autores reconocen límites: el sector afronta a la vez árboles envejecidos, minería ilegal de oro, fertilizantes caros y plagas, y los pluviómetros no siempre registran bien los aguaceros más violentos. Ciento ochenta y cinco años después de que un químico ruso aislara el alimento de los dioses, el futuro del chocolate empieza a depender de algo tan físico como el tamaño de una gota de lluvia.

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