Un profesor de Basilea notó un olor extraño cada vez que hacía pasar corriente por el agua y lo bautizó con la palabra griega para «oler».
En 1839, el químico alemán Christian Friedrich Schönbein, catedrático en la Universidad de Basilea, identificó el ozono por su olor durante la electrólisis del agua y lo presentó en 1840. En 1845 descubrió además el algodón pólvora.
Un olor que no debía estar allí
Christian Friedrich Schönbein nació en 1799 en Metzingen, en el reino de Wurtemberg, y empezó a trabajar con 13 años como aprendiz en una fábrica de productos químicos. Sin título de bachiller, se formó a base de empleos, clases sueltas en Tubinga y Erlangen y una estancia en Inglaterra y Francia. En 1828 llegó a la Universidad de Basilea, en Suiza, donde fue catedrático de química y física durante casi cuatro décadas. Allí se interesó por lo que ocurría cuando una corriente eléctrica atravesaba el agua, el experimento que había abierto la electroquímica a comienzos de siglo. Y se fijó en un detalle que otros atribuían a la electricidad misma: junto al electrodo donde se desprendía el oxígeno aparecía un olor penetrante, parecido al que queda en el aire después de una tormenta con muchos rayos.
Un gas con nombre de olor
Schönbein sostuvo que aquel olor no era la electricidad, sino una sustancia nueva que se formaba en el proceso. En 1839 describió sus observaciones y en 1840 la presentó ante la Sociedad de Ciencias Naturales de Basilea con un nombre tomado del griego ozein, oler: ozono. Comprobó que se producía también con chispas eléctricas en el aire y que era un oxidante extraordinariamente enérgico, capaz de atacar metales y materia orgánica. No supo, sin embargo, qué era exactamente. Pasaron más de veinte años hasta que el químico suizo Jacques-Louis Soret demostró, en 1865, que se trataba de una forma del oxígeno con tres átomos por molécula en lugar de dos: O3.
El ángulo que rara vez se cuenta: el delantal que ardió en un fogonazo
Schönbein es más recordado en los libros de historia militar que en los de agricultura. Según la anécdota que se repite desde el siglo XIX, en 1845 derramó en la cocina de su casa una mezcla de ácido nítrico y ácido sulfúrico, la limpió con un delantal de algodón de su esposa y lo colgó junto a la estufa para que se secara. El delantal se consumió de golpe, en un fogonazo casi sin humo. Los ácidos habían transformado la celulosa del algodón en nitrocelulosa. Schönbein la bautizó como algodón pólvora, la ofreció a varios gobiernos y las primeras fábricas sufrieron explosiones devastadoras antes de que se aprendiera a estabilizarla. El mismo hombre que había descubierto uno de los oxidantes más enérgicos del aire acababa de fabricar, por accidente, uno de los primeros explosivos modernos.
La química de un contaminante que no sale de ninguna chimenea
En la estratosfera, entre 15 y 35 kilómetros de altura, el ozono es un escudo que absorbe la radiación ultravioleta más dañina. A ras de suelo es otra cosa. El ozono troposférico no se emite directamente: se fabrica en el aire cuando los óxidos de nitrógeno del tráfico y la industria y los compuestos orgánicos volátiles de disolventes, vegetación o incendios reaccionan bajo la luz del sol. La radiación rompe el dióxido de nitrógeno, libera un átomo de oxígeno suelto y ese átomo se une a una molécula de oxígeno para formar O3. Por eso los peores episodios coinciden con el calor y los días largos, y por eso el ozono se acumula a menudo lejos de las ciudades, en el campo, adonde el viento arrastra los precursores. La primera prueba de que esto dañaba los cultivos llegó de Los Ángeles: a comienzos de los años cincuenta, el químico neerlandés Arie Haagen-Smit, del Instituto de Tecnología de California, que había estudiado el aroma de la piña, demostró que el smog que dañaba las hojas de los cultivos de la región era producto de esas reacciones fotoquímicas. El ozono entra en la hoja por los estomas, los mismos poros por los que la planta toma el dióxido de carbono, oxida las membranas de las células, acelera el envejecimiento de las hojas y reduce la fotosíntesis. El trigo, la soja y el arroz figuran entre los cultivos más sensibles.
Por qué importa hoy
A finales de septiembre de 2026, el Servicio de Vigilancia Atmosférica de Copernicus (CAMS), gestionado por el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio en nombre de la Comisión Europea, publicó Atmosphere Watch, un análisis global del estado del aire en los primeros ocho meses del año que combina millones de observaciones de satélites, estaciones terrestres y aviones. Su conclusión principal es que el calor extremo y la contaminación de origen humano expusieron a casi el 40% de la población mundial a niveles peligrosos de ozono troposférico, y que solo el 5% respiró niveles considerados buenos según las directrices de la Organización Mundial de la Salud. Asia fue la región más afectada: el 60% de su población soportó niveles extremadamente altos. En Europa, las repetidas olas de calor del verano dejaron a la mitad de los habitantes con niveles deficientes o peores, y en América del Norte los incendios forestales añadieron precursores hasta afectar a más de dos tercios de la población. El informe recuerda que el ozono daña la salud, los ecosistemas y el rendimiento de los cultivos, y su directora, Laurence Rouil, subrayó que la contaminación y el cambio climático condicionan incluso nuestra capacidad para cultivar alimentos. El ozono es además un gas de efecto invernadero, lo que cierra un círculo vicioso: el calentamiento favorece su formación y su presencia refuerza el calentamiento. Ciento ochenta y siete años después de que un profesor de Basilea siguiera un olor junto a un electrodo, la molécula que bautizó por la nariz se ha convertido en una de las amenazas menos visibles para las cosechas del hemisferio norte.