Era un boticario de pueblo que olía y probaba todo lo que fabricaba. Descubrió el oxígeno antes que nadie, pero lo publicó tarde; descubrió el cloro y no supo que era un elemento. Se casó dos días antes de morir para que su viuda heredara la farmacia.
En 1774, el farmacéutico sueco Carl Wilhelm Scheele (1742-1786) obtuvo el cloro al tratar un mineral de manganeso con ácido clorhídrico; también descubrió el oxígeno y numerosos ácidos orgánicos.
Un aprendiz de botica con olfato de químico
Carl Wilhelm Scheele nació en 1742 en Stralsund, entonces parte de la Pomerania sueca, y con 14 años entró como aprendiz en una farmacia de Gotemburgo. Nunca fue a la universidad. Aprendió química leyendo de noche y experimentando con los materiales de la botica, y pasó por farmacias de Malmö, Estocolmo y Uppsala antes de instalarse en 1775 en Köping, una pequeña ciudad sueca donde regentó su propia farmacia. Con medios modestos, se convirtió en uno de los químicos experimentales más prolíficos de su siglo: aisló los ácidos tartárico, cítrico, láctico, úrico y oxálico, descubrió la glicerina, preparó el cianuro de hidrógeno y describió compuestos de molibdeno, wolframio y bario.
Un gas verde que blanqueaba las flores
En 1774, Scheele calentó ácido clorhídrico, que entonces se llamaba ácido muriático, con pirolusita, un mineral de dióxido de manganeso. Se desprendió un gas amarillo verdoso, asfixiante, que blanqueaba las flores y las hojas y atacaba los metales. Siguiendo la teoría química dominante, lo interpretó como ácido muriático desflogistizado, es decir, un compuesto al que la reacción había arrancado su flogisto. Durante décadas se pensó que contenía oxígeno. Hasta 1810, el químico británico Humphry Davy no demostró que era un elemento y lo bautizó por su color, del griego chloros, verde amarillento.
El ángulo que rara vez se cuenta: el químico que lo probaba todo
Scheele tenía la costumbre, habitual entonces, de oler y probar las sustancias que obtenía, y dejó descritos sabores y olores de compuestos que hoy se manejan con máxima precaución, entre ellos el cianuro de hidrógeno. También descubrió el oxígeno, al que llamó aire de fuego, antes que el inglés Joseph Priestley, pero su libro sufrió retrasos en la imprenta y no apareció hasta 1777, cuando otros ya habían publicado. Su salud se deterioró pronto y muchos historiadores sospechan que la exposición continuada a sustancias tóxicas influyó en ello. En mayo de 1786, a los 43 años, se casó con Sara Margaretha Pohl, viuda del anterior propietario de la farmacia, para que ella la heredara. Murió dos días después.
La química de la sal que sostiene la industria
Hoy el cloro no se obtiene como lo hizo Scheele, sino por electrólisis de salmuera, agua con sal común. Una corriente eléctrica atraviesa la disolución: en el ánodo, los iones cloruro ceden electrones y se desprende cloro gaseoso; en el cátodo, el agua se reduce y libera hidrógeno, y en la disolución queda hidróxido de sodio, la sosa cáustica. Las plantas modernas separan ambos compartimentos con membranas de intercambio iónico que solo dejan pasar los iones de sodio. De una sola reacción salen tres productos esenciales. El cloro se usa para potabilizar agua y para fabricar PVC, disolventes, intermedios farmacéuticos y numerosos plásticos; la sosa llega a la industria del papel, el aluminio, los jabones y el tratamiento de aguas. Es un ejemplo perfecto de lo que Bruselas llama molécula básica: casi invisible para el consumidor, pero imprescindible para cadenas industriales enteras, y muy sensible al precio de la electricidad.
Por qué importa hoy
Según una nota del Consejo de la UE fechada el 22 de septiembre de 2026, República Checa, Francia, Hungría, Italia, los Países Bajos, Portugal, Eslovaquia y Eslovenia presentaron en el Consejo de Competitividad del 24 de septiembre un documento que reclama aplicar con rapidez las recomendaciones clave de la Alianza de Productos Químicos Críticos. El texto recuerda que el sector químico alimenta a toda la industria europea y a la mayoría de sus cadenas de valor estratégicas. La Alianza, lanzada por la Comisión Europea en octubre de 2025 a partir del Plan de Acción para la Industria Química y reunida por primera vez en asamblea general el 13 de enero de 2026, trabajó en cuatro grupos, uno de ellos dedicado a definir una metodología para identificar las moléculas y los complejos industriales clave para la economía europea, del que salió una lista no exhaustiva de moléculas críticas. Su objetivo es orientar ayudas, vigilar el comercio y coordinar inversiones ante una ola de cierres de plantas que la patronal europea Cefic ha calificado de sin precedentes. Organizaciones ecologistas como la Oficina Europea de Medio Ambiente han criticado que la industria haya tenido demasiado peso en la Alianza y que se deje de lado la necesidad de sustituir las sustancias más peligrosas. Doscientos cincuenta y dos años después de que un boticario de pueblo viera un gas verde blanquear sus flores, Europa discute cuáles de sus moléculas básicas no puede permitirse dejar de fabricar.