Un naturalista brasileño que años después sería el padre de la independencia de su país recogió en una mina de una isla sueca un mineral nuevo y le puso nombre de hoja.
En 1800, el brasileño José Bonifácio de Andrada e Silva describió la petalita, un mineral de la isla sueca de Utö. En 1817, Johan August Arfwedson descubrió en ella el litio en el laboratorio de Jöns Jacob Berzelius, aunque nunca llegó a aislar el metal.
Un mineralogista que acabaría fundando un país
José Bonifácio de Andrada e Silva nació en 1763 en Santos, en el Brasil colonial, y estudió en la Universidad de Coimbra. Portugal lo envió en un largo viaje de formación por las escuelas de minas y los yacimientos de Europa, y en Escandinavia describió varios minerales nuevos. En la isla de Utö, en el archipiélago de Estocolmo, donde había una antigua mina de hierro, identificó dos que acabarían siendo importantes: uno de brillo nacarado que se exfoliaba en láminas finas, al que llamó petalita, del griego petalon, hoja, y otro grisáceo, la espodumena. Publicó la descripción de la petalita en 1800. Dos décadas más tarde, de vuelta en Brasil, se convirtió en consejero del príncipe Pedro y en una de las figuras clave de la independencia de 1822; los brasileños lo recuerdan como el Patriarca de la Independencia. Nada en aquellas dos piedras hacía sospechar lo que escondían.
El 4% que no cuadraba
Johan August Arfwedson nació en 1792 en una familia acomodada de comerciantes suecos. Se licenció en Derecho en Uppsala en 1809 y en mineralogía en 1812, y entró en la Junta Real de Minas en un puesto sin sueldo. Gracias a su amistad con Jöns Jacob Berzelius, uno de los químicos más influyentes de su tiempo, pudo trabajar en su laboratorio privado de Estocolmo. En 1817 se puso a analizar la petalita de Utö. Encontró sílice y alúmina, las pesó con cuidado y vio que las cuentas no salían: faltaba alrededor de un 4% de la masa. Cambió de método y obtuvo una sal poco soluble, un carbonato, de un metal alcalino que no era ni sodio ni potasio. Berzelius propuso llamarlo lithion porque, a diferencia de los otros dos álcalis, asociados a las cenizas vegetales y a los animales, este había aparecido en una piedra, lithos en griego. Arfwedson lo encontró enseguida también en la espodumena y en la lepidolita.
El ángulo que rara vez se cuenta: el descubridor nunca vio su metal
Arfwedson intentó separar el nuevo metal de su óxido calentándolo con hierro y con carbono, como se hacía con otros metales, pero no lo consiguió: el litio se une al oxígeno con tanta fuerza que hacía falta algo más drástico, la electricidad. En 1818, el químico alemán Christian Gmelin observó que sus sales teñían la llama de un rojo intenso, la señal con la que todavía hoy se identifica en el laboratorio. Entre 1818 y 1821, William Thomas Brande y Humphry Davy, en Londres, obtuvieron cantidades minúsculas del metal por electrólisis, y hasta 1855 Robert Bunsen y Augustus Matthiessen no lograron producirlo en cantidades apreciables electrolizando cloruro de litio fundido. Arfwedson murió en 1841 sin haber visto el metal puro que llevaba su descubrimiento. Durante más de un siglo, el litio fue una curiosidad industrial: se usó en grasas lubricantes, vidrios y cerámicas y, desde 1949, como tratamiento psiquiátrico.
La química del metal más ligero
El litio es el metal más ligero de la tabla periódica y uno de los que entrega con más facilidad su único electrón externo: su potencial de reducción es el más negativo de todos los elementos. Esas dos propiedades lo hacen ideal para almacenar mucha energía en poco peso. En una batería de iones de litio, los iones viajan a través del electrolito entre dos electrodos que los alojan en su estructura cristalina, como coches que entran y salen de un aparcamiento, mientras los electrones recorren el circuito exterior y alimentan el motor. La química del cátodo decide el carácter de la batería. En 1997, el grupo de John Goodenough en la Universidad de Texas, con Akshaya Padhi como primer autor, propuso el fosfato de hierro y litio, LiFePO4, un material con estructura de olivino. Almacena algo menos de energía por kilo que los cátodos de níquel y cobalto, pero es más barato, no depende de esos metales escasos, soporta más ciclos de carga y es mucho más estable ante el calor, porque el oxígeno está fuertemente sujeto a los grupos fosfato y no se libera con facilidad aunque la celda se sobrecaliente. Los fabricantes chinos lo perfeccionaron durante dos décadas hasta convertirlo en la química dominante de los coches eléctricos asequibles y del almacenamiento de energía en red.
Por qué importa hoy
El 28 de septiembre de 2026 se conoció que Volkswagen y la china Gotion High-Tech convertirán en una empresa conjunta la gigafactoría que PowerCo, la filial de baterías del grupo alemán, construye en Sagunto, en Valencia. PowerCo conservará el 51% y Gotion, socio de Volkswagen desde 2020, aportará alrededor de 1.100 millones de euros por el 49%. La planta se dedicará a fabricar celdas LFP, y la alianza se extiende a otras dos instalaciones en las que Gotion tendrá la mayoría: una en Šurany, en Eslovaquia, también de celdas LFP, y otra en Kenitra, en Marruecos, centrada en materiales para cátodos, en las que PowerCo aportará unos 470 millones hasta 2030. Volkswagen asegura que mantiene los planes de inversión y empleo anunciados para Valencia, donde PowerCo cifra en más de 3.000 millones de euros la inversión vinculada al emplazamiento y planteó inicialmente una capacidad de 40 gigavatios hora anuales. La operación aún necesita autorizaciones regulatorias y la aprobación de la junta de accionistas de Gotion. Volkswagen calcula que la cuota del LFP en Europa podría pasar de alrededor del 10% actual a entre el 40% y el 60% en 2030, y reconoce que el continente carece de capacidad propia significativa para fabricarlo. Doscientos veintiséis años después de que un futuro prócer brasileño bautizara una piedra laminada en una mina de hierro sueca, el metal escondido en su 4% perdido decide dónde se fabrican los coches eléctricos de Europa.