Intentaba fabricar diamantes con electricidad dentro de un cuenco de hierro. Obtuvo unos cristales brillantes casi tan duros como ellos, les puso un nombre basado en un error químico y los vendió para pulir gemas. Su propia empresa acabó apartándole.
Edward Goodrich Acheson, antiguo empleado de Thomas Edison sin estudios universitarios, calentó una mezcla de arcilla y coque con un arco eléctrico y descubrió el carborundo, el primer carburo de silicio sintético.
Un empleado de Edison sin título
Edward Goodrich Acheson nació el 9 de marzo de 1856 en Washington, Pensilvania, y creció entre las minas de carbón del suroeste del estado. Toda su educación formal se redujo a tres años en una academia; a los 16 dejó los estudios para mantener a su familia tras la muerte de su padre y trabajó como ayudante de topógrafo para un ferrocarril, mientras dedicaba las noches a experimentar con electricidad. En 1880 tuvo la osadía de intentar venderle a Thomas Edison una batería de su invención. No se la compró, pero lo contrató: el 12 de septiembre de 1880 empezó a trabajar en el laboratorio de Menlo Park, buscando un carbono conductor para las bombillas. En 1881 viajó a París con el equipo de Edison para la Exposición Internacional de Electricidad, y después instaló demostraciones de alumbrado eléctrico en lugares como el ayuntamiento de Amberes o el teatro de La Scala de Milán.
Diamantes en un cuenco de hierro
En 1884 dejó a Edison y empezó a investigar cómo fabricar diamantes artificiales en un horno eléctrico. El diamante es carbono puro, y la idea era someter el carbono a temperaturas extremas en presencia de otros materiales. En uno de esos ensayos calentó una mezcla de arcilla y coque en un cuenco de hierro con un arco eléctrico de carbono. Al terminar, encontró adheridos al electrodo unos pequeños cristales hexagonales, brillantes y extraordinariamente duros, capaces de rayar el vidrio y casi cualquier otra cosa. Pensó que eran una combinación de carbono y corindón, el óxido de aluminio del que están hechos los rubíes y los zafiros, y los bautizó carborundo. Se equivocaba en la química: lo que había obtenido era carburo de silicio, un compuesto de carbono y del silicio que aportaba la arcilla. Pero el nombre se quedó.
El ángulo que rara vez se cuenta: un nombre equivocado, una empresa que lo apartó y un segundo invento inesperado
El carborundo era tan escaso al principio que sus primeros compradores fueron talladores de piedras preciosas, que lo usaban para pulir gemas. En 1891, siguiendo una sugerencia de Edison, Acheson montó una planta eléctrica en Port Huron, Míchigan, y fundó la Carborundum Company con una dinamo de 135 caballos. El 28 de febrero de 1893 obtuvo la patente de su método, y la primera fábrica comercial se levantó en las cataratas del Niágara, donde las nuevas centrales hidroeléctricas ofrecían la electricidad barata que exigía un proceso tan voraz; en 1896 ya producía alrededor de 450 toneladas al año de un abrasivo que transformó el pulido de metales, piedra y vidrio. Investigando lo que ocurría al sobrecalentar su carburo, Acheson vio que el silicio se evaporaba y dejaba atrás grafito casi puro: así nació su método para fabricar grafito artificial, que también patentó y comercializó. En 1901, sin embargo, fue apartado de la empresa que había fundado. Acumuló unas 70 patentes y murió en Nueva York el 6 de julio de 1931. Hay un epílogo curioso: en 1905, el químico francés Henri Moissan, premio Nobel, identificó carburo de silicio natural en fragmentos del meteorito del Cañón del Diablo, en Arizona. Es tan raro en la Tierra que el mineral, bautizado moissanita en su honor, se fabrica hoy de forma artificial para joyería como alternativa al diamante, cerrando el círculo del sueño de Acheson.
La física de un semiconductor casi indestructible
El carburo de silicio es algo más que un abrasivo: es un semiconductor. Su banda prohibida, la energía que necesita un electrón para pasar a conducir, ronda los 3,3 electronvoltios en la variedad cristalina más usada en electrónica, frente a 1,1 en el silicio. Eso le permite soportar campos eléctricos unas diez veces más intensos antes de perforarse, conducir el calor unas tres veces mejor y trabajar a temperaturas mucho más altas. En la práctica, un transistor de carburo de silicio puede bloquear altas tensiones con capas mucho más finas, conmutar más deprisa y desperdiciar menos energía en forma de calor. El problema durante décadas fue fabricar cristales perfectos: el horno de Acheson, que todavía se usa para producir el carburo abrasivo, genera cristales pequeños e irregulares. Los monocristales para electrónica se obtienen hoy por sublimación, un proceso desarrollado a partir de los años 50 en el que el material se evapora y se vuelve a depositar lentamente sobre una semilla cristalina, a más de 2.000 grados.
Por qué importa hoy
El carburo de silicio está en los inversores de muchos coches eléctricos, en especial en los de 800 voltios, en cargadores rápidos, en instalaciones solares y en equipos para la red eléctrica, donde cada punto de eficiencia se traduce en más autonomía o menos pérdidas. El siguiente frente son los centros de datos de la inteligencia artificial, cuyo consumo eléctrico no deja de crecer. El 13 de enero de 2026, la empresa estadounidense Wolfspeed anunció que había producido la primera oblea monocristalina de carburo de silicio de 300 milímetros, el mismo diámetro que usan las fábricas de chips de silicio más avanzadas, frente a los 150 y 200 milímetros habituales en este material. El 10 de marzo fue más allá y presentó esa plataforma como base para fabricar, antes del final de la década, grandes piezas intermedias y disipadores de calor para los encapsulados de los chips de inteligencia artificial, cada vez más grandes y con más potencia concentrada. En abril, al presentar los datos de envíos de obleas del primer trimestre, la asociación de la industria de semiconductores SEMI señaló a los dispositivos de potencia, entre ellos los de carburo de silicio y nitruro de galio que convierten la electricidad en los centros de datos, como una nueva pata de la demanda impulsada por la inteligencia artificial. Y el otro invento de Acheson tampoco ha envejecido: buena parte del grafito artificial de los ánodos de las baterías de litio se sigue grafitizando en hornos que llevan su nombre. Ciento treinta y cinco años después de que un antiguo empleado de Edison buscara diamantes en un cuenco de hierro, sus falsos diamantes y su grafito sostienen dos piezas clave de la electrificación.