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Fabricaba boquillas doradas para cigarrillos de lujo usando polvo de bronce en lugar de oro. Un día pensó en cambiar el bronce por óxido de hierro y pegarlo sobre papel: acababa de inventar la cinta magnética. Murió olvidado en 1945.

El ingeniero austríaco Fritz Pfleumer, que trabajaba en Dresde con productos de papel industrial, patentó en 1928 un «portador de escritura sonora»: papel finísimo recubierto de polvo de óxido de hierro.

✍️ Montse 📅 24 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 0 visitas
Fabricaba boquillas doradas para cigarrillos de lujo usando polvo de bronce en lugar de oro. Un día pensó en cambiar el bronce por óxido de hierro y pegarlo sobre papel: acababa de inventar la cinta magnética. Murió olvidado en 1945.

Grabar la voz en un alambre de acero

La idea de guardar sonido en forma de magnetismo era antigua. En 1898, el ingeniero danés Valdemar Poulsen construyó el telegráfono, que grababa la voz sobre un alambre de acero: la corriente del micrófono pasaba por un electroimán que magnetizaba el alambre en movimiento con una intensidad que seguía las variaciones del sonido. El principio funcionaba, pero el soporte era pésimo. El alambre y las cintas de acero eran pesados y caros, se enredaban, costaba cortarlos y empalmarlos, y una bobina de una hora de grabación era un objeto peligroso si se soltaba.

Un ingeniero de boquillas de cigarrillo

Fritz Pfleumer, nacido en Salzburgo en 1881 y formado como ingeniero en Dresde, no trabajaba en la industria del sonido, sino en la del papel. En los años 20, los cigarrillos más caros llevaban la boquilla decorada con pan de oro. Pfleumer ideó un procedimiento mucho más barato: pegar polvo de bronce sobre papel para imitar el brillo dorado. Conocía los grabadores de alambre, y se le ocurrió que el mismo método podía servir para fabricar un soporte magnético ligero: en lugar de bronce, polvo de un material magnetizable. Tras probar distintos materiales, en 1927 recubrió un papel muy fino con polvo de óxido de hierro, usando laca como pegamento. El 31 de enero de 1928 solicitó en Alemania la patente de su «Lautschriftträger», literalmente «portador de escritura sonora», y construyó una máquina para grabarlo. El sonido no era bueno y el papel se rompía con facilidad, pero la cinta tenía dos virtudes que el alambre no ofrecía: podía cortarse con tijeras y empalmarse para editar, y podía borrarse y volver a grabarse.

El ángulo que rara vez se cuenta: el inventor que cedió su idea a dos gigantes y no vio el éxito

Pfleumer sabía que necesitaba una gran empresa. El 1 de diciembre de 1932 cedió a AEG los derechos de uso de su invento. El presidente de AEG, Hermann Bücher, se implicó personalmente y llamó a un amigo en el conglomerado químico I.G. Farben, cuya planta de Ludwigshafen es hoy BASF. El reparto fue claro: AEG diseñaría la máquina y los químicos fabricarían la cinta. Sustituyeron el papel por una película de acetato de celulosa recubierta de óxido de hierro, y en 1934 enviaron los primeros 50.000 metros. El ingeniero Eduard Schüller, de AEG, creó un cabezal en forma de anillo que no desgarraba la cinta. El Magnetófono K1 fue la estrella de la Exposición de Radio de Berlín de 1935, y en noviembre de 1936 grabó en Ludwigshafen un concierto de la Orquesta Filarmónica de Londres dirigida por Thomas Beecham. En 1940, técnicos de la radio estatal alemana descubrieron que añadir una señal de alta frecuencia durante la grabación, la llamada premagnetización, eliminaba casi por completo el siseo de fondo, y la calidad se volvió difícil de distinguir de una emisión en directo. Tras la guerra, el técnico del ejército estadounidense John T. Mullin se llevó dos magnetófonos a su país, y con el cantante Bing Crosby y la empresa Ampex dieron pie en 1948 al Model 200, el grabador que cambió la radio y la música. En 1952, IBM usó cinta magnética para guardar datos en su ordenador 701. Pfleumer ya no lo vio: murió el 29 de agosto de 1945 en Radebeul, cerca de Dresde, sin haber disfrutado del éxito de su idea.

La física de un recuerdo magnético

Cada partícula de la cinta se comporta como un imán diminuto. El campo del cabezal de grabación orienta esas partículas, y cuando la cinta se aleja del cabezal conservan su orientación, una propiedad llamada remanencia que depende de la histéresis del material: hace falta un campo suficientemente intenso para cambiarlas, pero no tanto como para que no se puedan borrar. Al leer, la cinta magnetizada pasa ante otro cabezal y, por la ley de inducción de Faraday, genera en su bobina una pequeña corriente que reproduce la señal. Las cintas de datos actuales ya no usan el óxido de hierro de Pfleumer, sino partículas de ferrita de bario de tamaño nanométrico, y graban miles de pistas en paralelo. Mantienen dos ventajas físicas que ningún disco iguala: una cinta guardada en una estantería no consume energía, y al estar desconectada no puede ser alcanzada por un ciberataque.

Por qué importa hoy

A comienzos de septiembre de 2026, las empresas del consorcio LTO, HPE, IBM y Quantum, publicaron su informe anual de envíos de cinta. En 2024 se batió el récord histórico, con 176,5 exabytes de capacidad, contando la compresión habitual de 2,5 a 1. En 2025 la cifra bajó un 9%, hasta 160,3 exabytes, la segunda mejor de la historia. Pero en el primer trimestre de 2026 la capacidad enviada creció un 57% respecto al mismo periodo del año anterior, impulsada por el archivo de datos para la inteligencia artificial, los archivos tradicionales y las copias de seguridad aisladas frente al secuestro de datos. Contribuyó la llegada, a principios de este año, de los cartuchos LTO-10 de 40 terabytes nativos, capaces de guardar hasta 100 terabytes comprimidos, y la hoja de ruta del consorcio ya contempla varias generaciones más. Noventa y ocho años después de que un fabricante de boquillas de cigarrillos pegara polvo de óxido de hierro sobre papel, la memoria a largo plazo de la era de la inteligencia artificial vuelve a estar hecha de cinta.

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