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Repitió la misma cristalización 167 veces hasta partir en dos un «elemento» que los químicos daban por bueno, y con los restos inventó la luz que iluminó las calles de Europa y la piedra que aún enciende cada mechero.

En 1885, el químico austríaco Carl Auer von Welsbach, discípulo de Robert Bunsen, demostró que el didimio era en realidad una mezcla de dos elementos desconocidos: el praseodimio y el neodimio. Después inventó el manguito incandescente de gas.

✍️ Montse 📅 23 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 0 visitas
Repitió la misma cristalización 167 veces hasta partir en dos un «elemento» que los químicos daban por bueno, y con los restos inventó la luz que iluminó las calles de Europa y la piedra que aún enciende cada mechero.

Un «elemento» que no era uno

A mediados del siglo XIX, las llamadas tierras raras eran el rompecabezas más frustrante de la química. Se trataba de óxidos minerales tan parecidos entre sí que separarlos parecía imposible, y la tabla de Mendeléyev no sabía muy bien dónde colocarlos. Uno de ellos era el didimio, del griego «gemelo», descubierto en 1841 y aceptado durante más de cuarenta años como elemento químico. Carl Auer von Welsbach, nacido en Viena en 1858 en una familia acomodada, estudió en la Universidad de Viena y se doctoró en 1882 en Heidelberg con Robert Bunsen, el mismo que había inventado el espectroscopio con Kirchhoff y el famoso mechero de laboratorio. De Bunsen aprendió dos cosas: la paciencia de la química analítica y el poder de la luz para identificar elementos.

167 cristalizaciones para partir un gemelo en dos

De vuelta en Viena, Auer von Welsbach aplicó a las sales de didimio un método tan lento como obstinado: la cristalización fraccionada, que consiste en disolver una mezcla, dejar que cristalice parcialmente y separar los cristales de lo que queda en disolución, una y otra vez, aprovechando diferencias mínimas de solubilidad. Tras 167 repeticiones, obtuvo dos fracciones con colores distintos, una verde y otra rosada, cuyos espectros de luz eran diferentes. El 18 de junio de 1885 anunció ante la Academia de Ciencias de Viena que el didimio eran dos elementos nuevos. Llamó al verde praseodimio, «gemelo verde», y al rosado neodimio, «gemelo nuevo». Buena parte de la comunidad científica recibió el anuncio con escepticismo.

El ángulo que rara vez se cuenta: un químico de laboratorio que se volvió empresario de la luz, y fracasó antes de triunfar

Mientras calentaba sus muestras de tierras raras en la llama de un mechero Bunsen, Auer von Welsbach se fijó en que algunos óxidos brillaban con una luz intensa. Se le ocurrió impregnar un tejido de algodón con sales de esos elementos y quemarlo, dejando un esqueleto de óxidos que, colocado sobre una llama de gas, emitía luz. Patentó el manguito incandescente en 1885 y fundó una empresa para venderlo, pero su primera fórmula, con óxidos de magnesio, lantano e itrio, daba una luz verdosa y poco agradable, y la compañía quebró en 1889. No se rindió. En 1890 encontró la combinación perfecta: un 99% de óxido de torio y un 1% de óxido de cerio. La luz era blanca, brillante y mucho más eficiente que la de las llamas de gas abiertas, y el manguito Auer se extendió por calles, estaciones y hogares de toda Europa, dando una segunda vida a la iluminación de gas frente a la bombilla de Edison. Pero su inventor ya estaba pensando en la electricidad: a partir de 1898 desarrolló filamentos de osmio, un metal muy resistente al calor, con los que en 1902 comercializó una de las primeras bombillas de filamento metálico, más duradera y eficiente que las de carbono. Y en 1903 patentó el ferrocerio, una aleación de un 70% de cerio y un 30% de hierro que suelta chispas al rascarla: la «piedra» que todavía hoy enciende los mecheros de todo el mundo. Para fabricarla puso en marcha en Treibach, en Carintia, la empresa química que aún lleva ese nombre. En 1901 fue elevado a la nobleza con el título de barón y eligió como lema dos palabras latinas: «plus lucis», más luz.

El último pleito y el primer vistazo a un neutrón

Auer von Welsbach siguió separando tierras raras toda su vida. En 1907 aisló de forma independiente el lutecio, al que quiso llamar casiopeo, y protagonizó con el francés Georges Urbain una de las disputas de prioridad más largas de la historia de la química, que perdió. En sus últimos años se interesó por la radiactividad y trabajó con torio y actinio, y algunos historiadores creen que en 1910 pudo observar, sin saberlo, la activación por neutrones. Murió en su castillo de Welsbach en 1929, a los 70 años.

Por qué importa hoy

Los dos «gemelos» que Auer von Welsbach separó con tanta paciencia se han convertido en metales estratégicos. Los imanes permanentes de neodimio-hierro-boro, a los que se añade praseodimio, son los más potentes que existen y resultan imprescindibles en los motores de los coches eléctricos, los aerogeneradores, los robots y los sistemas de defensa. China produjo en 2025 alrededor del 69% de las tierras raras extraídas en el mundo y concentra hasta el 90% del refinado. En abril de 2025 impuso controles a la exportación de siete tierras raras y en octubre los amplió; tras un acuerdo con Estados Unidos, los suspendió por un año, una tregua que vence el 10 de noviembre de 2026. Analistas de Bloomberg Intelligence calculan que, incluso con la nueva producción prevista fuera de China, el mundo podría enfrentarse a un déficit del 36% de neodimio-praseodimio en 2030. Europa intenta reaccionar: en septiembre de 2025, la empresa Neo Performance Materials inauguró en Narva, Estonia, la mayor planta de imanes de tierras raras del continente, cofinanciada por el Fondo de Transición Justa de la UE, con una primera fase de 2.000 toneladas anuales ampliables a más de 5.000 y capaz, según la Comisión Europea, de cubrir hasta el 15% de la demanda europea de estos imanes. Ciento cuarenta y un años después de 167 cristalizaciones en Viena, la técnica de separar tierras raras, lenta, costosa y contaminante, se ha convertido en una cuestión de soberanía industrial.

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