Metió una placa de vidrio en un horno a 600 grados y se fue. El termómetro se atascó en 900. Esperaba encontrar un charco fundido y encontró una placa blanca como la leche; se le escurrió de las pinzas y rebotó en el suelo sonando como el acero.
En 1953, el químico S. Donald Stookey, de la empresa estadounidense Corning, descubrió por accidente la vitrocerámica, un vidrio que se transforma desde dentro en una cerámica de cristales microscópicos, mucho más resistente a los golpes.
Un vidrio que se podía grabar con luz
Stanley Donald Stookey nació el 23 de mayo de 1915 en Hay Springs, Nebraska. Estudió en el Coe College de Cedar Rapids y en el Lafayette College, se doctoró en química en el MIT y entró en Corning Glass Works, en el estado de Nueva York, donde trabajaría 47 años. A finales de los años 40, mientras la televisión empezaba a llegar a los hogares, investigaba vidrios fotosensibles pensando en las pantallas de los televisores. Así creó Fotoform, un vidrio de silicato de litio con diminutas partículas de plata que, al exponerse a luz ultravioleta y calentarse, cristalizaba solo en las zonas iluminadas. Esas zonas podían disolverse después con ácido, lo que permitía tallar en el vidrio agujeros y canales finísimos con una precisión imposible por medios mecánicos.
El horno que se pasó 300 grados
Un día de 1953, Stookey metió una placa de Fotoform en un horno programado a 600 grados centígrados y se marchó. Cuando volvió, el indicador de temperatura estaba atascado en 900. Pensó que había estropeado el horno y que dentro encontraría una masa de vidrio derretido. En su lugar, la placa estaba intacta, pero se había vuelto opaca, de un blanco lechoso. Intentó sacarla deprisa con unas pinzas, se le resbaló y cayó al suelo. No se rompió: rebotó, y según escribió él mismo en su autobiografía, publicada en el año 2000, sonó como si hubiera caído un trozo de acero. El vidrio había cristalizado por completo por dentro. Era más duro que el acero al carbono y más ligero que el aluminio. Stookey acababa de descubrir la vitrocerámica.
El ángulo que rara vez se cuenta: primero fue un arma, y la cocina llegó después
Stookey insistió en que aquel accidente solo fue el comienzo, y dedicó años a entender el proceso para poder repetirlo a voluntad y con otras composiciones. El primer destino del nuevo material no fue doméstico. Además de soportar cambios bruscos de temperatura, era transparente a las ondas de radar, y Corning lo empleó en los conos de la punta de misiles guiados por radar, que debían resistir el calentamiento por rozamiento con el aire sin bloquear la señal. En 1957, la empresa lo presentó en público con el nombre de Pyroceram calentándolo con un soplete de acetileno y sumergiéndolo acto seguido en agua helada, sin que sufriera daño alguno. The New York Times escribió entonces que Stookey había roto la barrera térmica, una década después de que Chuck Yeager rompiera la del sonido. En 1958 llegaron a las cocinas las cazuelas CorningWare, que podían pasar del congelador al horno. El material acabó también en piezas del transbordador espacial y en espejos de telescopios. Stookey acumuló unas 60 patentes, recibió en 1986 la Medalla Nacional de Tecnología de manos de Ronald Reagan y murió el 4 de noviembre de 2014 en Rochester, con 99 años.
Por qué un vidrio se rompe y una vitrocerámica no
El vidrio corriente es un sólido amorfo: sus átomos están desordenados, como en un líquido congelado. En ese desorden, una grieta microscópica de la superficie puede avanzar sin obstáculos a través de todo el material en milésimas de segundo, y por eso el vidrio se hace añicos. En una vitrocerámica, el fabricante primero funde y moldea el vidrio como siempre, y después lo somete a un tratamiento térmico en dos fases: a una temperatura se forman millones de núcleos diminutos, gracias a agentes nucleantes como la plata de Fotoform o el óxido de titanio de Pyroceram, y a otra temperatura más alta esos núcleos crecen hasta convertir buena parte del material en cristales microscópicos rodeados de un poco de vidrio. Cuando una grieta encuentra uno de esos cristales, tiene que desviarse, se ramifica y pierde energía. Además, algunos de los cristales que se forman, como el espodumeno beta de Pyroceram, apenas se dilatan con el calor, así que el material no acumula tensiones cuando se calienta o se enfría de golpe. Y si los cristales son más pequeños que la longitud de onda de la luz visible, no la dispersan y la vitrocerámica puede ser transparente.
Por qué importa hoy
La pantalla de un móvil es uno de los objetos que más veces acaban en el suelo, y el vidrio que la protege lleva décadas intentando parecerse a lo que Stookey encontró en su horno. Corning ya había desarrollado en los años 60 un vidrio reforzado químicamente, sumergiéndolo en sales fundidas para que iones grandes de potasio sustituyeran a otros más pequeños de sodio en la superficie y la dejaran comprimida, una técnica que resucitó en 2007 para el primer iPhone con el nombre de Gorilla Glass. El siguiente paso ha sido volver a la vitrocerámica, ahora transparente. El 2 de marzo de 2026, en el Mobile World Congress de Barcelona, la empresa presentó Gorilla Glass Ceramic 3, su vitrocerámica más resistente para pantallas, que debuta en el móvil plegable razr fold de Motorola. Según los ensayos de laboratorio de Corning, el material soportó al menos veinte caídas seguidas desde un metro sobre una superficie que imita el asfalto, cuando un vidrio de aluminosilicato de la competencia solía romperse en la primera, y resistió caídas de más de dos metros sobre una superficie que simula el hormigón. Setenta y tres años después de que una placa blanca rebotara contra el suelo de un laboratorio, la industria de los móviles ha llegado a la misma conclusión que Stookey: el vidrio más resistente es el que ha dejado, en parte, de ser vidrio.